¡Ay, la patria! / The homeland!

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Antes que nada, perdonen por favor el estado de esta página web. Ya pronto me voy a cambiar a otro… ¿servidor?, ¿host?, ¿dominio? Bueno, lo que sea. Es un milagro que alguien todavía se asome por aquí, con lo dañada que está la página. Gracias, y muchas gracias también por sus comentarios, en este espacio y vía e.mail. Nomás porque me están leyendo sigo peleándome con la computadora, en lugar de abandonar la página y volver a refugiarme en mi paraíso pre-tecnológico.
Quería compartir en este espacio algunas reflexiones sobre esta parte del mundo, las amenazas terroristas, la guerra en Líbano y las muchas otras guerras de que somos traumatizados e inútiles espectadores, además de hablar sobre temas menos sangrientos y más literarios, pero me temo que volveré, primero, a las reflexiones sobre México. Debo decir que en Inglaterra las noticias al respecto brillan por su ausencia. He leído dos o tres breves artículos sumamente desinformados (uno escrito desde Washington; yo creería que los corresponsales hablando sobre el tema tendrían que estar en México, ¿o no?), y poco más. Ya sé que los medios tienen que cubrir las noticias de todo el mundo, y en estos momentos hay tanto drama y horror por todas partes peleándose los titulares que México quizá parece irrelevante, pero me parece escandaloso que, pese a que la lucha por la democracia que está teniendo lugar en estos momentos en mi país es de una enorme relevancia en la historia de América Latina, leyendo la prensa británica en estos días (que usualmente me parece de muy alta calidad) cualquiera diría que México no existe siquiera en el mapa.
Ayer, primero de septiembre y día del informe presidencial, confieso que no quería ni levantarme de la cama. Tenía pánico de las noticias que recibiría de México al final del día, considerando el despliegue de soldados, policías y francotiradores que rodeaba el palacio legislativo en la Ciudad de México, y el plan de López Obrador y sus seguidores de ir a plantarse a sus puertas en pacífica protesta. Luego oí por la radio las más recientes noticias sobre el estira y afloja entre Irán, la ONU y los gringos, otro soldado británico muerto en Afganistán, otra masacre en Irak, y me tapé la cabeza con el edredón, con ganas de poder contar hasta 10, quitarme el edredón de encima y aparecer en otro planeta. Realmente creo que no es sano oír las noticias por la mañana.
Por la noche soñé con enfrentamientos armados en México, así que al consultar hoy las noticias por internet sentí un alivio infinito. Por un lado, la decisión final de López Obrador de suspender la marcha hacia la Cámara de Diputados, para evitar caer en provocaciones y posibles enfrentamientos, fue de lo más sensata. Por otro, el que diputados y senadores del PRD y el PT hayan ocupado la tribuna, impidiéndole a Vicente Fox dar el informe hasta que fueran retiradas las fuerzas militares y policíacas que rodeaban el edificio –cuya misma presencia era, para empezar, una franca violación constitucional, y esto va para los panistas y priístas que ahora andan gritando por todas partes su respeto a las “instituciones”—fue un acto pacífico, digno y contundente. Fox tuvo que contentarse con entregar su informe por escrito, cosa que nunca había sucedido hasta ahora, frente a la realidad de un país dividido y harto de la impunidad que en nada se parece a su versión oficial de nuestra patria, o foxilandia, como algunos le dicen acertadamente a esa imagen alucinatoria de México que le gusta invocar en sus torpes discursos.
Las negociaciones entre el PRI y el PAN, las pruebas concretas de unas elecciones sucias que arrojó el reconteo parcial de los votos, desechadas con inigualable cinismo por las mismas instituciones que se supone existen para proteger el voto y a los ciudadanos, la cloaca de falsedades, compraventa de privilegios políticos y las muy deshonrosas alianzas entre PRI y PAN, la ilegalidad, desinformación deliberada por parte de buena parte de los medios de comunicación, amenazas de violencia invocando la temida –y por desgracia conocida—mano dura de ejército y policía, debería ser motivo de vergüenza para los votantes panistas que, ya sin argumentos para defender el muy dudoso triunfo de su candidato, se limitan a pavonearse con orgullo por la impunidad con que, creen, nos será impuesto. No sé cómo pueden respirar en ese miasma. De los priístas, por supuesto, no se puede esperar ya ni la vergüenza, pero no deja de ser curioso ver a estos panistas tan enamorados del color blanco y supuestos promotores de la pureza en todas sus variantes, nadando en este estercolero sin sentir el más ligero atisbo de náuseas.
