¡Regresé! / I’m back!

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Perdón por la larga ausencia. Ya no me lo van a creer, pero tuve problemas técnicos. Mi computadora se negó durante meses a aceptar el módem… ni para qué les cuento. Y perdonen la falta de ilustraciones. Pasé una hora eligiéndolas, y luego no las pude subir. No sé por qué.

Han pasado tantas cosas desde mi última entrada que no sé ni por dónde empezar. Quizá sea pertinente empezar por la patria, pues en eso me quedé.

El trauma post-elecciones, entonces. Estoy tan confundida como la mayoría. Y alarmada. Alarmada por la radicalización de las posturas, entre la defensa ciega de López Obrador a toda costa, y los ataques descabellados, vociferantes y esos sí violentos de los panistas. ¿Puede mi olvidado blog contribuir en algo al necesario diálogo, antes de que terminemos todos a golpes? No lo sé, y lo dudo mucho. Con muy débil esperanza escribo estas palabras.

Creo que a estas alturas, seguir negando que hubo muy graves irregularidades en las elecciones, y que la información que tenemos hasta el momento del reconteo parcial de los votos apunta en dirección del fraude, es ya pura desesperación, mala fe o de plano delirio. El problema central es, sin duda, el de la transparencia del proceso electoral. Los mexicanos hemos crecido, durante generaciones, en un país en que el proceso electoral ha sido una farsa. Hemos crecido bajo la dictadura de un partido, y el alumbramiento de nuestra jovencísima democracia ha estado lleno de dolor y falta de oxígeno. La corrupción, las alianzas por debajo de la mesa, la violencia como recurso para acallar la voz de la disidencia, siguen tan activas como siempre pese a nuestros incipientes logros democráticos, y ningún partido puede darse golpes de pecho o fingir inocencia. Si somos honestos y objetivos, los mexicanos sabemos que el fraude es posible y en este caso, muy probable. La cuestión de fundamental importancia que debemos defender es el respeto al voto, a la voluntad ciudadana, y esa defensa no debería ser partidista, ni debería ser pisoteada por la radicalización que ahora pesa sobre el país. Nunca había sentido a mi país tan dividido como ahora (y vaya que ha estado dividido, siempre). Si consideramos que estoy al otro lado del océano, honda ha de ser la división, que hasta acá me llegan los gritos y me quitan el sueño.

El gran insulto ahora es decir que tal o cual partido está lleno de expriístas, o que el gobierno actual recurre a tácticas priístas. Qué extraño que no nos demos cuenta de que tanto el PRD como el PAN están llenos de expriístas y que todo el espectro (en la doble acepción de la palabra) político mexicano está enfermo de tácticas priístas. Esa es la herencia de toda dictadura, en este caso la dictadura de un partido. El PRI y ese casi sinónimo, la corrupción, son parte del tejido del discurso y de los actos de todos los políticos mexicanos, para nuestra desgracia. No hay pureza en nuestros pobres, tristes partidos, y mientras sus representantes insistan en señalar al otro con el dedo y encubrir sus propios pecadillos, México seguirá dividido, traicionado, golpeado.

He leído muchas, muchas crónicas de los campamentos encabezados por López Obrador en el Zócalo y en varias calles del centro del D.F. Varias de ellas han sido emails de amigos y conocidos que han estado ahí. Curiosamente, todas las vociferaciones de los panistas, cargadas de acusaciones de incitación a la violencia y de caos que he leído, vienen de gente que no se ha parado por ahí, que no se ha acercado siquiera. Leo esas crónicas y me muero de la envidia por todos los chilangos. Quisiera estar allá, no me aguanto las ganas de pasar el día en semejante fiesta ciudadana. En mi humilde opinión, lo mejor de México, ese México que milagrosamente sale a la calle lleno de imaginación, creatividad, solidaridad, humor y fortaleza pese a todos los golpes que recibe, es el que está ahora dándole vida a esos campamentos. Leo las crónicas, me cuentan mis amigos, y pienso que así debería ser diario la vida en las ciudades. Que todavía existen los paraísos urbanos, aunque sean fugaces.

