fibromálgica

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westminsterEl otro día me sucedió una cosa de lo más extraña: iba cruzando el puente de Westminster. Como siempre que lo cruzo, vi de un lado las Casas del Parlamento y volteé hacia el lado opuesto para ver el paisaje familiar. Pero no estaba la cúpula de St Paul’s.           

Al principio no me alarmé demasiado. Creí que la vería si caminaba un poco más, que quizá la ocultaban los árboles. Y caminé, hasta terminar de cruzar el puente, pero St Paul’s no estaba por ningún lado. Me empezó a invadir la angustia. St Paul’s debía seguir en su lugar de siempre. Si no, ya me habría enterado. Si no estuviera ahí, querría decir que en Londres había sucedido algo terrible, y la gente no andaría tan campante.

Pero no estaba. Por más que me detuve y escudriñé el horizonte, por más que busqué y busqué cambiando de sitio para tener una nueva perspectiva, simplemente había desaparecido. ¿Han sentido alguna vez el horror de estar viviendo algo imposible? Pues así era. Como si me hubieran arrancado a un mundo paralelo, un Londres idéntico en todo al Londres en que había despertado esa mañana, sólo que sin la catedral de St Paul. Como un episodio del Dr. Who.

ludgate hill            Incluso llegué a preguntarme, dudando de mi memoria: “¿Será que nunca he visto St Paul’s desde aquí?” Lo que sería una curiosa memoria falsa, después de tantos años de llevar a mi cerebro esa imagen cada que cruzo ese puente.           

Me apresuré porque tenía una cita. Pensé: de regreso seguro que la encuentro.            

Mi cita era en el hospital de St Thomas, y en ese día glorioso de junio (antes de que llegara el diluvio universal), bajo el cielo tan azul, volví a pensar que era de lo más afortunada de que mi doctor trabajara en un hospital con vista directa a Westminster, pegadito al río.           

Iba algo nerviosa, aunque nada comparado con la angustia de haber perdido la catedral. Después de tres meses me enteraría de los resultados de mis muchos análisis y, con suerte, me quitarían el dolor que traigo desde principios de febrero.           

La cita fue algo anticlimática, después de tanta espera: por fortuna no tengo las cosas que más temía, pero para lo que sí tengo, este especialista me va a mandar con otro especialista… que sólo podrá darme cita dentro de varios meses. Ya me llegará una carta avisándome. Por mientras, me dio una pastilla.           

Así es el NHS, el sistema de salud pública de este país. La gente siente un miedo genuino de ser hospitalizada, porque los hospitales están llenos de microbios mortales. ¡Las furias que desata esta noble institución! (Aunque ahora, por fin, todas nuestras desventuras con el NHS cobran sentido: resulta que son todos terroristas, y ya con eso me quedo tranquila.)           

Pero debo admitir que el doctor me dio información importante. No la que yo quería, pero importante. Confirmó el diagnóstico de fibromialgia y le añadió el de Síndrome de Sjorgen, con lo que me quedó claro que padezco de cosas que no puedo ni pronunciar. Me ayudó a entender que, si bien es frustrante tener que esperar meses para ver al especialista adecuado, no puedo esperar de él o ella más que formas de lidiar con el asunto, porque el padecimiento es crónico (¡como si no me hubiera dado cuenta!), e incurable. Me aconsejó informarme lo mejor posible sobre estas complicadas afecciones, cosa que por supuesto estoy haciendo. Con mucho tacto me informó que no puedo esperar una cura milagrosa, ni llegar a sentirme como creo que se siente la gente que no está enferma todo el tiempo.           

Hace muchos años, en un viaje a México, visité a mi neumólogo, el Dr. Héctor Ponce de León, para saludarlo. Le comenté un poco sobre mis otros achaques y sugirió que podría tener fibromialgia. Yo al Dr. Ponce de León le tengo una fe ciega: después de todo me salvó la vida, y además es simpatiquísimo, cosa que no puede decirse de todos los médicos que he visto.           

De regreso a Londres, a los distintos médicos generales que he visto les he sugerido la posibilidad de la fibromialgia, y ninguno me hizo caso. Años después veo que mi neumólogo tenía razón.           

Algo que me encantaba del Dr. Ponce de León era la pasión con que ejerce la medicina. Recuerdo cómo viendo una de mis radiografías le llamó a un colega para que viniera a ver el interesante caso, y reconocí la excitación de encontrarse con algo fascinante. No que le entusiasmara que estuviera enferma; para nada. Es un médico de un trato humano extraordinario. Pero su profesión le apasiona, como debe ser.          