Por ahí anda circulando una carta convocando a una “marcha pacífica” hacia el zócalo, donde los manifestantes, todos vestidos de blanco como angelitos, le irán a pedir a López Obrador que por favor levante sus campamentos y acepte a Calderón como triunfador de las elecciones. Como buena parte de la discusión postelectoral ha sido entre “los violentos” y “los pacíficos”, cada partido acusando al otro de violencia, la elemental lógica panista cree que con llamarle “pacífica” a su marcha y vestirse de blanco ya está haciendo una declaración política inapelable. Lo que yo no entiendo es cómo les puede parecer pacífico ir a pedirle a nadie que acepte unas elecciones fraudulentas y pedirle a todo un país que, ante el fraude, se calle la boca. Cursilería aparte, sus manifestaciones públicas dejan claro que estas personas no tienen la más remota idea de lo que significa la resistencia civil. Ni siquiera el admirable plantón que ya lleva más de un mes en el zócalo les ha enseñado nada.
Yo a estas personas quisiera preguntarles cómo pueden defender un status quo en el que, por ejemplo, los crímenes de Ciudad Juárez siguen sin resolver; en el que, todos los días durante esta contienda postelectoral, el estado de Oaxaca ha sido y sigue siendo víctima de la violencia institucional con una impunidad que realmente es para dejarlo a uno sin habla; en el que sigue gente inocente en la cárcel tras los incidentes de Atenco y no se ve por dónde se les va a hacer justicia a las verdaderas víctimas. Más el largo etcétera que todos los mexicanos ya sabemos. Cómo estas personas creen que se puede gobernar tranquilamente un país donde, además de la infinita injusticia y miseria padecidas por millones de habitantes, estos incidentes son parte de la realidad cotidiana, y el abuso, impunidad y/o indiferencia vienen de parte de los gobernantes mismos y las llamadas “fuerzas del orden” públicas, yo nomás no lo puedo entender.
Y ahora la pregunta a López Obrador. ¿A qué se refiere cuando habla de un “gobierno paralelo”? No entiendo, y creo que somos muchos los que no entendemos. Dada la gravedad de las circunstancias, no veo cómo se puede hablar de establecer un gobierno paralelo sin hablar de una revolución. Al llegar aquí siento que me estalla la cabeza. Confieso que no veo qué más pueda hacer AMLO, la Coalición, el país entero que lo que están haciendo ahora para rechazar este escandaloso robo del voto. Pero mi limitada cultura política no me permite entender qué forma de gobierno paralelo no va a llevar a la consecuencia (para mí) lógica de una revolución. Y me pregunto si eso es lo que queremos los mexicanos.
Yo creo que no. Es decir, una revolución de conciencia, sí, una revolución en nuestra realidad política, sí, pero no otra revolución armada. De entrada, es un hecho que nuestra revolución de 1910 no le llevó justicia realmente a muchos de los pobres de nuestro país. Nuestra revolución tuvo sus partes gloriosas, pero también, y sobre todo, su caos sangriento y sin dirección, suficientemente documentado, y nos dejó de herencia a largo plazo no precisamente la justicia en el campo, sino… bueno, al PRI. ¿Era necesaria nuestra revolución de 1910? Sí. ¿Fue sumamente exitosa? Estamos en el 2006 y todavía lo seguimos discutiendo, sin llegar a ninguna conclusión definitiva. Lo único claro es que buena parte de nuestra población sigue hundida en la miseria.
