Febrero/February

(Scroll down to read in English)
Yo no debería estar haciendo esto. Debería estar trabajando en una traducción y en un artículo. Pero he estado recibiendo comentarios sobre este blog que no actualizo desde diciembre, y llevo varias semanas intentando agradecerles que sigan paseando por este espacio tan lento, tan poco cibernético.
Gracias, entonces, y muy sinceras. No crean que no me doy cuenta de que, al empezar un blog y empezar a tener lectores, he establecido una forma de comunicación con la que tengo cierta responsabilidad. He pensado en un montón de cosas que quiero hacer con esta página: actualizar mi sección de puentes con las direcciones de muchos otros links que me entusiasman, ponerle sonido (música como la que estoy escuchando ahora –Ali Akbar Moradi, que me deja sin palabras–, lectura de poemas), subir más textos inéditos.
Pero no ha habido tiempo. A veces siento que voy subiendo por una colina cuya cima se vuelve más alta a medida que avanzo, hasta que se convierte en una montaña gigantesca. En estos momentos el nombre de la colina sigue siendo la cuesta de enero. Trabajo y trabajo, trabajo y trabajo. Y algo de mí se cansa. Veo a mi alrededor, todos al parecer atrapados en las garras del monstruo financiero, el correo cargado de cuentas y más cuentas por pagar, la angustia, la angustia…
¿Es esto, simplemente, la vida adulta? ¿O caímos todos en una trampa mortal sin darnos cuenta? ¿O las dos cosas son en realidad una y la misma?
Por fortuna, no todos los días el correo viene cargado nada más de cuentas pendientes. Hace algunas semanas, por ejemplo, me llegó la novela de mi muy querido amigo Martín Solares, Los minutos negros. Martín ha sido mi amigo desde hace muchos años, desde que ambos vivíamos en México (ahora él vive en París). Su amor por la literatura es genuino y obsesivo. Ha trabajado como editor, impartiendo talleres de literatura, e impulsando a muchos autores en cuyo trabajo cree. Al mismo tiempo, en silencio y sin cesar, ha estado escribiendo. Soy testigo de los años y años que batalló dándole forma a esta novela, sin hacer alarde de su talento; al contrario, manteniéndose siempre un poco en una muy fértil oscuridad, y ahora, de pronto, nos deslumbra con su primera novela, publicada por Random House Mondadori. Una novela macabra, cargada de un humor irresistible pese a los horrores que describen sus páginas, un retrato escalofriante de los bajos fondos (con sus visibles fachadas de poder) del norte de México, una fantasía desbordada… en suma, un novelón. Recibir sorpresas así en el correo son de las cosas que alegran la vida.
Por no hablar de la nieve que cayó justo hace dos semanas. Aquí se quejan mucho porque este inverosímil país se paraliza, como si nunca jamás hubieran visto la nieve en estas latitudes, pero para mí, después de casi ocho años por acá, el espectáculo de la nieve sigue siendo una de las fuentes más profundas de pura felicidad y puro asombro. Que el mundo pueda ser tan bello, todavía… Me fui a un parque a ver monos de nieve y medio hacer uno con una amiga, mexicana también.
Entre las carreras del trabajo, las batallas financieras, los monos de nieve, por supuesto, y los días que se escurren como ratones con una velocidad desquiciante, pienso y pienso en la maleabilidad del tiempo. En lo largo que es el tiempo en la infancia. En los 43 años que cumpliré este próximo lunes, sin saber cómo llegué aquí, cómo los últimos 15 años de mi vida han sido esta especie de relámpago lento, pero relámpago al fin.
Mientras tanto, México sigue siendo esa herida abierta, pero hoy, como ya había dicho en diciembre, no hablaré de política. México es también esa tierra que añoro. Sueño constantemente con que hago maletas y tomo aviones de un lugar a otro, sueños cargados de ansiedad y la misma pregunta, “¿aquí o allá? ¿aquí o allá?”. La pregunta nunca resuelta. Mejor decir que estoy aquí, en este tiempo mío, más que en ningún lugar, un tiempo hecho de Londres y de México, de los afectos aquí y allá, un tiempo hecho de libros y de música, de la dulzura del amor y el refugio a veces suspendido sobre el océano mismo que es este cuarto nuestro, nuestro hogar. El tiempo de la vida que me avanza, con todo su peso y sin embargo –a Dios gracias— el asombro, cada vez más grande.