                                    hipocrates

Yo sé que en la salud pública, aquí y en cualquier parte, los médicos tienen mucha presión, demasiados pacientes. Trabajar para el NHS debe ser un martirio (tiene lógica; de ahí a la jihad…). Pero qué triste es que, en lugar de estos personajes heroicos e inteligentísimos con que idealmente asociamos a los doctores, los médicos generales hayan terminado haciendo un trabajo mecánico que no exige más reto intelectual que el de sacar fotocopias.            

Si algo he aprendido de este tipo de enfermedades (el síndrome de Sjorgen es, aparentemente, una afección autoinmune), es que, además de ser una carga muy pesada para el paciente, son interesantísimas. Si yo fuera médico, me especializaría en algo así: misterioso, con mucho terreno aún por descubrir, lleno de sutilísimas complicaciones.   

La información es mucha y lleva tiempo entenderla y asimilarla. A ratos siento que aparte de todo, tengo que ponerme a estudiar el asunto como si estuviera otra vez en la universidad. Pero para explicar el padecimiento con una bonita y sencilla imagen, es como si le estuvieran haciendo a uno brujería. Nunca sabes en qué parte le van a encajar al monito las agujas, o qué parte del cuerpo le van a derretir. Ni a qué horas.           

Es decir, afecta a todo, todito el organismo, incluyendo las funciones de nuestro pobre cerebro y el estado de ánimo. Lo del cerebro es particularmente preocupante para un escritor. Nadie imagina las confusiones con que batallo todos los días, ni el horror de no recordar los nombres de los personajes de muchos de mis libros favoritos. (Lo bueno es que, literalmente, releer un libro es siempre como leerlo por primera vez.) La mejor forma de explicarlo es, quizá, decir que “no sé lo que sé”. Así que es un alivio enorme saber que la estupidez no es mía necesariamente, o al menos no toda, sino de la enfermedad.           

Y ahí está lo interesante: yo sé quién soy yo, en algún otro lugar que no es la confusión de mi cerebro. Ese pensamiento que siempre estoy tratando de alcanzar es el mío de verdad, existe. Sé que siempre, desde niña, he tenido pasión por el conocimiento; que me maravillan los alcances del intelecto humano y quisiera saberlo todo. Eso no me lo quita la bola de algodón que a veces siento que traigo en la cabeza en lugar de sesos, y la bola de algodón no me ha impedido llegar –por momentos– a ese lugar donde estoy “yo”, aunque desespere mucho con mis íntimos obstáculos. Y sin duda es un alivio enorme saber que hay una explicación para esa nube amorfa que me ensombrece el pensamiento, aunque dé un coraje inexpresable saber que no se va a ir a ningún lado.           

Algo similar sucede con el cuerpo, pero es más complicado. Sólo otras personas con esta enfermedad o padecimientos similares pueden entender el alivio que da cuando al fin es diagnosticada, aunque nos digan que es crónica y que no se nos va a quitar. Quizá contar esto en el blog es la manera más inmediata de gritarle al mundo entero (incluido tanto médico pasmado): “¿Lo ven? Es real. No lo inventé yo. No está en mi cabeza. No soy hipocondríaca. No me lo provoco yo con “malas vibras”. Existe. Existe. No estoy loca.”

 La mayoría de las veces el diagnóstico llega después de años, y aunque la enfermedad (o el conjunto de síntomas) está registrada desde al menos el siglo XIX, su comprensión en el mundo de la medicina es cosa muy reciente y todavía hay muchas opiniones encontradas al respecto. No hay forma de exagerar la pena que siento por todas las personas que padecieron de esto hace tiempo, durante toda su vida, sin que nadie entendiera por lo que estaban pasando, sin que nadie les creyera.

En mi experiencia, ha sido mi vida entera sin saber realmente lo que es sentirme sana, con algún tipo de afección u otro, con montón de condiciones crónicas, con el cuerpo entero comportándose como un loco, un día una parte de mi organismo poniéndose en huelga, otro día otra, dolores de todo tipo atacando cuando les da la gana… me llevaría páginas enteras contar por las que pasa uno. Y esa experiencia ha implicado muchos diagnósticos equivocados, o muchos doctores honestos que decían: pues sí, algo está mal pero te juro que no sé qué es, y muchos temores de algunos médicos de que tuviera cosas gravísimas. Infinito desconcierto.