Ahora, ¿con qué fuerza moral va a encabezar López Obrador, el PRD, la Coalición por el Bien de Todos, una revolución? Dios nos agarre confesados. No olvidemos, por favor no olvidemos que en el 2001 los legisladores perredistas, junto a panistas y priístas, le dieron la espalda categóricamente a los indígenas de México. Aún si en estos momentos preferimos olvidar la deprimente, tristísima corrupción que ya hemos visto en el PRD (y no estoy diciendo que permee a todo el partido, pero eso no lo podemos decir tampoco del PAN, vaya, ¡ni siquiera del PRI!; siempre hay buenos ciudadanos por ahí que intentan servir a su patria desde su partido), o si optamos por ignorar sus patéticas divisiones internas, no podemos darnos el lujo de olvidar –porque es un crimen olvidarlo– que, en darle la espalda a los más pobres de nuestro país, en traicionar a los indígenas mexicanos, el PRD es tan culpable como los otros partidos. Yo, por eso, con el partido no salgo ni a la esquina, ya no digamos a una revolución.
Lo que la gran mayoría de los mexicanos no queremos –y ha quedado demostrado innumerables veces; nunca hemos escatimado esfuerzos en demostrarlo–, y lo que ciertamente no necesitamos, es más derramamiento de sangre. Y digo más, porque en nuestro país, desde que tenemos memoria, el derramamiento de sangre no se ha detenido nunca y es, todavía, cotidiano, ya sea por la muerte de inocentes mediante la violencia a secas, o mediante la violencia de la miseria. Esta revolución que necesitamos tiene que ser pacífica y sensata; si acaso necesitaba de sangre, ¿no hemos derramado ya suficiente, todos los días? Quienes creemos que hubo fraude en las elecciones pasadas, quienes creemos que tenemos pruebas suficientes de que se nos está tratando de imponer un gobierno ilegítimo, tendremos que defender nuestra democracia y nuestro voto sin desatar la violencia, y aquí la Coalición por el Bien de Todos tiene la enorme responsabilidad de no exponer la vida de sus seguidores, simpatizantes, votantes. La decisión de ayer de permanecer en el zócalo fue, en este sentido, prometedora.
El gobierno de Fox y la alianza PRI-PAN recibieron ayer una lección: el pueblo de México rechaza contundentemente la violencia, y no acepta las amenazas implícitas en el despliegue de las fuerzas militares y policíacas del país. Eso, por fortuna, creo que está claro para todos. Ante el uso de la fuerza, los mexicanos decimos: NO. Ahora, cómo vamos a salir de este impasse, no tengo la menor idea.
Sigo pensando que los únicos que han entendido cómo defender su propia causa han sido los zapatistas. No deja de parecer broma, cuando López Obrador habla de un gobierno paralelo, imaginar el país que va a quedar, con un gobierno oficial ilegítimo y por lo tanto endeble, un gobierno paralelo dirigido desde una casa de campaña en el zócalo, y un montón de comunidades autónomas zapatistas por todo el país. Por supuesto, la gran diferencia entre los zapatistas y la Coalición es que los primeros no buscan el poder; por eso pueden darle la espalda a un carnaval político representado por diversas facciones de traidores, y buscar las soluciones a sus problemas a su manera, descubriendo cuál es el verdadero sentido de la autonomía. Por eso los admiro y los respeto: han logrado lo inimaginable en las condiciones más adversas posibles. Acusarlos de que han dividido a la izquierda es irrisorio, porque, como ya dije antes, la izquierda mexicana está fragmentada desde hace mucho tiempo.
Por lo mismo, no puedo entender cómo se le ocurrió a Marcos correr a Elena Poniatowska del zócalo durante el pasado primero de mayo, en el mitin de “la otra campaña”, con la amenaza de que si no se iba no podrían dar inicio al mitin. Elena Poniatowska, quien durante varios años apoyó abiertamente al EZLN, está entre quienes los acusan de dividir a la izquierda y ciertamente ha apoyado sin reservas a López Obrador en su campaña. ¿Y? Podemos estar de acuerdo o no con las acciones de la señora Poniatowska, o con sus decisiones respecto a quién es merecedor de su apoyo o lealtad. Lo que no podemos es, primero, ignorar que es una intelectual mexicana honesta y comprometida, digna de nuestro respeto. Deberíamos sentirnos orgullosos de una mujer capaz de habernos dado, por dar ejemplo, La noche de Tlatelolco. ¿Cuántos otros escritores y periodistas tenemos así? No muchos, la verdad.
