Dios / God

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 La pereza humana tiene una fuerza poderosísima. El instinto del rebaño es tan denigrante como inevitable, y hay que estar siempre alertas si queremos estar seguros de que lo que pensamos es de veras eso o sólo un eco de las ideas aceptadas entre la gente que creemos que es como nosotros.  

Animales sociales que somos, nos sentimos cómodos con la pertenencia a un grupo determinado, el que sea. El sentido de pertenencia nos importa, y nos da tanto pánico perderlo que hasta los marginados y los outsiders tienen sus códigos sobreentendidos de conducta. 

Inevitablemente, esa pereza hace que nos llevemos sorpresas. Los códigos sociales son cambiantes y, si no miramos hacia dentro con frecuencia, podemos terminar sin saber lo que pensamos. La pertenencia no nada más se busca: también se impone desde fuera, y su aceptación suele ser pasiva. Nuestra definición de nosotros mismos es también una definición de nuestras afinidades con otros, y ahí es donde la pregunta de quién soy yo, verdaderamente, puede llevarnos a una respuesta equivocada.

En mi caso, si pienso a qué grupo de personas pertenezco, puedo decir que me considero una persona de izquierda y de tendencias liberales; soy una escritora y por lo tanto pertenezco también al rubro de “los artistas”. Con sólo esas dos categorías, no se imaginan la cantidad de cosas que se supone que uno debe ser o pensar, y la energía que se necesita para sacudirse de encima tantas suposiciones y seguir siendo, ante todo, un individuo. 

Por ejemplo, ser de izquierda se convierte en una cosa mucho más complicada de lo aparente cuando intentamos interpretar el momento actual de nuestra historia. Descubrimos entonces que dicha categoría es en extremo limitada, y que no sirve de gran cosa para entender el lío en que estamos metidos. Uno tiene que replantearse una y otra vez lo que significa ser de izquierda aquí y ahora, y como en todo grupo social, a veces los gritos de nuestros supuestos iguales son ensordecedores y quieren impedir a toda costa que uno piense con su propia cabeza. Ya habrá momento en este blog para hablar sobre los tabúes de la izquierda: condenar de veras el terrorismo, sin justificarlo como una respuesta legítima a las atrocidades de occidente ni hacer una ecuación idiota que pone a los terroristas del lado de “los nuestros” merced a una ceguera voluntaria; cuestionar muchos de los supuestos de lo que ahora se llama ser feminista, o cuestionar la prudencia de aceptar sin resquemor alguno la manipulación genética y el derecho de los humanos de reproducirnos a cualquier costo y según nuestro capricho. Son temas que me inquietan. 

Pero hoy me limitaré al tema de la religión. En esas dos formas de colectividad a las que supuestamente pertenezco (la izquierda y la gente dedicada a la creación), creer en Dios no es algo bien aceptado. Los que traemos la pregunta de la fe a cuestas somos pocos y se nos ve con condescendencia. Eso no me sorprende mucho; lo que me sorprende es la furia que despierta en una gran mayoría de los espíritus llamados libres y bien pensantes de este mundo la mención de la sola posibilidad de la existencia de un Dios. ¿Por qué les enoja tanto? ¿Por qué reaccionan con una virulencia sólo equiparable a la de un creyente cuando le dicen que Dios no existe? ¿No es la suya, entonces, también una forma de fe? Al negar las innumerables formas en que la fe ha enriquecido la experiencia humana, ¿no están escribiendo su propio libro sagrado e inapelable para explicar el mundo? 

