Mensaje de invierno/Winter Message

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Uno se asoma al panorama en México y ya no duele lo duro sino lo tupido. Los motivos de indignación, desolación o furia van desde los relativamente triviales hasta los que tocan asuntos de vida o muerte (sobre todo muerte).

        Ahora que, tras aproximadamente mes y medio de ocupación de las calles de Oaxaca, la PFP empieza a retirarse –retirada que se vuelve borrosa por una ambigüedad que nos suena familiar; “es sólo un relevo”, dice un alto mando, y mientras la policía del Estado continúa los patrullajes con armas de alto poder–, todavía es difícil creer que la arbitrariedad, la brutalidad e ilegalidad de semejante ocupación hayan sido posibles. Incluso en México, todavía resulta difícil de creer. Quizá porque nadie quiere creer que estamos regresando a los peores momentos de la brutalidad policíaca en nuestra sangrienta historia a pasos agigantados.

        Igualmente increíble es que Ulises Ruiz no se vaya.       

¡Y qué amargo resulta que lo increíble sea cierto!       

Calderón apenas ha cruzado el umbral de su mandato de risa y ya nos ha mostrado el cobre. ¡Dios ampare a los mexicanos de su flamante gabinete! Y como si no hubiera otras cosas urgentes qué defender, los mexicanos hemos tenido que salir de inmediato a defender también la cultura, porque una de las primeras ideas de un hombre que le debe su aún –y para siempre— dudoso triunfo a una ideología que ve en todo amor por el conocimiento y en toda expresión del arte una amenaza, fue recortarle el presupuesto a lo que considera un elemento prescindible, cuando no peligroso, del entramado social.       

¿Y López Obrador, con su otro mandato de risa? A él también ya se le olvidó que los mexicanos todavía no sabemos quién ganó las elecciones, y se proclama el triunfador indiscutible y legítimo. ¡Vaya! Tanto pedir el recuento del voto, y ahora resulta que ya desde antes sabíamos que él era el bueno.  Me dirán que son matices del lenguaje. Pero los escritores sabemos cuánto importan esos matices, y hasta qué punto la verdad puede quedar comprometida por pequeños deslices como éste.       

Y para que nos quedara todo muy claro, en su toma de posesión de mentiritas hizo acto de presencia ni más ni menos que Silvio Rodríguez. Risible hubiera sido, pero la aclamación y complacencia de los seguidores de AMLO lo vuelve de plano repugnante.       

Respeto enormemente a Silvio Rodríguez como artista. Sería hipócrita decir lo contrario, cuando yo misma he gozado tanto con muchas de sus canciones –aunque siempre me he preguntado cómo pudo destruir muchas de las mejores con una sola frase, a veces incluso una sola palabra, de lamentable panfleto–. Dudar de su genuino talento como letrista y, digamos, trovador, sería absurdo, y hasta ahí ratifico mi respeto. Respeto a un artista a secas, pero no puedo respetar a un artista del régimen. De ningún régimen. No podría respetar al artista oficial ni siquiera de la más benigna democracia que se haya soñado en la mejor de las utopías, ya no digamos al artista oficial de la dictadura de Fidel Castro.

Que buena parte de la izquierda mexicana haya estado tan emocionada por su aparición en el circo de AMLO me deja de plano sin habla. Su sola aparición ahí es un mensaje que debería habernos puesto a dudar, pero esta izquierda sentimental no sólo no dudó, no sólo no se preguntó cuál es entonces el ideal de nación que propone López Obrador, sino que se conmovió hasta las lágrimas.

Las ideologías –la derecha reaccionaria, brutal y totalitaria, y la izquierda ciega, brutal y totalitaria también si le dan chance— se pelean las primeras planas de los periódicos, y mientras tanto la inconcebible arbitrariedad de la violencia oficial contra el pueblo de Oaxaca es como una pesadilla en la que ninguno de los dos bandos ideológicos mete la mano, por miedo a que se la muerdan. El narco, desatado, hace de las suyas. La violencia se extiende a Chiapas, Atenco sigue impune, y sigue impune el asesinato de no menos de 400 mujeres en suelo mexicano (miles siguen desaparecidas).