Pero esta consideración no es la única, y acaso no la de más peso. Lo deprimente, lo triste y enfurecedor de ese incidente es que el vocero del EZLN se mostró como todo lo peor que representa la izquierda radical, la de nuestro país y la de cualquier parte: la intolerancia, la estrechez de miras, la irracionalidad, la arrogancia. No termino de recuperarme de mi coraje y mi tristeza. Quienes hemos apoyado al EZLN durante todos estos años hemos visto en ellos la única salvación posible de la izquierda; la dignidad en la defensa de lo que es justo, el respeto por el pensamiento y las acciones de los otros, la tolerancia, la apertura, la acción política imaginativa, creativa y pacífica para alcanzar la igualdad y la justicia. El primero de mayo Marcos le dio tremenda puñalada a todo eso.
El EZLN no es Marcos nada más. Eso hay que recordarlo también. Los logros de las comunidades zapatistas, invisibles para buena parte de la sociedad por el simple hecho de que a buena parte de la sociedad le importa muy poco cómo viven las comunidades indígenas, siguen siendo la lección más valiosa de organización, dignidad, defensa propia y fe en el futuro de nuestra historia reciente. Por eso el incidente del primero de mayo duele más.
Mucho me había dejado pensando la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, con su llamado a un acuerdo con “personas y organizaciones mero de izquierda, porque pensamos que es en la izquierda política donde mero está la idea de resistirse contra la globalización neoliberal y de hacer un país donde haya, para todos, justicia, democracia y libertad.” Y es que, en México, muchas de las personas y organizaciones que se consideran a sí mismas “mero de izquierda” son intolerantes, autoritarias, retrógradas y enamoradas de la sangre derramada. Muchas de esas personas y organizaciones siempre han querido apropiarse del movimiento zapatista. Cuando yo aún vivía en México, según lo que pude ver en mi experiencia, nunca lo lograron; los zapatistas no lo permitieron, pero sí recuerdo claramente que quienes apoyábamos el movimiento zapatista y los seguíamos de cerca teníamos que espantarnos a esos individuos como moscas todo el tiempo, y nos traía mareados su “patria o muerte”. Ahora que estoy tan lejos, no tengo elementos para saber cuál es la naturaleza en estos momentos de las relaciones entre el EZLN y ese vasto espectro de entidades comprendidas por lo que llamamos la izquierda mexicana, pero lo que vimos el primero de mayo es muy poco alentador.
Los mexicanos estamos, entonces, quizá más divididos que nunca. Hace mucho ya que pasé mi trago amargo de decepción del PRD. Si habrá que pasarlo con el EZLN es una pregunta que me causa mucho dolor. No encuentro, ante la realidad de este momento, ninguna respuesta alentadora. Y lo mismo me pasa cuando pienso en los problemas que enfrenta el resto del mundo. Lo único que veo con claridad es que todas las estructuras mentales que nos habíamos formado para entender el mundo están rotas, y que no tenemos de dónde agarrarnos. Para mí, y supongo que para muchos otros, es un momento lleno de dolor e incertidumbre, de parálisis. Y la parálisis horroriza. Estamos metidos en un caos alarmante que exige acción: ni la violencia ni la injusticia ni la miseria dejan de cobrar víctimas ni un solo día. Pero ya no sé hacia dónde debe estar dirigida esa acción. Si pienso en mi país, o en el mundo, lo que siento es impotencia y desesperación.
¿Será por eso que escribo este blog?
No lo sé. Me siento sola, e intuyo que somos millones y millones de personas las que nos sentimos igual. La revolución que necesitamos es, sin duda, de conciencia. Siguiendo líderes a ciegas, creyendo (¡a estas alturas!) en las promesas de los políticos, no vamos a llegar a ningún lado. México nos exige ahora defender nuestra democracia, defender, simplemente, a nuestro país de los pillos que, desde dentro y como siempre, lo están pisoteando. Eso es una cosa. Defender al PRD es otra, pero en este río revuelto es cada vez más difícil entender la diferencia.
¿Cómo defender al país, entonces? ¿Cuál es el camino, y hacia dónde?

