De vuelta para el año nuevo / Back for the New Year

(Scroll down to read in English) 

Perdonen la ausencia. Iba yo a seguir hablando sobre Dios y la fe, sobre un montón de cosas, pero se me atravesó el tiempo con otras formas, me atravesé yo, se me atravesó un cuaderno que aquí no se ve, un viaje también, y libros; se me atravesó el cuerpo, otras ideas, y en suma dejé el blog suspendido.       

Explico primero lo del tiempo: terminé la fantasmal antología y ahora sí les cuento lo que es. Se trata de un libro titulado Sombra del árbol de la noche. Nueva narrativa británica de fantasmas y portentos, que será publicado el año que entra por la Secretaría de Cultura de San Luis Potosí. Hice una selección de doce cuentos de autores británicos contemporáneos que se inscriben en el género de la literatura de horror o de lo sobrenatural (lo que en inglés se define muy acertadamente como weird fiction). Una vez hecha la selección me di a la tarea de traducirlos, y al fin, hará cosa de un mes, entregué el libro.         

No repetiré aquí lo que escribo en la introducción. Ya lo verán cuando aparezca. Sólo adelanto que, al iniciar mis inagotables lecturas para hacer la selección, me sorprendió agradablemente descubrir que, pese a la mar de mediocridad y despropósitos que abundan en la literatura de dicho género hoy en día, todavía hay autores que le restituyen su dignidad y que definitivamente vale la pena traducir a otros idiomas.         

Digo también que, en mi silencio blogiano, se me atravesó un cuaderno que ustedes no conocen. Debo explicar que a veces, sin mayor disciplina y con interrupciones larguísimas, llevo un diario. No un “diario de blog”, sino uno mío, íntimo de veras porque es mío y de nadie más. En los meses pasados, es ahí a donde me he ido a meter en mis reflexiones. Será que he estado hablando conmigo.

El viaje fue a Barcelona; es la tercera vez que visito la ciudad (la primera fue en el muy lejano año de 1992), y el Café de L’Ópera sigue intacto. Es uno de mis cafés favoritos del mundo entero (aunque es cierto que no he viajado tanto). Londres no tiene nada igual. Si viviera en Barcelona me encontrarían ahí sin falta todos los días. Pasamos una semana con mi enormemente querida Mercedes Cuetos (diseñadora, por cierto, de una revista sensacional en su forma y contenido, bilingüe—francés y español—editada por Guadalupe Nettel y Pablo Raphael. Se llama Número 0).

                                      cafe-opera-foto.jpgPaseando por la ciudad, comiendo maravillosamente, integrándome a esa forma de gozar la vida que en Inglaterra nomás no se conoce, volví a preguntarme: “¿Y yo qué diablos estoy haciendo en Londres?” Hasta Mark, que aquí nació, se lo preguntaba.    

Pero ya en el avión de regreso, nomás vi el Támesis desde arriba, enroscándose en sus curvas serpentinas, el Puente de la Torre que parecía de juguete, y ya me estaba brincando el corazón, como siempre que regreso a esta ciudad: como si fuera a encontrarme con mi novio. Tomamos el autobús del aeropuerto a Golders Green en el muy temprano ocaso del otoño. Un ocaso largo y de luces muy suaves envolviendo el paisaje en una visión de irrealidad que se parecía mucho a una visión de lo eterno; luego entramos a Londres, fueron apareciendo las callecitas de casas idénticas de ladrillo, tristonas, sí, comparadas con Barcelona o casi con cualquier lado, pero que a mí me alegran, me llenan de una melancolía que saboreo y que, pienso, se ha de parecer a mí y por eso me parece mi hogar. Me quedé ya tranquila: por eso estoy en Londres.

              spv9059river-thames-from-eton-to-nore-i-posters.jpg          Libros también, se me atravesaron libros. De eso les hablaré con calma en mis próximas entradas porque merecen un espacio aparte.

Y se me atravesó el cuerpo, que no deja de comportarse como ajeno, en un plan de rebelión absoluta que me tiene harta. Pasé un mes particularmente tedioso; todo era estar enferma, azotada por dolores variadísimos, mucho encierro y el cuerpo en su propio viaje como si no fuera mío, como si estuviera en mi contra y no quisiera que yo pensara, ni escribiera, ni fuera ya nada. Pero si el cuerpo es rebelde, yo, la de adentro del cuerpo, lo soy más. Cierto que ese mes parecía haber interrumpido el flujo entero de la vida, que dejaba de correr como el Támesis para parecerse más a un estanque del tamaño de nuestro cuarto, pero uno siempre tiene por dónde escaparse, y en esas semanas el barco en que me escapé fueron las páginas de Dickens. Primero The Pickwick Papers, y ahora voy en David Copperfield.