El argumento suele ser que algunos de los crímenes más atroces de la humanidad han sido y siguen siendo respaldados por alguna forma de fe y de religión organizada. “¡Miren lo que hace la fe!”, dicen. “No sirve más que para matar en nombre de un Dios.” Señalan los abusos de las instituciones religiosas para respaldar su certeza de que la fe es una aberración. Pero a mí ese argumento no me convence. Me parece limitado, casi adolescente, porque se detiene en la lectura de lo social y lo político pero sigue dejando fuera el elemento principal del sentimiento religioso: la fe misma.

  blake-virgin-child.jpgYa sabemos que las iglesias, como toda institución, son corruptibles. Pero eso también se aplica a los gobiernos, a todas las formas de gobierno y, sin embargo, los humanos seguimos buscando una forma de gobierno que funcione y que sea justa. La democracia dista mucho de ser el sistema perfecto, pero somos millones los que creemos que es el menos peor de los probados hasta ahora y luchamos por ella. Es decir, anteponemos a la naturaleza corruptible de cualquier forma de poder un principio en el que creemos, un principio que sustenta todo lo demás. En las religiones, ese principio es la fe, y está por encima de las instituciones falibles que intentan articularlo según las formas sociales, históricas y políticas de un momento o lugar determinado. 

En realidad, entonces, el desprecio por el sentimiento religioso no se debe tanto a que tal o cual iglesia organizada sea corrupta o responsable del derramamiento de sangre e innumerables injusticias; va más allá, es el desprecio a la creencia de que somos algo más que materia, y de que el reino de lo invisible también existe. 

Suelo contar cómo hace un par de años di un curso en la Escuela Dinámica de Escritores en el D.F. cuyo tema era “El escritor y el alma”. Metida en mi propio mundo, nunca esperé que el tema en sí fuera un problema. El horror, el escándalo e incluso la ira de la mayoría de mis alumnos, su incredulidad ante la mera sugerencia de que pudiera existir el alma, sólo se vio superada por mi propia sorpresa y mi propio horror; ¿qué no los escritores creíamos, en buena medida, en el alma? Finalmente fue un curso muy enriquecedor (al menos para mí); hubo discusiones de lo más interesantes y a mí me abrió los ojos: creer en el alma no está bien visto. En estos tiempos, en la cultura occidental, nuestra fe está depositada en la materia.  

No que sea cosa nueva, tampoco. ¿Cuántas veces ha pasado la historia por este ciclo? Innumerables, y volverá a pasar. baptism-of-christ-da-vinci.jpg

Todo esto me interesa porque para mí la fe es un tema central. No niego el poder ni las limitaciones que nos impone la materia, pero no puedo concebir siquiera la idea de la vida como un fenómeno puramente material. Racionalmente entiendo lo que piensan quienes creen sólo en la realidad de la materia, y están ahí los libros, las ideas y la historia de las ideas que explican esta concepción de la vida. Mi razón lo entiende, lo entiende mi intelecto, pero mi experiencia de vida lo desmiente. Para mí, la vida humana sin la realidad indiscutible de un reino espiritual no es comprensible. Lo trascendente está a nuestro alrededor todo el tiempo; no es siquiera cuestión de creer o no creer: está ahí. Está ahí como lo están los árboles o los coches o nuestros zapatos. La vida cotidiana con sus rutinas y sus tragedias y sus gozos y sus hábitos a veces nos distrae, pero la trascendencia de la experiencia humana en nuestro paso por este mundo es inamovible y se nos revela a cada momento. 

Esto, por supuesto, no es racional. Así vivo yo, así experimento mi vida y esa experiencia es intransferible. No tengo la menor duda en la existencia del alma, no tengo la menor duda de que somos algo más que materia. ¿Pero qué es ese algo más? Y ahí es donde me detengo. 

Porque pese a todo, no sé si tengo fe. ¿Creo en Dios? No lo sé. Dios es un concepto muy grande, muy complejo. Crecí en una ciudad sumamente conservadora, en Guadalajara. Me eduqué en un colegio de monjas. Como muchos en un entorno semejante, me rebelé. Pero, aunque de adolescente no lo entendía con tanta claridad, mi rebelión era contra las restricciones sociales de semejante mundo y no contra el principio religioso en sí. Crecí con una forma de fe; la educación religiosa de mi colegio la recuerdo con cariño y la agradezco. Era un refugio y era un principio. Era un lazo con algo más vasto que el mundo concreto a mi alrededor. 