Before anything else, please forgive me for the sorrowful state of this webpage. Soon I will move to another… server?, host?, dominium? Whatever! It’s a miracle anyone takes a glimpse here at all, with the page being so damaged. Thanks, and thank you very much for your comments too, both in this space and via email. It’s only because you’re reading me that I keep on fighting with the computer, instead of abandoning the page and going back to the shelter of my pre-technological paradise.
In this space I wanted to share some thoughts about this side of the world, the terrorist threats, the Lebanon war and the several other wars of which we are traumatized and useless spectators, apart from talking about less bloody and more literary matters, but I’m afraid that, first, I will go back to my reflections on Mexico. I must say that, in the UK, news about it are overwhelmingly absent. I have read two or three brief articles utterly misinformed (one of them written in Washington, though I would expect correspondents writing about the subject should at least be in Mexico), and little more. I know that the media has to cover news from all over the world, and right now there is so much drama and horror everywhere fighting for the headlines that Mexico may seem irrelevant, but I do find it a bit of a scandal that, even though the struggle for democracy taking place right now in my country is enormously relevant to Latin America’s history, anyone reading the British press these days would say that Mexico does not even figure in the map.
Yesterday, September the first, and the day of the presidential annual report, I confess I didn’t want to get up from bed. I was terrified of the news I might receive from Mexico at the end of the day, considering the display of soldiers, policemen and even snipers that surrounded the Congress building, and López Obrador’s plan to go along with his followers to stand at its doors in peaceful protest. Then I heard in the radio the most recent news about the cut and thrust between Iran, the UN and the Americans, another dead British soldier in Afghanistan, yet another massacre in Iraq, and I threw the duvet over my head, whishing I could count to ten, shake the duvet off and show up in an entirely different planet. I truly think it’s not healthy to listen to the news first thing in the morning.
During the night I dreamt of clashes in the streets of Mexico City, so when I checked the news today in internet I was infinitely relieved. On the one hand, López Obrador’s final decision to call off the march towards the Chamber of Deputies in order to avoid provocations and possible clashes was quite sensible. On the other, that the PRD and PT’s deputies and senators occupied the platform, stopping president Vicente Fox from reading the report until the military and police forces surrounding the building were removed –their very presence being, to start with, a frank violation of the Constitution, and this goes for those PAN and PRI followers who are now boasting everywhere their respect for “institutions”—was a peaceful, dignified and forceful action. Fox had to content himself with handing in his report in written form, something that had never happened so far, and facing the reality of a divided country which is fed up with impunity and doesn’t resemble at all his official version of our homeland, or as some rightfully call it, foxiland, that hallucinatory image of Mexico he’s fond of invoking in his awkward speeches.
Negotiations between the PRI and the PAN parties, the concrete proof of dirty elections revealed by the partial recount of the votes, rejected with unequalled cynicism by the same institutions that supposedly exist in order to protect the vote and the citizens, the sewer teeming with lies, the trade of political privileges and the rather dishonourable alliances between PRI and PAN, illegality, the deliberate misinformation in lots of the media, the threats of violence calling up the feared –and unfortunately known—firm hand of army and police, should be a cause of shame for the PAN voters who, with no more arguments to defend their candidate’s rather doubtful triumph, simply swagger around the impunity with which they think he’ll be imposed. I don’t know how they can breath in that miasma. From the PRI supporters, of course, we cannot even expect shame anymore, but it is indeed a curious thing to watch these PAN followers, so in love with the white colour and supposed promoters of purity in all its manifestations, swimming in that pigsty without the slightest hint of nausea.
There’s a letter circulating calling for a “peaceful march” to the Zócalo (the main square in Mexico City), with which the protesters, all dressed in white like angels, will ask López Obrador to please abandon his camps and accept Calderón as the elections winner. Since a good deal of the postelectoral discussion has been between the “violent” and the “peaceful”, each party accusing the other of being violent, the PAN thinks with elementary logic that with just calling its demonstration “peaceful” and wearing white it will be making an incontestable political statement. What I don’t understand is how they can find it pacific to go and ask anybody to accept fraudulent elections, and to ask a whole country to shut its mouth on the evidence of fraud. Cheesiness apart, their public manifestations make it clear that these persons haven’t the slightest idea of what civil resistance means. Not even the admirable camp which has stayed at the Zócalo for over a month has taught them anything.