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Todo esto porque, una vez entregada la antología, he regresado a mi libro sobre Londres, que no crean que porque me tardo tanto lo tengo abandonado. Ha habido algunos cambios; he decidido, por ejemplo, que en lugar de un solo libro serán tres volúmenes concentrados en el Londres de Dickens, en el de William Blake y en el de Arthur Machen. Como quizá he contado ya antes, hablo de la visión que tenía yo de Londres antes de venir a esta ciudad, cuyo mapa me había dibujado en la cabeza con pura literatura, y cómo se sostiene —o se derrumba— esa visión en el Londres “real”, el que habito ahora no ya sólo con la imaginación, sino en persona y a todo color.

                    tower-london1.jpg          He regresado también al libro experimental que hace ya mucho dije, en este mismo espacio (o en la página vieja, más bien) que había decidido abandonar. Voy a darle una última oportunidad, no me decido a cerrarle las puertas. Ya les contaré de mis avances.         

Estas son, pues, las causas de mi ausencia. Ustedes disculparán.

No quería, sin embargo, entrar al 2008 sin actualizar el blog, aunque fuera como un gesto de cortesía a los que todavía se asoman por aquí y que han de menear la cabeza diciendo: “¿pues qué le pasa a Adriana, que no escribe nada?”. La navidad fue bonita, por cierto: Londres es ideal para las navidades. Tres días antes fui a un concierto en Christ Church, Spitalfields. Había grupos de gente cantando villancicos en la estación de Liverpool Street. Las formas de la calle se habían transformado por completo gracias a la niebla espesa que le arrancaba al mundo su materialidad —y no crean que sigue siendo cosa frecuente en Londres—, y ocultaba la torre de la sobria pero imponente iglesia de Hawksmoor. Las campanas de la iglesia estuvieron sonando durante largos minutos mientras nos acercábamos; rodeados por la niebla, era como estar en un barco o en una ciudad fantástica donde las sensaciones eran todopoderosas, anulando el pensamiento y volviéndolo inservible.

                         christchurch2.jpg          El concierto era de Joglaresa, el ensamble de música antigua dirigido por Belinda Sykes. (Sería, por cierto, de lo más recomendable invitarlos a un Festival Cervantino). Con su acostumbrada versatilidad, pasión e inventiva nos ofrecieron una selección de canciones de navidad inglesas e italianas, recordándonos lo que todo ensamble de música antigua debería tener presente: que esa música sigue viva y no es una pieza de museo.

Quién sabe que traerá el 2008; el 2007 no se despide con suficiente optimismo y el baño de sangre no parece detenerse con nada. Sin embargo estas fechas de luz cristalina parecen tener el poder de convertir en talismanes los buenos deseos. Que esos talismanes, entonces, los protejan, queridos lectores, en el año por venir.                            winter-scene.jpg

Sorry about the absence. I was meaning to go on talking about God and lots of other things, but time got in the way with other shapes, I got in the way, and so did a notebook that you cannot see here; a trip too, and books; my body got in the way, other ideas and, summing up, I left this blog suspended.

I’ll explain first how time got in the way: I finished the ghostly anthology and now I can tell you what it is: a book called Sombra del árbol de la noche. Nueva narrativa británica de fantasmas y portentos, which will be published next year by the Secretaría de Cultura de San Luis Potosí, Mexico. I made a selection of twelve short stories by British contemporary authors in the genre of horror or supernatural literature (what in English is so rightly defined as weird fiction). Once the selection was made I applied myself to the task of translating them and finally I sent the book to Mexico, around a month ago.       

I won’t repeat here what I wrote for the introduction. You’ll see it when it comes out. I’ll just say that, as I started my endless reading in order to make the selection, I was pleasantly surprised by discovering that, in spite of the ocean of mediocrity and nonsense that abound in the mentioned genre now a days, there are still authors who restore it its dignity and who definitely deserve to be translated into other languages.          

I also say that, in my blogian silence, a notebook you don’t know got in the way. I must explain that sometimes—without much discipline and with quite long interruptions—I keep a diary. Not a “blog diary”, but one of my own, truly intimate because it’s mine and nobody else’s. During these past months that’s where I’ve gone to when on a reflexive mood. I guess I’ve been talking to myself.