La rebeldía era contra la hipocresía y las contradicciones del entorno. Mi colegio era para niñas entre la clase media alta o de plano monstruosamente ricas de una ciudad ya de por sí conservadora y opresiva: un entorno social infinitamente estéril. Y en las misas en la iglesia frente a mi casa, a donde iba la gente de mi barrio (o “colonia”, porque entre esas clases la palabra barrio no se usa), lo que faltaba era justamente lo trascendente, el sentimiento religioso en sí. Estaban para mí vacías y por eso dejé de ir a la iglesia. Pero eso no es una rebelión contra Dios. Yo escapé de una sociedad en particular, no de una fe. 

Incluso racionalmente, la religión cristiana me sigue pareciendo la más hermosa: Dios hecho hombre y trayendo a la tierra el perdón y la misericordia. Y el catolicismo, si bien rechazo todos los abusos y estupideces con que la Iglesia como tal ha sido un aparato de opresión –no hay como crecer en un país católico para sentir el yugo de la misma—me sigue pareciendo un hogar espiritual porque, para mí, con sus rituales y aceptación del misterio, es infinitamente más propicia para la experiencia mística que las iglesias protestantes. 

Y ahí está el meollo de la cuestión: la experiencia mística. Ninguna religión puede entenderse ni explicarse con la pura razón. Cualquier explicación del sentimiento religioso que deje fuera la experiencia mística es una explicación insuficiente.  

En mi apreciación de estas cuestiones, la experiencia religiosa y la experiencia artística tienen lazos indisolubles, y quizá esa es mi forma de fe. Ambas atraviesan la frontera de lo inmediato para acercarnos a una realidad superior y universal que, así sea por un instante, le da significado a la aventura humana. Sé que es una forma anticuadísima y pasada de moda de entender el arte, pero así concibo el acto creativo y no me interesa en lo más mínimo si esto se opone a los cánones de lo que debe ser la literatura –en mi caso— en este momento histórico. Yo sigo buscando la trascendencia, sigo creyendo en ella. 

¿Pero creo en Dios? No lo sé. Es una pregunta cada vez más dolorosa para mí. Soy católica no sólo por bautismo sino porque, como dije antes, encuentro en el catolicismo una enorme belleza y hondura, un entorno propicio para la vida espiritual. Pero mentiría si digo que creo en Dios sin duda alguna, que tengo una fe inamovible. Quiero creer. Quisiera que mi fe fuera poderosa, que fuera en verdad un sustento, pero vacilo, y mucho. Me he sorprendido buscando a Dios en algunos de mis poemas recientes, y encontrando en la inconstancia de mi fe una herida. Es una pregunta y una búsqueda que a veces me atormentan. La respuesta es: no sé. 

Lo curioso es que mis vacilaciones y mis dudas son todas racionales. Mi tormento es enteramente racional y apegado a las circunstancias limitadas de mi propia vida o a la atroz evidencia de tantísimo sufrimiento entre los hombres. Sin embargo, mi experiencia de un universo espiritual trascendente y de realidad indudable, que no pasa por la cabeza, está siempre ahí, es una revelación constante. Quizá es por que mi fe no es total, porque vacilo, que mi forma de tocar ese otro mundo es a través de la literatura. No lo sé. Quizá toda mi fe está volcada en la trascendencia de la creación artística, en la grandeza del alma humana. En la enorme dignidad de lo humano. ¿Y no es Cristo, finalmente, el símbolo más acabado de esa grandeza y esa dignidad?  blake-pity.jpgHuman Human laziness has an overwhelming force. The instinct of the herd is as denigrating as inevitable, and we must be always on the alert if we want to make sure that what we think is truly that and not a mere echo of those ideas accepted among the people we think are like us. 

Social animals that we are, we feel comfortable belonging to a particular group, no matter which. The sense of belonging is important to us, and we panic so at the idea of losing it that even outsiders have their implicit codes of conduct. 

Inevitably, such laziness ends up surprising us. Social codes are changing in nature and, if we don’t look within frequently, we may end up without knowing what is it that we think. Belonging is not only something we seek; it is also imposed from the outside, and its acceptance is usually passive. Our definition of ourselves is also a definition of our affinities with others, and that’s where the question “who am I, truly?” may lead us to a wrong answer.