Ahora, ¿es López Obrador, es el PRD, la famosa Coalición, el alma de esos campamentos? Ahí ya no estoy tan segura. López Obrador tiene sin duda carisma y capacidad de liderazgo, pero yo no sé si a él lo anima la misma voluntad democrática, la misma defensa heroica y además gozosa del país que anima a todas esas personas que lo apoyan ahora en los campamentos. Habrán de perdonar la duda, pero creo que es una duda pertinente. Supongo –espero- que no habremos olvidado los escándalos de corrupción en el seno del mismísimo PRD. Supongo, y espero, que ahora somos un poco menos inocentes. Leo los discursos del señor López Obrador, afirmando que él ganó la presidencia, y salta a la vista la contradicción. ¿Cómo está tan seguro? ¿Qué no estamos exigiendo (y me incluyo definitivamente en la exigencia) el recuento de voto por voto, casilla por casilla, para saber quién ganó realmente? Yo también espero que haya ganado él, no porque él o su partido me inspiren mucha confianza, sino porque el proyecto de país del PAN, y el cobre que han enseñado sus votantes antes, durante y después de las elecciones, me hace temer por mi país, particularmente por los pobres en mi país, que son millones. Otro sexenio bajo el PAN me parece una perspectiva francamente deprimente. Pero lo que más me importa en estos momentos es que sepamos defender nuestra joven democracia, que aprendamos a ser imparciales y justos, y eso no se logra nunca con la glorificación de los caudillos. Las fotografías que aparecieron recientemente en La Jornada de unas señoras y una niña llorando en pleno ataque de histeria porque tocaban a López Obrador, como si fuera un santo, me estremecieron. Quisiera poder decirles a esas señoras y a esa niña, a quienes apoyan ciegamente al peje, que por favor abran bien los ojos. Decirles que hay que luchar por proyectos de país, por los caminos que nos lleven a la justicia y a la igualdad. No por individuos. No, nunca, jamás debe un pueblo entregar su vida y sus esfuerzos a la glorificación de un líder. En la política no hay santos, a ver si ya nos vamos dando cuenta.

Temo, como muchos, que se desate del todo la violencia, que ya ha empezado a mostrar su rostro. Temo que la advertencia de AMLO de quedarse en el Zócalo hasta las fiestas de septiembre sea una provocación al Ejército Mexicano, que no sabe hacer otra cosa que agredir y, si se lo piden, matar, a mexicanos. Temo que se traicione el voto de la gente y a México se le vuelva a imponer un gobierno espurio. Temo la arrogancia, la ignorancia, la estupidez, la violencia, la avaricia, la incompetencia y la indiferencia ante nuestra miseria y desigualdad de buena parte de las huestes del PAN.

Y temo también que las personas que están demostrando tanto amor por su país, tanta fortaleza, dignidad e inventiva en la defensa del voto, sean traicionadas por el PRD, por la Coalición por el bien de todos, por el mismo López Obrador.

Al mismo tiempo, me queda el consuelo de que esas personas, esas que forman el rostro más noble y heroico de México, no pueden en realidad ser traicionadas. Esa fortaleza está dentro, le pertenece genuinamente al pueblo y a nadie más. No es capital particular de ningún líder, de ningún partido.

Y mientras tanto, mientras se discute el triunfo electoral, la violencia sigue desatada en Oaxaca. Los tiroteos en las calles, los abusos de policías y paramilitares, las desapariciones, las torturas, ahora contra los maestros… México, México una vez más con el rostro ensangrentado. ¿Y quién va a hacer justicia para estos muertos?

Me despido por ahora. Volveré pronto, quizá para contarles las cosas que piensa uno cuando se vive con el fantasma del terrorismo.

Sorry for the long absence. You won’t believe me anymore, but I had technical problems. My computer refused to accept the modem for months… there’s no point in telling you. And sorry for the lack of illustrations. I spent an hour choosing them and then I couldn’t upload them, I have no idea why.

So many things have happened since my last entry that I don’t know where to start. Perhaps it will be suitable to start with the homeland, since that was the subject of my last entry.

And so, to the post-electoral trauma… I’m as confused as most people. And alarmed. Truly alarmed because of the radicalization that has ensued, between the blind defense of Andrés Manuel López Obrador no matter what, and the farfetched, vociferous and truly violent attacks from the PAN followers. May my forgotten blog contribute in some way to the necessary dialogue, before we all end up in a punch-up? I don’t know and I doubt it. But it’s with that weak hope that I write these words.

To go on denying that there were rather grave irregularities in the Mexican elections, and that the information we have so far from the partial recount of the votes seems to indicate there was a fraud is, by now, I think sheer despair, bad faith or downright delirium. The main problem is, no doubt, that of the transparency of the electoral process. We Mexicans have grown up for generations in a country where the electoral process has been a farce. We have grown under a party’s dictatorship, and the birth of our rather young democracy has been filled with pain and lack of oxygen. Corruption, alliances under the table, the resort to violence in order to silence the voice of dissidence are as active as ever in spite of our incipient democratic achievements, and no party can beat their breast or pretend to be innocent. If we are honest and objective, Mexicans know that fraud is possible and, in this case, quite likely. The fundamental issue we have to defend here is the respect of our vote, of the people’s will, and such defense should not be allied to any party, nor be trampled by the radicalization now weighing over the country. Never before had I felt my country as divided as it is now (and God knows it has always been tragically divided). If we consider the fact that I’m across the ocean, that division must be deep indeed if I can hear the yells even here, keeping me awake.