What I would like to ask these persons is how can they defend a status quo in which, for instance, the horrific crimes of Ciudad Juárez are still unsolved; in which, during every single day of this postelectoral conflict the state of Oaxaca has been and keeps on being on the receiving end of institutional violence, with an impunity that truly leaves you speechless; in which innocent people are still in jail after the incidents in Atenco, without any sign of justice coming for the true victims. And the long etc. we all Mexicans know so well. How these persons think you can easily rule a country where, apart from the infinite injustice and misery suffered by millions of inhabitants, such incidents are part of everyday reality, and the abuse, impunity and/or indifference come from the rulers themselves and the so-called “public order forces” is something I just can’t understand.
And now the question to López Obrador: what does he mean when he talks about a “parallel government”? I don’t understand that either, and I think it’s many those of us who don’t. Given the seriousness of circumstances, I don’t see how can anyone talk about establishing a parallel government without talking about a revolution. When I get to this point, mind you, I feel my head is bursting. I admit that I don’t see what else can López Obrador, the Coalition or the whole country do besides what they’re already doing in order to reject this scandalous theft of the people’s vote. But my limited political culture doesn’t allow me to understand what form of parallel government does not entail the (to me) logical consequence of a revolution. And I wonder if that is what we Mexicans want.
I think it is not. I mean, we do want a thought revolution, a revolution of our political reality, but not another armed revolution. To start with, it’s a fact that our 1910 Revolution didn’t really bring justice to many of the poor in our country. Our Revolution had its glorious side, but also, and most of all, its bloody and aimless chaos, sufficiently documented, and left us as a long-term legacy not precisely justice for the peasants but… well, the PRI. Was our 1910 Revolution necessary? Yes. Was it terribly successful? This is 2006 and we’re still discussing it, without reaching any definite conclusion. The only clear thins is that a great deal of our population is still living in misery.
Furthermore, with which kind of moral strength will López Obrador, the PRD, the Coalition, head a revolution? Heaven forbid! Let us not forget, please let us not forget that in 2001 the PRD legislators, along with those from the PAN and the PRI, categorically turned their back on Mexico’s indigenous peoples. Even if in these difficult moments we prefer to forget the depressing, very sad corruption we’ve already seen within the PRD (and I’m not saying it affects the whole party, but that cannot be said of the PAN either, not even of the PRI!; there are always good citizens there trying to serve their country from their own party), or if we choose to ignore their pathetic inner divisions, we cannot afford to forget—because to forget it is criminal—that, on turning their back to the poorest people in our country, and on betraying the Mexican Indians, the PRD is as guilty as the other parties. That is why, in that company, I don’t go even round the corner, let alone to a revolution.
What most of we Mexicans do not want—and we have demonstrated it endless times; we’ve never spared efforts to show it–, and what we certainly do not need, is more bloodshed. And I say more, because in our country, since as far as we can remember, bloodshed has never stopped and is still a daily matter, either in the death of innocents through plain violence, or through the violence of poverty. This revolution we need has to be peaceful and sensible; if it needed blood by any chance, haven’t we shed enough already, everyday? Those of us who believe there was indeed a fraud in the past elections, those of us who believe we have enough proof that they are trying to impose on us an illegitimate government, will have to defend our democracy and our vote without unleashing violence, and in this respect the Coaliton has the enormous responsibility of not putting the lives of its followers and voters in danger. Yesterday’s decision to remain in the Zócalo was, thus, promising.
Fox’s government, and the PRI-PAN alliance received a lesson yesterday: the Mexican people emphatically rejects violence, and doesn’t accept the threats implicit in the display of the country’s military and police forces. I think that is, luckily, clear for everybody. To the use of force, Mexicans say NO. As to how we’re going to get overcome this impasse, I have no idea.