In my case, if I wonder to which group of people do I belong, I can say that I consider myself a left-wing liberal person; I am a writer and therefore I also belong to the “artists” category. With only those two categories, you can’t imagine the amount of things one is supposed to have to be or think, and the energy necessary to shake off so many suppositions and continue being, above all else, an individual. 

Being left-wing, for instance, becomes something much more complicated than it seems when we try to construe the actual moment in history. We discover then that such a category is extremely limited, and that it’s of no much use if we want to understand the mess we’re in. One has to reconsider over and over again what it means to be left-wing here and now, and as in any other social group, the shouts of our supposed equals are deafening and want to stops us at all costs from thinking with our own head. There will be time in this blog later on to talk about the left’s taboos: the unqualified condemnation of terrorism, without justifying it as a legitimate answer to the West’s atrocities nor making an idiotic equation that puts terrorists “on our side” by means of a voluntary blindness; questioning the many assumptions of what now a days is called being a feminist, or questioning the wisdom in accepting without qualms genetic manipulation and the right of human beings to reproduce ourselves at all costs and according to our whims. Such issues worry me. 

But today I will stick to the subject of religion. In those two forms of community I supposedly belong to (the left and “creative” people), to believe in God is not accepted. Those of us who carry the questions of faith on our shoulders are few and are regarded in a condescending way. That doesn’t surprise me much; what surprises me is the wrath that the mention of the sole possibility of a God’s existence awakens in most of the so-called free and well-meaning spirits of this world. Why do they get so angry? Why do they react with a virulence only comparable to that of a believer when he’s told that God doesn’t exist? Isn’t theirs, then, also a kind of faith? On denying the innumerable ways in which faith has enriched human experience, aren’t they writing their own sacred and indisputable book in order to explain the world? 

The argument usually is that some of the most atrocious crimes of humanity have been and still are backed by some form of faith and organized religion. ‘See what faith does!’, they say. ‘All it’s good for is killing in the name of a God.’ They point at the abuses of religious institutions in order to back their certainty that faith is an aberration. But such an argument doesn’t convince me. I find it limited, almost adolescent, because it stops on the reading of what is social and politic, but still leaves out the main element in religious feeling: faith itself. baptism-of-christ-da-vinci.jpg

We all know that churches, as any institution, are corruptible. But that applies to governments as well, to all forms of government, and yet we humans are still looking for a form of government that works and is fair. Democracy is far from being the perfect system, but it’s millions of us who believe it’s the least bad among those tried so far and we fight for it. That is to say, before the corruptible nature of any form of power we put a principle, a principle that sustains all the rest. In religions, such a principle is faith, and it is above the fallible institutions that try to articulate it according to the social, historical and political constructions of a particular moment or place. 

So in fact, the despise for religious feelings doesn’t obey so much the fact that this or that church is corrupted or responsible of bloodshed and endless injustice; it goes beyond that, it is despise for the belief of us being something more than matter, for believing that the realm of the invisible exists as well. 

I’ve told before how a couple of years ago I was lecturing at the Escuela Dinámica de Escritores in Mexico City, and the subject-matter of my course was “The writer and the soul”. Living in my own world, I never expected the subject-matter itself would be a problem. The horror, shock and even fury of most of my pupils, their incredulity at the mere suggestion that a soul might exist was only exceeded by my own surprise and my own horror: didn’t writers believe, to a great extent, in the soul? In the end it was a very rewarding course (at least for me it was); there were utterly interesting discussions and it was an eye-opener to me: believing in the soul is not the done thing. In these times, in western culture, our faith is placed in matter. 

Not that it’s something new. How many times has history passed through this cycle? Endless, and it will do so again. 