Mis amigos me ven como a alguien frágil físicamente pero muy fuerte “por dentro”, pero por supuesto a veces desesperan porque, igual que yo y la mayoría de los doctores, no entienden nada de lo que me pasa y piensan que quizá es psicológico. (Sólo me entienden perfectamente los que también traen a cuestas un cuerpo rebelde.) Yo misma, por supuesto, he dudado de mí, todo el tiempo. Ante la innegable realidad de sentirme enferma de una cosa u otra casi todo el tiempo, sin saber por qué, mi mecanismo de supervivencia ha sido ignorarlo (a lo mejor así se sienten todos,  he llegado a pensar, nomás que no se quejan), trabajar lo más que pueda, orillarme hasta los límites de mi fuerza y energía (que no son muchas), hacer todo lo que tengo que hacer y mucho más: también todo lo que quiero hacer. Si me pongo a pensar –ahora que voy entendiendo lo que le pasa a mi organismo– en todas las cosas que he hecho en mi vida, pues debo ser una santa, un héroe. Me he orillado tanto hasta el límite de mi fuerza que he llegado mucho más lejos en mis esfuerzos que muchas personas sanas.

           

Y lo que me parece fascinante de este asunto es cómo la enfermedad y mi identidad se han ido fundiendo en todos estos años. No es como con el pensamiento, ese intelecto mío que sí está ahí, en algún lugar, y nada más tengo que hacer un esfuerzo mayor por alcanzarlo y ya llego. No; en la cuestión física, el vértigo, los mareos, la náusea, la sensación de que me voy a caer en cualquier escalera, sí son “yo”. Se han convertido en parte de mi personalidad. No sé muy bien cómo explicarlo, pero, ignorando toda mi vida que ese vértigo y sensación de inseguridad física tenían una causa orgánica, he crecido asumiendo que son parte de mi personalidad, sin pensar mucho en el asunto. Suelo contar cómo me identifiqué de niña cuando leí la historia del Licenciado Vidriera, de Cervantes. Eso, creo, lo explica todo.

vidriera

            Otras cosas, aunque he sabido de entrada que son orgánicas, también han conformado lo que soy: la sensación de aislamiento que da el tinitus cuando es muy intenso; ese lugar extrañísimo y no del todo desagradable al que te lleva el “pre” y el “post” de la infame migraña. Incluso me pregunto, ¿no será que muchos de mis gustos literarios se han visto influenciados por la forma en que yo me siento?

                                        elaine            Es decir: un organismo frágil es un lugar desde el cual se ve el mundo, como cualquier otro. Hay lugares mucho mejores y hay lugares mucho peores, pero es un lugar. Finalmente uno sí es su cuerpo. Y desde cualquier lugar que se vea el mundo, se puede descubrir algo de su realidad; de esa cosa inasible y sumamente vaga que llamamos “lo real”. Desde este lugar escribo, por ejemplo; eso es innegable: desde mi búsqueda intelectual de altos vuelos invadida por una neblina odiosa, y desde este cuerpo que se queja callado todo el tiempo.            

¿Y las depresiones? Eso es todavía más complicado. Hay mucho de circunstancial en mi formación y en mi vida que puede explicarlas, pero ahora que se sabe que la fibromialgia suele venir acompañada de depresión, es prácticamente imposible dar con la causa exacta de ese estado del alma (porque eso es, ¿o no?, por muy químicas que sean las cosas que están pasando en el cerebro).             melancholia

Tras el diagnóstico, voy entendiendo poco a poco estos lazos enredados de lo que me sucede y confieso que encuentro fascinante esta relación entre el estado de salud y la identidad. Para empezar, es innegable que somos una unidad: cuerpo, intelecto y alma. (Porque yo insisto en que existe el alma, aunque haya algunos que se escandalicen por ahí.)           

Lo difícil ahora es entender por qué mi mecanismo de supervivencia, aunque me ha sido útil y fructífero, también me ha puesto más enferma y tiene que cambiar. Yo iba al doctor con la esperanza de que me dieran esa medicina milagrosa que dice el doctor que no existe, para poder hacer más. Pero la solución es al revés. Ya no debo orillarme hasta el límite de mis fuerzas, porque eso me va a hacer sentir cada vez más enferma, que es de hecho lo que ha sucedido en los últimos años. Y no tengo la menor idea de cómo lograr ese equilibrio. No es sólo que hay una realidad concreta y objetiva: hay que salir de la precariedad económica, hay que trabajar mucho, y además escribir. Eso de por sí ya es una pregunta, hasta el momento, sin respuesta. Pero lo más difícil va a ser cambiar ese mecanismo en mi cabeza. Porque, hablando de identidad, no logro concebirme a mí misma más que como he sido toda mi vida, en ese arrojarme con todo el ímpetu de que soy capaz a lo que yo considero que es la vida, lo que quiero de la vida y mi responsabilidad en esta vida, que por supuesto suele culminar en un estado de agotamiento, físico y anímico.           