The trip was to Barcelona. This is the third time I visit that city (the first one was in the far away year of 1992) and the Café de L’Ópera remains intact. It’s one of my favourite cafés in the whole world (though it’s true I haven’t traveled that much). London  has nothing like it. If I lived in Barcelona, you’d find me there every single day. We spent a week with my dearly loved Mercedes Cuetos (who, by the way, designed a magazine superb both in form and content; it’s a bilingual publication —French and Spanish— called Número 0, edited by author Guadalupe Nettel and Pablo Raphael).

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Walking around the city, eating gloriously and joining in that enjoyment of life that in England is simply unheard of, I asked myself again: ‘What the hell am I doing in London?’. Even Mark, who was born here, seemed to be wondering too. But once on the plane back, I saw the Thames from above, sinuously curving, Tower Bridge that looked like a toy, and my heart was leaping again, as it does every time I come back to this city: as if I was just about to meet a boyfriend. We took a coach from the airport to Golders Green in the rather early Autumn twilight; a long sunset with very soft light wrapping up the landscape in a vision of unreality that looked very much like a vision of the eternal. Then we came into London; the streets with rows of identical brick façade houses started to appear, a bit sad, yes, if compared to Barcelona or almost anywhere, but which cheer me up, fill me up with a melancholy that I relish and, I think, must resemble me and that’s why this looks like home to me. So I was in peace again: this is why I’m in London.

                                  thethames3.jpg          Books got in the way too. About that I’ll tell you in further entries, because they deserve a space of their own.

And my body got in the way: it won’t stop behaving as an alien thing, in a mood of absolute rebellion that has me fed up. I spent a particularly tedious month; it was all being ill, thrashed down by the most variegated kinds of pain, quite secluded and with my body embarked on its own voyage, as if it wasn’t mine, as if it were against me and didn’t want me to think, or write or to be anything at all. But if the body is rebellious, I, the one inside the body, am even more. It’s true that that month seemed to have interrupted the entire flux of life, which stopped flowing like the Thames in order to resemble rather a pond the size of our room, but one always has routes of escape, and during those weeks the ship I embarked on were Dickens’s pages. First The Pickwick Papers, and now I am deep into David Copperfield.

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All this because, once I delivered the anthology, I’ve gone back to my book about London—don’t think that I have abandoned it just because I’m so slow. There have been some changes; for instance, I’ve decided that instead of a single book it will be three volumes focused on Dickens’s London, William Blakes’s London and Arthur Machen’s. As I have probably already said, I talk there about the vision I had of London before coming to this city, the map of which I had pictured in my head through literature only, and how that vision sustains itself—or crumbles—in the ‘real’ London, the one I live in not only in my imagination, but in person and in full colour.

                             london-bridge.jpg          I’ve also gone back to the experimental book of which I said a long time ago in this space (or rather in the old webpage) that I had decided to abandon. I’ll give it one more chance; I can’t bring myself to close the door to it. I’ll let you know about its progress.         

And so these are the reasons of my absence. Receive my apologies.         

I didn’t want, though, to start 2008 without updating this blog, at least as a sign of courtesy for those of you who still peer in here and must shake your heads saying, ‘what is going on with this woman who’s writing nothing?’.

Christmas was pretty, by the way: London is ideal for Christmas. Three days before I went to a concert in Christ Church, Spitalfields. There were groups of people singing carols in Liverpool Street station. The shapes in the street had been completely transformed by the thick fog that stripped the world of its materiality. (Don’t think that fog is still a frequent thing in London, for it’s not.) It hid the sober but awe-inspiring spire of Hawksmoor’s church. The church bells were ringing for long minutes as we approached; surrounded by the fog, it was like being in a ship or in a fantastic city, where sensations were all-powerful, canceling thought out, rendering it useless.

               christ-church1.jpgThe concert was performed by Joglaresa, the early music ensemble led by  Belinda Skyes. (By the way, it would be most commendable to invite them to play in the Cervantino International Festival in Guanajuato, Mexico.) With their accustomed versatility, passion and inventiveness, they offered us a selection of Christmas English and Italian songs, reminding us what every single early music ensemble should always bear in mind: that this music is still alive and is no museum piece.

Who knows what 2008 will bring; 2007 is not saying its goodbyes with enough optimism, and the bloodshed doesn’t seem to stop at all. Yet, this time of the year, with its crystalline light, seems to have the power of turning good wishes into talisman. May those charms then protect you, dear readers, in the year to come.

                                 london-winter-1.jpg                              

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Published in: on December 29, 2007 at 5:51 pm  Comments (5)