Los papás del terrorista/ The terrorist’s parents

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(Nota: No entiendo por qué a veces no puedo ponerle color ni subir imágenes al blog. Es un misterio. Ayer sí pude, hoy no. Disculpas.
Note: I’ve no idea why sometimes I can’t set colour to my blog nor upload images. Yesterday I could, not today. Sorry.)

Todavía no he ido a comprar el periódico, pero como quizá ya sepan, no era un coche bomba sino dos en Londres, y ayer trataron de explotar la terminal principal del aeropuerto de Glasgow. Primer día de vacaciones, muchas familias, muchos niños. Por la manera en que parece estar orquestado este asunto, temo que tengan preparado algo para hoy domingo. Parece que les gustó el fin de semana.
Por fortuna, los que planearon estos atentados son medio pendejos, y hasta ahorita no les ha salido el numerito. Y perdonen lo franco de mi lenguaje, pero a las cosas hay que llamarles por su nombre.
Pero tengo miedo. Sí. Todavía no me entra el miedo tan fuerte como otras veces, pero sí estoy asustada. Igualito que cuando las bombas del 2005, escribo sobre el asunto para calmarme, y leo todos los periódicos para calmarme también, tratando de entender. Tengo la fantasía de que, si entiendo un poco lo que está pasando, puedo controlar mejor mi miedo. Digo fantasía porque yo creo que a estas alturas ya nadie entiende nada.
En general la gente aquí sigue tranquila. Yo no me acuerdo porque no estaba aquí, pero ellos sí se acuerdan de los ataques de ERI. Los coches bomba no son nada nuevo para los londinenses. Su tranquilidad me ayuda a estar tranquila a mí también, porque qué vergüenza sería estar toda temblorosa cuando toda la gente a mi alrededor sigue con su vida normal, dándole la cara a la situación.
Anoche pensaba que a veces se nos olvida que a esta ciudad le tocó de todo en el siglo XX. Montones de bombas, por todas partes, lloviendo del cielo y luego estallando desde la calle algunas décadas después. La ciudad está más curtida que yo, pero si me pongo a ver el periódico y veo lo que pasa en otras partes, incluyendo en algunas partes de México, está claro que hay que ser valientes porque esto, de alguna forma, es normal en la historia de los pueblos. A veces hay violencia. Así ha sido siempre y por desgracia supongo que así será. Si no se fortalece uno, se pierde también la parte bonita de la vida.
De cualquier forma, la tragedia detrás de estos brotes de violencia, de esta especie de locura, las historias personales que arrastran consigo, son de lo más reales, y supongo que una genuina compasión por esas tragedias, una forma de comunión en lo que a todos nos toca, porque humanos somos todos, es algo que sí está a nuestro alcance.
Para ilustrar una de esas tragedias, les voy a contar una historia.
El sábado pasado Mark y yo fuimos a una fiesta en casa de un amigo en Kingsbury. Nos agarró la lluvia entre la parada del camión y la casa, una tormenta casi tropical, con rayos y todo. Estábamos empapados (se nos olvidó el paraguas). Mark me confesó que también se le había olvidado otra cosa: el número de la casa. Insistía en que nos protegiéramos bajo un árbol mientras trataba de reconocer la fachada, entre las muchas fachadas casi idénticas, y borrosas por el aguacero. Yo estaba ya de muy mal humor, y le dije que al menos las examinara desde un lugar más conveniente que debajo de un árbol. ¿No le habían dicho desde chiquito que ahí es donde caen los rayos? Total, empapados ya estábamos.
Así que llegamos al final de la calle, en una cerrada, y estábamos ahí en medio de las casas como debajo de la regadera. (Somos quizá los últimos representantes de una raza sin teléfono celular, así que no había forma de llamarle a nuestro amigo y preguntar dónde vivía.)
Entonces se abrió la puerta de la casa que cerraba la calle, y un señor ya mayor, de origen indio, nos preguntó qué hacíamos ahí mojándonos, y nos invitó a pasar a su casa. Le preguntamos si conocía a nuestro amigo, pero el señor estaba bastante sordo, así que llamó a su esposa. Ahí, en el vestíbulo de su casa, la señora nos dijo dónde vivía nuestro amigo. La amabilidad de la pareja me conmovió; había sido una gentileza luminosa en medio de la tormenta. Se quedaron en la puerta hasta que se aseguraron de que llegábamos al lugar indicado.
Pues bien: le contamos la historia a nuestro amigo, y nos informó que esta pareja eran los padres de un terrorista inspirado por al-Qaida (no estoy segura de si tiene lazos con al-Qaida o nomás “la inspiración”). Nos contó que una noche llegaron montones de policías a la casa de la pareja india. El hijo no vivía ahí, según entiendo, lo arrestaron en otra parte. Había estado involucrado en la planeación de un ataque muy similar al de los coches bomba que desactivaron el viernes. Le dieron 40 años de cárcel y luego le redujeron la sentencia a 30.
Después de las inevitables bromas mensas (“por cierto” –le dijimos a nuestro amigo–, “los señores nos pidieron que te entregáramos este paquetito”), me quedé pensando en la tragedia de estos señores tan gentiles, en su muy probable sensación de aislamiento después de que todos los vecinos vieron llegar a su casa a un ejército de policías.
Y ayer, leyendo el periódico, veo una fotografía de un rostro muy familiar, de un terrorista de esos que ya son famosos acá, Dhiren Barot: un joven con cara de listo pero no de malo, y leo que es de Kingsbury, que había planeado un ataque similar al del viernes, que le redujeron la sentencia a 30 años. ¡Este era el hijo de los señores tan amables que nos dieron refugio en la lluvia!
No puedo dejar de pensar en ellos. Ojalá tengan más hijos además de este idiota, alguien en quién apoyarse en su vejez. Que conserven su gentileza bajo el escrutinio de la ley y de un país asustado, pese a su seguro dolor (no han de pensar en otra cosa buena parte del día), me parece una de esas formas anónimas de heroísmo que nos recuerdan que los humanos somos más que una bola de dementes haciéndonos pedazos unos a otros.