Quizá he estado equivocada. ¿No del todo, pero un poco? La pregunta es hondísima. Quiero sentirme mejor, ya no quiero tratar a mi organismo como un caballo de carreras que ya no puede más. Pero no logro entenderme sin esta, ¿cómo le diremos?, voluntad en pie de lucha.           

Vaya, vaya. Tengo mucho en qué pensar.           

Y saliendo del hospital, no pude encontrar la cúpula de St Paul’s. ¡Qué inquietud más grande!

La vi luego, por una calle lateral, para mi enorme alivio. Pero no desde el puente. No sé si sigue ahí. Es decir, sé que está donde siempre está, la veo desde las alturas de Highgate, pero no sé si volveré a verla nunca desde el puente. Lo que me recuerda mi fantasía de salir un día y no ver la cúpula de St Paul’s, sino la aguja de la catedral como era antes de que la arrasara el Gran Fuego de Londres. ¿No sería maravilloso?

                                         old st paul’s 1 Something very strange happened to me the other day: I was crossing Westminster’s Bridge. As is always the case when I cross it, I saw on one side the Houses of Parliament and turned to the other side to see the familiar landscape. But St Paul’s dome wasn’t there.

At first I wasn’t too alarmed. I thought I’d see it if I walked a bit more;  maybe the trees were hiding it. So I walked, until I finished crossing the bridge, but St Paul’s was nowhere to be seen. I started to feel ridden with anxiety. St Paul’s surely was still in the same place; otherwise I would have known. If it wasn’t there, it would mean something terrible had happened in London, and people wouldn’t be hanging around so happily.

dorest-pauls.jpg            But it wasn’t there. Though I stopped and searched the horizon, and looked for it moving from one place to the other in order to get a new perspective, it had simply gone. Have you ever felt the horror of being living something impossible? Well, it was like that. As if I had been snatched into a parallel world, a London identical to the London I had woken up in that morning, only that without St Paul’s Cathedral. Like a Dr. Who episode.           

I even wondered, doubting my memory, “Could it be I have never seen St Paul’s from here?” Which would be a very curious false memory, after so many years of calling that image to mi brain every time I cross that bridge.           

I hurried because I had an appointment. I thought: I’ll surely find it on my way back.           

My appointment was at St Thomas’s hospital, and in that glorious June day (before the universal flood started), beneath the spotless blue sky, I thought again how lucky I was because my doctor worked in a hospital with a direct view over Westminster, just by the river.            

I was a bit nervous, though nothing compared to the anguish of having lost the cathedral. After a three- month wait I’d find out about my many tests’ results and, luckily, I’d get rid of the pain that is plaguing me since February.           

The appointment was a bit of an anticlimax, after such a long wait: I luckily don’t have the things I feared the most, but for what I do have, this specialist will refer me to another specialist… who will only be able to see me in a few months time. They’ll send me a letter saying when one of these days. Meanwhile, he gave me a pill.           

So, this is the NHS after all. We know, for instance, that people feel a genuine fear of being hospitalized because hospitals are full of mortal bugs. (Though now, finally, all of our misfortunes with the NHS make sense: they are all terrorists, and now that I know it I can put my mind at rest.)            

But I must admit that the doctor did give me some important information. Not the one I wanted, but important nevertheless. He confirmed the fibromyalgia diagnosis and added to it that of Sjorgen Syndrome, with which it became clear to me that I suffer from things that I cannot even pronounce. He helped me understand that, even though it is frustrating indeed to wait for months to get to the right specialist, I cannot expect from him or her anything more than ways of coping with this stuff, because the condition is chronic (as if I hadn’t noticed!) and has no cure. He advised me to get as much information as possible about these complicated conditions –which I of course am doing. He tactfully informed me that I cannot expect a miracle cure, nor to get to feel as I  imagine people who are not ill all the time do feel.           

Some years ago, during a trip to México, I visited my pneumologist, Dr. Héctor Ponce de León, to say hello. I told him a bit about the way I was feeling and he suggested I might be suffering from fibromyalgia. I have blind faith in him: after all he saved my life, and he’s extremely nice and fun to talk to –something I cannot say of all the doctors I have seen.           

Back in London, I’ve suggested this possibility to all the GP’s I’ve seen, and none of them listened to me. Years later, I realize my pneumologist was right.           