All this interests me because to me faith is a crucial matter.  I don’t deny the power nor the limitations that matter imposes on us, but I can’t even conceive the idea of life as a purely material phenomenon. Rationally I understand what those who only believe in the reality of matter think, and there are the books, the ideas and the history of ideas that explain such a conception of life. My reason understands it, my intellect understands it, but my life experience refutes it. To me, human life without the indisputable reality of a spiritual realm is not understandable. The transcendent is around us all the time; it’s not even a matter of believing or not believing: it is there. It is there just as trees or cars or our shoes are there. Daily life with its routines and its tragedies, its joys and habits some times distracts us, but the transcendence of human experience in our passing through this world is immutable and is revealed to us at all times. 

This of course is not rational. That’s the way I experience my life, and such experience is not transferable. I’ve no doubt whatsoever regarding the existence of the soul, I’ve no doubt we are something more than matter. But what is that “more”? And that’s where I stop. 

Because, in spite of all this, I don’t know whether if I have faith. Do I believe in God? I don’t know. God is a very big and complex concept. I grew up in an utterly conservative city (Guadalajara, Mexico). I studied in a nuns’ school. As many others in such an environment I rebelled. But even though I didn’t understand it so clearly as a teenager, my rebellion was against the social restrictions of such a world and not against the religious principle itself. I was raised with a form of faith; I remember fondly the religious education at my school and I am grateful for it. It was a shelter and it was a principle. It was a link with something vaster than the concrete world around me. 

My rebelliousness was against the hypocrisy and contradictions of the milieu. The school I attended was for upper-class or downright monstrously rich girls in a city that was conservative and oppressive enough even without that: an infinitely sterile atmosphere. And in mass at the church opposite my house, attended by people of my “barrio” (or residential area, because those classes don’t use the more endearing term “barrio”), it was precisely the transcendent that was lacking, religious feeling itself. Those masses were empty for me and that’s why I stopped attending church. But that is not a rebellion against God. I escaped a particular society, not a faith.                                  christ-on-the-cross-greco.jpgEven on a rational level I still find Christianity the most beautiful form of religiosity: God become man and bringing forgiveness and mercy to Earth. And as for Catholicism, though I do reject all the abuses and stupidity through which the Church as such has been an instrument of oppression –nothing like growing up in a Catholic country to feel its yoke—I still find in it a spiritual home because, with its rituals and acceptance of mystery, it is to me infinitely more propitious for the mystical experience than protestant churches.  

And that’s the heart of the matter: mystical experience. No religion can be understood or explained by reason alone. Any explanation of religious feelings that leaves out the mystical experience is an insufficient explanation. 

In my appreciation of such matters religious and artistic experience are indissolubly linked, and perhaps that’s my form of faith. Both break through the frontier of immediacy in order to bring us close to a superior and universal reality that gives meaning to the human adventure, even if it’s just for one second. I know this is an ancient and outdated way of understanding art, but that’s the way I conceive the creative act and I don’t mind in the least if it’s against the canons of what literature —in my case—should be in this historical moment. I keep on seeking transcendence, I keep on believing in it. 

But do I believe in God? I don’t know. The question is every time more painful for me. I am a Catholic not only for being baptized, but because, as I said before, I find in Catholicism an enormous beauty and depth, a propitious environment for spiritual life. But I would lie if I said I believe in God with no shade of a doubt, that my faith is unassailable. I want to believe. I would like my faith to be powerful, to be truly a sustenance, but I waver, a lot. I have surprised myself looking for God in some of my recent poems and I have found a wound in the inconstancy of my faith. It’s a question and a quest that sometimes haunt me. The answer is: I do not know.

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The curious thing is that my vacillations and my doubts are all rational. My anguish is entirely rational and attached to the limited circumstances of my own life or to the atrocious evidence of so much suffering among men. Yet, mi experience of a transcendent spiritual universe of undeniable reality that is not perceived through reason is always there, is a constant revelation. Perhaps it is because my faith is not total, because I waver, that the way I have to touch that other world is through literature. I don’t know. Perhaps all my faith is poured onto the transcendence of artistic creation, on the greatness of the human soul. On the enormous dignity of what is human. And isn’t Christ, after all, the most finished symbol of that greatness and that dignity?

                   

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Published in: on September 14, 2007 at 10:55 pm  Comments (13)