En Inglaterra, durante las últimas semanas un asesino serial ha matado a cinco mujeres, y todo el país abre los ojos; se habla de la defensa de las mujeres y de las prostitutas (las cinco mujeres eran sexo-servidoras en Ipswich); el jefe de la policía y el Primer Ministro condenan el crimen y prometen justicia. Vaya, lo que en cualquier país más o menos civilizado sucedería. Y no puedo evitar pensar en esos cientos de mujeres anónimas mexicanas, ¡cientos!, cuyo asesinato nuestras autoridades no condenan sino que o ignoran, o de plano alientan, protegiendo a los asesinos.

¿Cómo pueden algunos sectores de la sociedad mexicana pretender siquiera que nuestro país es una democracia, una sociedad justa, una nación que va “saliendo adelante”?Al mismo tiempo, la esperanza está en esos otros sectores que siguen luchando, alzando la voz, diciendo “No.”Por supuesto no es México nada más. El planeta entero vive un momento particularmente lúgubre en la historia. Es cierto que ha habido momentos peores. Pero en definitiva, también ha habido momentos mejores; de eso no hay duda. Es necesario saberlo. Es necesario actuar en consecuencia. Pero también es necesario saber, creo yo, que la dimensión política no es la única que le da forma a la experiencia humana. Digo esto en este blog y también me lo digo a mí misma: ante el horror, la rabia y la impotencia que siguen a la lectura de los periódicos o la investigación de tantas atrocidades, es necesario recordar que no somos nada más este animal político, este pobre alimento de la Historia.De ahora en adelante me propongo –y espero cumplirlo, no importa cuánta sea mi indignación–, no escribir sólo de política en este blog. Con el gobierno de Calderón voy a pelearme también hablando de una de las cosas que más lo amenazan. Hablando, por ejemplo, de literatura. Sí, sí somos más que esto, más que esta humanidad toda confundida y vapuleada. Y si hay grandeza en las luchas heroicas de tantos pueblos, entre las que incluyo por supuesto al pueblo mexicano, es justamente porque somos más que esto, más que cifras, más que instrumentos para llevar al poder a tal o cual ideología.Hay grandeza en el corazón humano, sin duda. Hay otras dimensiones en eso que significa “humanidad”.  

Todo esto, supongo, viene a cuento para desearles feliz navidad, no importa cómo la celebren, o no la celebren. Es nada más el deseo de una pausa invernal para mirar otros paisajes.  

If we look into the Mexican scene we don’t know anymore if we should count the misfortunes or measure their intensity. The reasons for our indignation, desolation or fury range from those relatively trivial to those that are a matter of life and death (mostly the latter).        

Now that the Federal Police starts to withdraw from the streets of Oaxaca, after a month and a half of occupation—and we can’t help noticing how blurred that withdrawal is thanks to an all too familiar ambiguity; “it’s just a reshuffle”, says a high-ranking official, while the State police is still doing patrols quite heavily armed—, it is still hard to believe that the arbitrariness, brutality and illegality of such an occupation were possible in the first place. Even this being Mexico, it’s hard to believe, perhaps because no one wants to believe that we’re going back to our bloody history’s worst moments of police brutality by leaps and bounds.       

It’s equally incredible that governor Ulises Ruiz is still there.       

It’s bitter, indeed, when the incredible is true!        President Calderón has just crossed the threshold of his joke of a mandate and he’s already shown his true colours. May God succour the Mexicans from his brand new cabinet! And, as if there were not other urgent things to defend, the Mexicans have had to take to the streets immediately to defend culture as well, because one of the first ideas coming from a man who owes his still—and forever—doubtful triumph to an ideology that sees a threat in all love for knowledge and in all art’s expressions was to cut the budget for what he considers a superfluous, when not downright dangerous element in the social structure.       