Something I loved about Dr. Ponce de León was the passion with which  he practices medicine. I remember how, on seeing one of my X-Rays, he called a colleague to come and see the interesting case, and I recognized the excitement of bumping into something fascinating. Not that he was happy I was ill; not at all. His humane way of treating patients is extraordinary. But he’s passionate about his profession, just as it should be.           

medicine

I know that in the public health sector, here and everywhere, doctors have lots of pressure, too many patients. To work for the NHS must be martyrdom (it makes sense; from that to jihad…). But it’s quite sad that, instead of being these heroic and very intelligent characters we ideally associate with doctors, GP’s have ended up doing a mechanical work that doesn’t imply more of an intellectual challenge than doing some photocopies.           

If there is something I have learnt about this kind of diseases (apparently the Sjorgen syndrome is an autoimmune condition), is that, apart from being a pain in the ass (or everywhere else, for that matter) for the patient, they are utterly interesting. If I were a doctor, I would specialize in something like that: something mysterious, with lots of yet uncharted territory, full of rather subtle complications.           

There is lot’s of information and it takes time to understand and assimilate it. At moments I feel that, on top of everything else, I will have to study this as if I were in college again. But to explain the condition with a pretty and simple image, it’s as if they were attacking you with witchcraft. You never know in which part of the dummy’s body they will thrust the  needles, or which part of its body will they melt. Nor when.           

So, it affects the whole organism, including our poor brain’s functions and our mood. The brain part is particularly worrying for a writer. No one can imagine the confusions I battle with everyday, nor the horror of not remembering the names of the characters in many of my favorite books. (The good thing is that reading a book again is always, literally, like reading it for the first time.) The best way to explain it may be that “I don’t know what I know”. So it is an enormous relief to know that the stupidity isn’t necessarily mine, or at least not all of it, but the condition’s fault.            And that’s the interesting part: I know who I am, in some other place that is not my brain’s confusion. That thought that I am always trying to reach is truly mine, it exists. I know that I have always had a passion for knowledge, since I was a child; that I’m marveled by the reaches of human intellect and that I’d wish I could know it all. And the pack of cotton-wool that I sometimes feel to have inside my head instead of brains cannot take that away from me, nor has it stopped me to get –momentarily—to that place where “I” am, even if I despair at my intimate obstacles. And it’s no doubt quite a relief to know that there is an explanation for that shapeless cloud that darkens my mind, even if it makes you inexpressible furious to know it is not going anywhere.           

Something similar happens with the body, but it’s more complicated. Only other persons with this condition or similar ones can understand the relief you feel when it is finally diagnosed, even if they tell us that it is chronic and that it won’t go away. Perhaps to write this in this blog is the most immediate way to tell the whole world (including so many befuddled doctors): “Do you see? It’s real. I didn’t invent it. It’s not in my head. I’m not an hypochondriac. I don’t cause this to myself with “bad vibes”. It exists. It exists. I’m  not mad.”                  

Most of the times you are diagnosed after years, and though the disease (or group of symptoms) has been tracked since at least the 19th Century, its comprehension in the world of medicine is fairly recent and there are still many opposite opinions about it. There is no way to exaggerate how sorry I feel for all the people who suffered from this a while ago, for their whole lives, with no one understanding what they were going through, with no one believing them.           

In my experience, it has been my entire life without really knowing what it’s like to feel healthy, with some sort of complaint or other, with lots of chronic conditions, my whole body behaving like a mad thing, one day one part of my organism going on strike, next day another part, all sorts of pain attacking whenever they see it fit (well, fit!)… it would take me many pages to tell what you go through. And that experience has implied many wrong diagnosis, or many honest doctors who said, well something is wrong indeed, but I swear to God I don’t know what it is, and many fears from some doctors of me having terribly fatal conditions. Infinite confusion.           

My friends regard me as someone physically frail but very strong “on the inside”, but of course they sometimes despair because, just like myself and most of doctors, they don’t understand what is happening to me at all and think it might be psychological. (Only those who also carry on their backs a rebel body understand me perfectly well.) Of course I have doubted myself too, all the time. Facing the undeniable reality of feeling ill of one thing or the other most of the time, without knowing why, my survival mechanism has been to ignore it (I’ve got to think that maybe everybody feels that way and they just don’t complain), to work as hard as I can, to push myself to the limits of my strength and energy (which are not much), do everything I have to do and much more: all I want to do as well. If I think about it –now that I understand what is happening to my organism–, if I think of all the things I’ve done in my life, I guess I’m a saint, a hero. I have pushed myself to the limits so much that I have gone farther in my efforts than many healthy people.

And what I find fascinating in all this is how the disease and my identity have merged in all these years. It is not the same case as with thought, that intellect of mine that is there, somewhere, and I just have to make a bigger effort to reach it, then I’m there. No; in what concerns the physical aspect of it, the vertigo, dizziness, the nausea, the sensation that I’m going to fall down in any stairwell, do are “me”. They have become part of my personality. I don’t know very well how to explain that, but, ignoring all through my life that such vertigo and sense of physical insecurity had an organic cause, I have grown up assuming that they are part of my personality, without thinking too much about it. I use to say how I identified myself, as a child, when I read Cervantes’s story of the “Licenciado Vidriera”. I think that explains everything.