Nowadays the great insult is to say that such or such party’s ranks are full of ex priístas (the PRI being the old party which ruled Mexico for over 70 years), or that the current government resorts to the PRI’s tactics. How bizarre it is, that we don’t realize that both the PRD and the PAN are full of ex priístas, and that the whole Mexican political spectrum (in the word’s double meaning) suffers from the malady of PRI tactics. Such is any dictatorship’s heritage (in this case a party’s dictatorship). To our disgrace, the PRI and its almost synonym –corruption—are enmeshed in the discourse and deeds of every Mexican politician. There is no purity in our poor, sad parties, and as long as their representatives insist on signaling the other while covering up their own little sins, Mexico will go on being divided, betrayed, beaten.

I have read many, many chronicles referring to the camps headed by López Obrador at the Zócalo and in several streets downtown in Mexico City. Several of them have been emails from friends and acquaintances who have been there. Curiously enough, all the vociferous detractions from the PAN’s followers, loaded with accusations about incitement to violence and chaos that I have read, come from people who has not been there at all, has not even got anywhere near. I read those chronicles and I’m green with envy: I’d give anything to be there right now, I’m really dying to spend my day in such a citizens’ party. In my humble opinion, the best of Mexico –that Mexico who miraculously takes to the streets full of imagination, creativity, solidarity, a sense of humour and resilience in spite of all the blows it receives–, is the one now keeping those camps alive. I read those chronicles, I hear what my friends tell me, and I think that life should always be like that in the cities. That there are still urban paradises, even if they’re fleeting.

Now to the question, does López Obrador, the PRD, the so-called Coalition, constitute the soul of those camps? Of that, I’m not so sure. No doubt López Obrador is a charismatic man and has leadership skills, but I don’t know if he’s moved by the same democratic will, the same heroic and even joyful defense of our country that moves all those people who are now supporting him at those camps and elsewhere. You must forgive my doubts, but I think they are pertinent. I suppose –and I hope—that we haven’t forgotten the corruption scandals deep into the PRD itself. I suppose and do hope that we are now a bit less innocent. I read Mr. López Obrador’s speeches, stating that he won the presidency, and the contradiction is blatant. How can he be so sure? Aren’t we demanding (and I certainly include myself in the demand) the recount of all votes in order to know who really won? I hope too that he won, not because he or his party inspire much trust in me, but because the PAN’s project for our country, and the true colours shown by its voters before, during and after the elections make me fear for my country, in particular for the poor in my country –which count millions. Another term ruled by the PAN seems to me a frankly depressing perspective. But what I care most about right now is about us being able to defend our young democracy, for us to learn to be impartial and just, and that is never achieved by glorifying caudillos. The pictures recently published by La Jornada showing a couple of ladies and a little girl crying, in full hysterical fashion, because they were touching López Obrador, as if he were a saint, made me shudder. I would like to tell those ladies and that little girl, and those who blindly support the Peje (López Obrador’s nickname), to please have their eyes wide open. To tell them that we must fight for projects for a better country, for those roads that may lead us to justice and equality. Not for individuals. No; a people must never, ever give its life and efforts for the glorification of a leader. There are no saints in politics, and it’s about time that we found out.

As many others, I fear that violence will be completely unleashed. It has already started to show its face. I fear that López Obradors’s warning as to his and his supporters’ stay at the Zócalo until the Independence festivities in September may be a provocation to the Mexican Army, which only knows how to attack and, if asked to, kill Mexicans. I fear that the people’s vote will be betrayed and we will have a spurious government imposed, yet again. I fear the arrogance, the ignorance, the stupidity, violence, greed, incompetence and the indifference on the face or our poverty and inequality from many (and the noisiest) of the PAN’s followers.

And I also fear that the people who are showing so much love for their country, so much strength, dignity and inventive on defending their vote will be betrayed by the PRD, by the Coalition, by López Obrador.

At the same time, I am comforted by knowing that those persons, those who make up the most noble and heroic face of Mexico, cannot really be betrayed. That strength lies within, it belongs genuinely to the people and to no one else. It’s not the particular capital of any leader, of any party.

And while the electoral triumph is discussed, violence is still unleashed in the state of Oaxaca. Shootings in the streets, the abuses of State policemen and paramilitary groups, the missing persons, torture, now again teachers… Mexico, Mexico once again with its face covered in blood. And who’s going to bring justice to these dead?

I’ll say goodbye now. I’ll be back soon, perhaps to share with you some of the things one thinks when living with the ghosts of terrorism.

Published in: on August 23, 2006 at 5:27 am  Comments (1)