And what about López Obrador, with his other joke of a mandate? He too has forgotten that the Mexicans still don’t know who won the elections, and claims himself to be the unquestionable and legitimate winner. Oh well! So much demanding the recount of the votes, and now it turns out that from the beginning we all knew he was the man. You may tell me these are just language nuances. But we writers know how important such nuances are, and to what extent may the truth be compromised because of small slip-ups.       

And, to make everything crystal clear, during his mock swearing-in ceremony Silvio Rodríguez himself put in an appearance. It would have been laughable, but the acclaim and complacency of LO’s followers makes it downright disgusting.       

I do respect enormously Silvio Rodríguez as an artist. It would be hypocrisy on my side to deny it, when I have myself enjoyed so much many of his songs—though I have always wondered how could he destroye many of the best ones with just a single phrase, sometimes even a single word, of lamentable pamphlet—. To doubt his genuine talent as a lyrics author and, so to speak, as a troubadour, would be absurd, and my respect goes as far as that. I respect an artist just like that, but I cannot respect a regime’s artist, whatever that regime may be. I could not respect the official artist of even the most benign democracy that has ever been dreamt of in the best utopias, let alone the official artist of Fidel Castro’s dictatorship.That a good deal of the Mexican left was so moved by his appearance at LO’s circus leaves me quite speechless. His showing up there alone is a message that should have made us doubt, but this sentimental left not only did not doubt, not only did not wonder which is then the nation’s ideal proposed by López Obrador, but they were actually moved to tears.Ideologies—the reactionary, brutal and totalitarian right, and the blind left, brutal and totalitarian too if only given a chance—fight for the press headlines, and meanwhile the unconceivable arbitrariness of official violence against the people of Oaxaca is like a nightmare where none of either ideological camp sticks its hand for fear of being bitten. The drug traffickers are loose and enjoying it. Violence extends itself to Chiapas, Atenco is still in impunity, and the murder of no less than 400 women (thousands are missing) in Mexican soil is still unpunished.

In the UK, during the past weeks a serial killer has murdered five women, and the whole country opens its eyes; the defence of women and prostitutes is discussed (the five women worked for the sex industry in Ipswich); the Chief of Police and the Prime Minister condemn the crime and promise justice. I mean, we’re witnessing what would happen in any country moderately civilized. I can’t help thinking of those hundreds of anonymous Mexican women–hundreds!—whose murder not only is not condemned by our authorities, not only is it ignored, but frankly encouraged, the murderers protected.

How can some sections of Mexican society even pretend that our country is a democracy, a fair society, a nation that is “getting through”?

At the same time, hope is in those other groups of society that keep on fighting, making themselves heard, saying “No”.

Of course it’s not only Mexico. The whole planet is going through a particularly lugubrious moment in history. It is true that there have been worse moments. But definitely there have also been better ones, no doubt about it.

We need to know this. We need to act accordingly. But I believe it is also necessary to know that the political dimension is not the only one that gives shape to human experience. I say this in this blog and I also tell it to myself: in the face of the horror, the fury and impotence that follow the reading of the papers or the research on so many atrocities, it is necessary to remember that we are not only this political animal, this poor food for History.

From now on I mean—and I hope I do it, regardless how big my indignation—, not to write only about politics in this blog. I am going to fight Calderón’s government talking also about one of the things that threaten him most. Talking, for instance, about literature. Yes, we do are more than this, more than this confused and trampled humanity. And if there is greatness in the heroic struggles of so many peoples, among which I include of course the Mexican people, it is precisely because we’re more than this, more than figures, more than instruments for the attainment of power of this or that ideology.

There is greatness in the human heart, no doubt. There are other dimensions in that thing we call humanity.

     All this, I gather, just to wish you a happy Christmas, never mind how you celebrate it or don’t celebrate it. It’s just the wish of a winter pause so that we can look at other landscapes.

                

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Published in: on December 21, 2006 at 10:11 pm  Comments (3)