                                                                        vidriera

            Other things, though I have known from the beginning that they are organic, have also shaped what I am: the isolation given by tinnitus when it is very intense; that extremely odd place and not altogether unpleasant where pre and post detestable migraine take you to. I even wonder, is it possible that my literary tastes have been influenced by the way I feel?

               raven            That is to say: a frail organism is a place from which to see the world, as any other. There are much better places and much worse places, but it’s a place. In the end one is one’s own body. And in any place from which you see the world, you can discover something of its reality, of that ungraspable and utterly vague thing we call “what is real”. For instance, from this place I write; that cannot be denied: from my high-flying intellectual quest invaded by a detestable fog, and from this body that silently complains all the time.

What about depressions? That’s even more complicated. There is lots of circumstantial issues in my formation and my life that may explain them, but now that we know that fibromyalgia usually comes accompanied by depression, it is practically impossible to get to the exact cause of that state of the soul (because that’s what it is, isn’t it?, no matter how chemical the things that are taking place in the brain are.)   

                                melancholia

After the diagnosis, I start to understand little by little these entangled knots of what is happening to me, and I confess that I find fascinating this relationship between the state of your health and identity. To start with, we can’t deny we are a unity: body, intellect and soul. (Because I insist on the existence of the soul, though there are some around there who find it shocking.)            

The difficult thing now is to understand why my survival mechanism, though it has been useful and fruitful, has also made me more ill and has to change. I went to the doctor in the hope that I’d be given that miracle cure he says does not exist, in order to be able to do more. But the solution is exactly the opposite. I must not push myself to my strength’s limits anymore, because that will make me feel every time more ill, which is in fact what has happened during these past years. And I have no idea of how to find that balance. It is not only the concrete and objective reality: one has to fight financial hardship, one has to work a lot, and write as well. That is already a question for which so far there’s no answer. But the most difficult thing will be to change that mechanism in my head. Because, now that we’re talking about identity, I simply cannot conceive myself but the way I have been all my life, in this throwing myself with all the impetus I can gather into what I consider to be life, what I want from life and my responsibility in this life, which of course usually ends up in a state of physical and emotional exhaustion.          

Perhaps I’ve been wrong. Not completely, but a bit? The question is extraordinarily deep. I want to feel better, I don’t want to treat my organism any more as if it were a race horse that can’t take it anymore. But I can’t manage to understand myself without this, how can we call it?, will power on a war footing.           

Oh dear, oh dear. I have lots to think about.           

And when I left the hospital, I still could not find St Paul’s dome. What unbearable anguish!          

I saw it later, through a back street, to my enormous relief. But not from the bridge. I don’t know if it’s still there. I mean, I know it is where it always is, I see it from Highgate, but I don’t know if I will ever see it again from the bridge. Which reminds me of my fantasy of going out one day and not seeing St Paul’s dome, but the spire of the cathedral the way it was before it was consumed by the Great Fire of London. Wouldn’t that be wonderful?                                                    old st pauls2

Published in: on July 6, 2007 at 10:34 am  Comments (6)  

Los papás del terrorista/ The terrorist’s parents

(Scroll down to read in English)
(Nota: No entiendo por qué a veces no puedo ponerle color ni subir imágenes al blog. Es un misterio. Ayer sí pude, hoy no. Disculpas.
Note: I’ve no idea why sometimes I can’t set colour to my blog nor upload images. Yesterday I could, not today. Sorry.)