I shouldn’t be doing this. I should be working right now on a translation and an article. But I have been receiving comments to this blog that has not been updated since December, and for several weeks now I have been trying to thank you for still roaming around this slow, utterly un-cybernetic space.
So thanks, quite sincerely. Don’t think that I do not realize that, on starting a blog and starting to have readers, I have established a way of communication towards which I have some responsibility. I have thought of a lot of things I want to do with this page: updating my bridges section with a lot of links I find exciting, setting sound to it (music like what I’m hearing now—Ali Akbar Moradi, which leaves me quite speechless—poetry readings), uploading more unpublished texts.
But there’s been no time. Sometimes I feel I’m going up a hill the top of which becomes ever higher as I go forward, until it becomes a rather gigantic mountain. Right now the name of the hill is still what we call in Mexico “January’s slope”. I work and work and work, and something in me gets tired. I see around me, all of us seemingly trapped by the claws of the financial monster, the post loaded with bills and more bills, and the anguish, the anguish…
Is this, simply, adult life? Or have we all fallen into a mortal trap without our noticing? Or are both things really one and the same?
Luckily, the post is not always carrying only bills. For instance, a few weeks ago I received my very dear friend Martín Solares’ novel, Los minutos negros (The Black Minutes). Martín has been my friend since we both lived in Mexico ( Now he lives in Paris). His love for literature is genuine and quite obsessive. He has worked as an editor, leading literary workshops and promoting several authors in whose work he believes. At the same time, silently and ceaselessly, he has been writing. I can bear witness of the years and years he struggled giving shape to this novel, without any showing-off of his talents; all the opposite, rather, always remaining somehow in a rather fertile darkness, and now suddenly he dazzles us with his first novel, published by Random House Mondadori. The novel is macabre, full of an irresistible humour in spite of all the horrors described in its pages; it’s a chilling portrait of Northern Mexico’s underworld and its visible façades of power, and also a display of unfettered fantasy… a great novel indeed. To receive such surprises in the post is one of the things that make life happy.
Not to talk about the snowfall we had just a couple of weeks ago. Here they complain a lot because the whole country comes to a standstill, as if they had never seen the snow in this very peculiar country, but to me, even after nearly 8 years here, the spectacle of snow is still one of the deepest sources of pure joy and wonderment. That the world can still be so beautiful..! So that day I went to the park with a friend (Mexican as well) to watch (and half-attempt to make) snowmen.
In between the work rush, the financial battles, the snowmen of course, and days slipping away like mice, with unnerving velocity, I think of time’s malleability. On how long time is during childhood. On the 43 years old I will be next Monday, without knowing how did I get here, how the last 15 years of my life have been this kind of slow lightning, but a lightning nevertheless.
Meanwhile, Mexico is still that open wound. But today, as I had already said in December, I will not talk about politics. Mexico is also the land I long for. I dream constantly of packing-up, of taking planes that go from here to there and back again, dreams full of anxiety carrying the same question, “here or there? here or there?”. The never answered question. Better to say that I am here, in this time of mine, rather than in any particular place; a time made of London and Mexico, of the loved ones here and there, a time made of books and music, of the sweetness of love and the shelter—sometimes suspended above the ocean—of this room of ours, our home. The time of life walking on me with all its weight and yet—thank God!—with all its wonderment, every time bigger.

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Published in: on February 22, 2007 at 4:09 pm  Comments (1)  

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One CommentLeave a comment

  1. que chido esta tu blog, me laten mucho tus textos….mucha suerte, cuidate mucho


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