I haven’t bought the papers yet, but as you probably know by now, it wasn’t one car bomb in London: it was two, and yesterday someone tried to blow up the main terminal at Glasgow airport. First day of holidays, many families, many children. The way this seems to be orchestrated, I fear they have prepared something for this Sunday. It seems they are keen on this weekend.
Luckily those who planned these attacks are sort of stupid, and so far their show has not gone the way they wanted.
But I’m scared. Scared indeed. It isn’t still as big a fear as in other occasions, but I am scared. Just as it happened with the bombs in 2005, I write about it to calm myself down, and I devour the papers for the same reason, trying to stay calm, trying to understand. I entertain the fantasy that, if I understand a bit of what is going on, I can better control my fear. I say fantasy because I think that by now no one understands anything anymore.
Here people in general are calm. I don’t remember because I was not here, but they do remember the IRA’s attacks. Car bombs are nothing new for Londoners. Their calmness helps me be OK myself, because it would be so embarrassing to be all shaky when everybody around me goes on with their normal life, taking it on the chin.
Last night I was thinking that we sometimes forget that this city had a bit of everything in the 20th Century. Lots of bombs from everywhere, raining from the sky or bursting in the streets a few decades later. The city has a rougher skin than I do, but if I read the newspaper and see what happens in other places, including some parts of my country, Mexico, it is clear that we have to be brave because this is, some way or another, normal in the history of nations. Sometimes there is violence. It has always been this way and, unfortunately, I guess it will be. If one doesn’t become strong, you also miss the nice parts of life.
Anyway, the tragedy behind these bursts of violence, behind this sort of madness, and the personal stories they drag along, are utterly real, and I guess that a genuine compassion for those tragedies, a sort of communion in what touches all of us, because we are all human, is something that still is within our reach.
To illustrate one of these tragedies, I’m going to tell you a story.
Last Saturday Mark and I went to a party at a friend’s house in Kingsbury. We were caught in the rain between the bus stop and his house. It was an almost tropical rain, with lightning and all. We were soaked through (we forgot the umbrella). Mark confessed to me that he had forgotten something else: the house number. He insisted on us protecting ourselves beneath a tree while he tried to recognize the façade, among the many almost identical façades, blurred by the downpour. I was in a very bad mood by then, and told him that he could at least examine them from a more convenient place than beneath a tree. Hadn’t they told him when he was little that is where lightning strikes? Anyway, we were already completely soaked.
So we reached the end of the street, a dead end, and there we were in the middle of the houses, as if in the shower. (We’re probably the last specimens of a race without mobile phones, so there was no way to call our friend and ask where he lived.)
And then, the door of the house that closed the street opened, and an elderly Indian man asked us what were we doing there, getting wet, and invited us to go into his house. We asked him if he knew our friend, but he was quite deaf, so he called his wife. There in the hall of his house, his wife told us where our friend lived. The couple’s kindness moved me; it had been a kind of luminous helpfulness in the middle of the storm. They stayed at their door until they made sure we had reached the right place.
So, we told our friend the story, and he informed us that that couple were the parents of an al-Qaida inspired terrorist (I’m not sure whether if he has links with al-Qaida or just the “inspiration”). He told us that one night a crowd of policemen arrived at the Indian couple’s house. I understand the son didn’t live there and they arrested him somewhere else. He had been involved in planning an attack very similar to that of the car bombs defused last Friday. He got 40 years, and the sentence was later reduced to 30.
After the inevitable silly jokes (“by the way, the couple asked us to deliver this package to you”), I was still thinking of the tragedy of that gentle couple, of their most likely feeling of isolation after all the neighbours saw an army of policemen at their doorstep.
And yesterday, while reading the papers, I saw a photograph of a very familiar face, one of those terrorists that are already famous, Dhiren Barot: a young guy with a clever though not evil face, and I read he’s from Kingsbury, that he had planned an attack similar to that last Friday, that his sentence was reduced to 30 years. This was the son of that so gentle couple who sheltered us in the storm!
I can’t stop thinking of them. I wish to God they have more children apart from this idiot, someone to comfort them in their old age. That they keep their sense of gentleness under the scrutiny of the law and of a scared country, in spite of their certain grief (they must not think of anything else most part of the day) seems to me one of those anonymous forms of heroism that remind us that we humans are more than a bunch of lunatics tearing each other apart.

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Published in: on July 1, 2007 at 11:29 am  Comments (1)  

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    http://mx.groups.yahoo.com/group/lacalleelm/


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