I still think that the only ones who have understood how they must defend their own cause are the zapatistas. It sounds rather like a joke, when López Obrador talks about a parallel government, to imagine a country that will then have an official government both illegitimate and feeble, a parallel government led from a camping house in the Zócalo, and a lot of zapatista autonomous communities all over the country. The great difference between the zapatistas and the Coalition being, of course, that the former don’t seek power; that’s why they can turn their back on a political carnival represented by diverse groups of traitors, and look for solutions to their problems their way, discovering what is the real meaning of autonomy. That’s why I admire them and respect them: they have achieved what was unimaginable in the most adverse possible conditions. To accuse them of having divided the left is laughable because, as I said before, the Mexican left has been fragmented anyway for a very long time.
Because of this, I can’t simply understand how could Marcos even think of expelling writer Elena Poniatowska from the Zócalo last May the first, during the “other campaign” act, saying they wouldn’t start until she left. Elena Poniatowska, who for years openly supported the EZLN, is among those who accuse them of dividing the left and has certainly supported unreservedly López Obrador and his campaign. And so? We may agree or not with Mrs. Poniatowska’s actions, or with her decisions regarding who deserves her support or loyalty. What we cannot do is, firstly, to ignore the fact that she’s a Mexican honest and engaged intellectual, worthy of our respect. We should feel proud of a woman able of giving us, just to give an example, the book La noche de Tlatelolco. How many other writers and journalists like that do we have? Not many, to be honest.
But this is not the only consideration, and it may not be the strongest. What is truly depressing, sad and infuriating in that incident is that the EZLN’s spokesman showed the face of all the worst that is represented by the radical left, in our country and everywhere else: intolerance, narrow views, irrationality, arrogance. I simply can’t get over my anger and my sadness. Those of us who have supported the EZLN during all these years have seen in them the only possible salvation for the left; dignity on the defense of what is just, respect for the thought and actions of others, tolerance, openness, imaginative and creative political action in order to attain equality and justice. Last First of May Marcos grossly stabbed all that.
The EZLN is not only Marcos. We have to remember that as well. The zapatista communities’ achievements, which are invisible for a big part of our society simply because a great deal of our society doesn’t really care about how do indigenous communities live, are still the most worthy lesson of organisation, dignity, self-defense and faith in the future in our recent history. That is why the 1st of May incident hurts more.
The Sixth Declaration of the Selva Lacandona had left me thinking a lot, with it’s calling for an agreement with “true left persons and organisations”. That because in Mexico many of the persons and organisations who consider themselves from the “true left” are intolerant, authoritarian, reactionary, and they bear a great love for shed blood. Many of those persons and organisations have always wanted to appropriate the zapatista movement. When I was still living in Mexico, for what I could see through my experience, they never managed; the zapatistas didn’t allow that to happen, but I do remember clearly that we had to scare those people away, as if they were flies, and their “homeland or death” tirades were a real pain in the ass. Now that I’m so far away, I don’t have enough elements to know what is the nature of the EZLN’s relationships with that broad spectre of entities included in what we call the Mexican left, but what we saw on the 1st of May is very disheartening indeed.
Mexicans are, then, perhaps more divided than ever. It’s been a long time since I tasted the bitter PRD disappointment. Weather if I’ll have to go through the same experience with the EZLN is a question that fills me with pain. In the reality of this moment I don’t find any promising answer. And I feel the same way when I think of the problems faced by the rest of the world. All I can see clearly is that all the mental structures we had created in order to understand the world are broken, and we have nothing to hold on to. To me, and I guess that to many others, this is a moment full of pain, uncertainty and paralysis. And paralysis is horrifying. We are in the middle of an alarming chaos that demands action; neither violence, nor injustice or misery stop claiming victims one single day. But I don’t know where the action must be directed to anymore. If I think of my country, or the world, what I feel is impotence and despair.
Is that the reason why I write this blog?
I don’t know. I feel alone and I guess it is millions and millions of people who feel that way. The revolution we need is, no doubt, within our conscience. To follow leaders blindly, to believe (in this time and day!) in the promises of politicians will lead us nowhere. Mexico is demanding from us, now, to defend our democracy; to defend, to put it simply, our country from the ruffians who, from within and as usual, are trampling on it. That is one thing. To defend the PRD is quite a different one, but in this troubled waters, to tell the difference is every time harder.
How to defend our country, now? What is the way, and where to?

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Published in: on September 2, 2006 at 9:33 am  Leave a Comment  

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