Todavía no he ido a comprar el periódico, pero como quizá ya sepan, no era un coche bomba sino dos en Londres, y ayer trataron de explotar la terminal principal del aeropuerto de Glasgow. Primer día de vacaciones, muchas familias, muchos niños. Por la manera en que parece estar orquestado este asunto, temo que tengan preparado algo para hoy domingo. Parece que les gustó el fin de semana.
Por fortuna, los que planearon estos atentados son medio pendejos, y hasta ahorita no les ha salido el numerito. Y perdonen lo franco de mi lenguaje, pero a las cosas hay que llamarles por su nombre.
Pero tengo miedo. Sí. Todavía no me entra el miedo tan fuerte como otras veces, pero sí estoy asustada. Igualito que cuando las bombas del 2005, escribo sobre el asunto para calmarme, y leo todos los periódicos para calmarme también, tratando de entender. Tengo la fantasía de que, si entiendo un poco lo que está pasando, puedo controlar mejor mi miedo. Digo fantasía porque yo creo que a estas alturas ya nadie entiende nada.
En general la gente aquí sigue tranquila. Yo no me acuerdo porque no estaba aquí, pero ellos sí se acuerdan de los ataques de ERI. Los coches bomba no son nada nuevo para los londinenses. Su tranquilidad me ayuda a estar tranquila a mí también, porque qué vergüenza sería estar toda temblorosa cuando toda la gente a mi alrededor sigue con su vida normal, dándole la cara a la situación.
Anoche pensaba que a veces se nos olvida que a esta ciudad le tocó de todo en el siglo XX. Montones de bombas, por todas partes, lloviendo del cielo y luego estallando desde la calle algunas décadas después. La ciudad está más curtida que yo, pero si me pongo a ver el periódico y veo lo que pasa en otras partes, incluyendo en algunas partes de México, está claro que hay que ser valientes porque esto, de alguna forma, es normal en la historia de los pueblos. A veces hay violencia. Así ha sido siempre y por desgracia supongo que así será. Si no se fortalece uno, se pierde también la parte bonita de la vida.
De cualquier forma, la tragedia detrás de estos brotes de violencia, de esta especie de locura, las historias personales que arrastran consigo, son de lo más reales, y supongo que una genuina compasión por esas tragedias, una forma de comunión en lo que a todos nos toca, porque humanos somos todos, es algo que sí está a nuestro alcance.
Para ilustrar una de esas tragedias, les voy a contar una historia.
El sábado pasado Mark y yo fuimos a una fiesta en casa de un amigo en Kingsbury. Nos agarró la lluvia entre la parada del camión y la casa, una tormenta casi tropical, con rayos y todo. Estábamos empapados (se nos olvidó el paraguas). Mark me confesó que también se le había olvidado otra cosa: el número de la casa. Insistía en que nos protegiéramos bajo un árbol mientras trataba de reconocer la fachada, entre las muchas fachadas casi idénticas, y borrosas por el aguacero. Yo estaba ya de muy mal humor, y le dije que al menos las examinara desde un lugar más conveniente que debajo de un árbol. ¿No le habían dicho desde chiquito que ahí es donde caen los rayos? Total, empapados ya estábamos.
Así que llegamos al final de la calle, en una cerrada, y estábamos ahí en medio de las casas como debajo de la regadera. (Somos quizá los últimos representantes de una raza sin teléfono celular, así que no había forma de llamarle a nuestro amigo y preguntar dónde vivía.)
Entonces se abrió la puerta de la casa que cerraba la calle, y un señor ya mayor, de origen indio, nos preguntó qué hacíamos ahí mojándonos, y nos invitó a pasar a su casa. Le preguntamos si conocía a nuestro amigo, pero el señor estaba bastante sordo, así que llamó a su esposa. Ahí, en el vestíbulo de su casa, la señora nos dijo dónde vivía nuestro amigo. La amabilidad de la pareja me conmovió; había sido una gentileza luminosa en medio de la tormenta. Se quedaron en la puerta hasta que se aseguraron de que llegábamos al lugar indicado.
Pues bien: le contamos la historia a nuestro amigo, y nos informó que esta pareja eran los padres de un terrorista inspirado por al-Qaida (no estoy segura de si tiene lazos con al-Qaida o nomás “la inspiración”). Nos contó que una noche llegaron montones de policías a la casa de la pareja india. El hijo no vivía ahí, según entiendo, lo arrestaron en otra parte. Había estado involucrado en la planeación de un ataque muy similar al de los coches bomba que desactivaron el viernes. Le dieron 40 años de cárcel y luego le redujeron la sentencia a 30.
Después de las inevitables bromas mensas (“por cierto” –le dijimos a nuestro amigo–, “los señores nos pidieron que te entregáramos este paquetito”), me quedé pensando en la tragedia de estos señores tan gentiles, en su muy probable sensación de aislamiento después de que todos los vecinos vieron llegar a su casa a un ejército de policías.
Y ayer, leyendo el periódico, veo una fotografía de un rostro muy familiar, de un terrorista de esos que ya son famosos acá, Dhiren Barot: un joven con cara de listo pero no de malo, y leo que es de Kingsbury, que había planeado un ataque similar al del viernes, que le redujeron la sentencia a 30 años. ¡Este era el hijo de los señores tan amables que nos dieron refugio en la lluvia!
No puedo dejar de pensar en ellos. Ojalá tengan más hijos además de este idiota, alguien en quién apoyarse en su vejez. Que conserven su gentileza bajo el escrutinio de la ley y de un país asustado, pese a su seguro dolor (no han de pensar en otra cosa buena parte del día), me parece una de esas formas anónimas de heroísmo que nos recuerdan que los humanos somos más que una bola de dementes haciéndonos pedazos unos a otros.

I haven’t bought the papers yet, but as you probably know by now, it wasn’t one car bomb in London: it was two, and yesterday someone tried to blow up the main terminal at Glasgow airport. First day of holidays, many families, many children. The way this seems to be orchestrated, I fear they have prepared something for this Sunday. It seems they are keen on this weekend.
Luckily those who planned these attacks are sort of stupid, and so far their show has not gone the way they wanted.
But I’m scared. Scared indeed. It isn’t still as big a fear as in other occasions, but I am scared. Just as it happened with the bombs in 2005, I write about it to calm myself down, and I devour the papers for the same reason, trying to stay calm, trying to understand. I entertain the fantasy that, if I understand a bit of what is going on, I can better control my fear. I say fantasy because I think that by now no one understands anything anymore.
Here people in general are calm. I don’t remember because I was not here, but they do remember the IRA’s attacks. Car bombs are nothing new for Londoners. Their calmness helps me be OK myself, because it would be so embarrassing to be all shaky when everybody around me goes on with their normal life, taking it on the chin.
Last night I was thinking that we sometimes forget that this city had a bit of everything in the 20th Century. Lots of bombs from everywhere, raining from the sky or bursting in the streets a few decades later. The city has a rougher skin than I do, but if I read the newspaper and see what happens in other places, including some parts of my country, Mexico, it is clear that we have to be brave because this is, some way or another, normal in the history of nations. Sometimes there is violence. It has always been this way and, unfortunately, I guess it will be. If one doesn’t become strong, you also miss the nice parts of life.
Anyway, the tragedy behind these bursts of violence, behind this sort of madness, and the personal stories they drag along, are utterly real, and I guess that a genuine compassion for those tragedies, a sort of communion in what touches all of us, because we are all human, is something that still is within our reach.
To illustrate one of these tragedies, I’m going to tell you a story.
Last Saturday Mark and I went to a party at a friend’s house in Kingsbury. We were caught in the rain between the bus stop and his house. It was an almost tropical rain, with lightning and all. We were soaked through (we forgot the umbrella). Mark confessed to me that he had forgotten something else: the house number. He insisted on us protecting ourselves beneath a tree while he tried to recognize the façade, among the many almost identical façades, blurred by the downpour. I was in a very bad mood by then, and told him that he could at least examine them from a more convenient place than beneath a tree. Hadn’t they told him when he was little that is where lightning strikes? Anyway, we were already completely soaked.
So we reached the end of the street, a dead end, and there we were in the middle of the houses, as if in the shower. (We’re probably the last specimens of a race without mobile phones, so there was no way to call our friend and ask where he lived.)
And then, the door of the house that closed the street opened, and an elderly Indian man asked us what were we doing there, getting wet, and invited us to go into his house. We asked him if he knew our friend, but he was quite deaf, so he called his wife. There in the hall of his house, his wife told us where our friend lived. The couple’s kindness moved me; it had been a kind of luminous helpfulness in the middle of the storm. They stayed at their door until they made sure we had reached the right place.
So, we told our friend the story, and he informed us that that couple were the parents of an al-Qaida inspired terrorist (I’m not sure whether if he has links with al-Qaida or just the “inspiration”). He told us that one night a crowd of policemen arrived at the Indian couple’s house. I understand the son didn’t live there and they arrested him somewhere else. He had been involved in planning an attack very similar to that of the car bombs defused last Friday. He got 40 years, and the sentence was later reduced to 30.
After the inevitable silly jokes (“by the way, the couple asked us to deliver this package to you”), I was still thinking of the tragedy of that gentle couple, of their most likely feeling of isolation after all the neighbours saw an army of policemen at their doorstep.
And yesterday, while reading the papers, I saw a photograph of a very familiar face, one of those terrorists that are already famous, Dhiren Barot: a young guy with a clever though not evil face, and I read he’s from Kingsbury, that he had planned an attack similar to that last Friday, that his sentence was reduced to 30 years. This was the son of that so gentle couple who sheltered us in the storm!
I can’t stop thinking of them. I wish to God they have more children apart from this idiot, someone to comfort them in their old age. That they keep their sense of gentleness under the scrutiny of the law and of a scared country, in spite of their certain grief (they must not think of anything else most part of the day) seems to me one of those anonymous forms of heroism that remind us that we humans are more than a bunch of lunatics tearing each other apart.

Published in: on July 1, 2007 at 11:29 am  Comments (1)