Reaparezco / I reappear

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Ya ni les cuento los motivos de mi ausencia. Me disculpo nada más y les agradezco de todo corazón que sigan visitando este sitio tan irregular. Agradezco también todos sus comentarios. Como verán, a veces tardo mucho en descubrirlos. Disculpas de nuevo; no sé si se nota, pero todo este asunto de internet y hacer clic aquí y allá me sigue mareando un poco.

         

Para ponernos al día, les cuento que el Fondo de Cultura Económica publicó hace unos meses un libro titulado La novela según los novelistas. La antologadora es Cristina Rivera Garza, quien reunió ensayos de 15 novelistas mexicanos contemporáneos que hablan sobre su experiencia con relación a la novela. Uno de los ensayos es mío. Quizá no tenga la menor importancia, pero me gustaría aclarar que, aunque el libro acaba de publicarse, los ensayos los escribimos hace tres ¿o cuatro? años, así que no están del todo actualizados.

 

Por ejemplo, en este tiempo he terminado mi tercera novela, Odio, que no existía ni como idea cuando escribí el ensayo; la otra novelita que quería escribir de la que hablo ahí se quedó en proyecto y ya no me gustó nada. Y la otra, el novelón largo con el que estaba batallando entonces… bueno, sigo batallando, pero sin quitar el dedo del renglón. Por lo demás, recomiendo el libro ampliamente. La mayoría de los ensayos son, a mi parecer, sumamente interesantes y reflejan un estado alentador, y muy diverso, de la novela mexicana actual.

         

Mi viaje a México fue, como siempre, maravilloso y acelerado. Se pasó con demasiada rapidez. Lo pasamos como es costumbre con los amigos, resolviendo algunas cosas prácticas, jugando con mi ahijado Claudio. Y trabajando en dos proyectos que me emocionan mucho. Uno es la puesta en escena del Libre Vermell de Montserrat. El Coro de la Universidad del Claustro de Sor Juana, dirigido por Rita Guerrero, está terminando de montar un espectáculo en que interpretarán todas las canciones incluidas en el manuscrito medieval, además del Canto de la Sibila. Además de la música el espectáculo tendrá elementos teatrales, con dirección escénica de Eliceo Lara, y yo escribí los textos del guión. Ahora estoy tristísima porque haría falta un milagro para que pueda ir al estreno (este 22 y 23 de mayo, en el ex templo de la Universidad del Claustro), pero si algunos de los que leen este blog andan en el DF, ojalá puedan darse una vuelta.

 

El otro proyecto es un espectáculo que está montando la coreógrafa y bailarina Lola Lince, con dirección escénica de Natsu Nakajima, escenografía de la pintora Penélope Downes, la voz de Rita Guerrero y de nuevo textos míos, alrededor del personaje de Lilith. Pasamos unos días hermosos en la casa de Lola en Guanajuato echando a andar el proyecto, en el que seguimos trabajando juntas gracias a internet (no hay de otra: estamos todas regadas entre Japón, Guanajuato, Guadalajara, el DF y Londres). Estos dos proyectos me emocionan y me han llenado de energía porque disfruto mucho trabajar con artistas de otras disciplinas; la escritura cobra entonces formas distintas, inesperadas. Con Rita he trabajado hace tantos años que ya perdí la cuenta y nos une además una amistad muy profunda (ahora caigo en la cuenta de que ya es hasta mi comadre, por Claudio). Y mi amistad con Lola y con Penny es de hace muchos, muchos años y es la primera vez que realmente hacemos algo juntas. Me siento honrada de trabajar con ellas. Respeto y admiro su trabajo enormemente. Y trabajar con personas cuyo trabajo admiras y con las que además te unen hondos lazos afectivos es una delicia y un privilegio que no cambiaría por nada. Con ellas me siento en confianza absoluta y trabajar en estos dos proyectos fueron de las cosas más intensas que viví en este viaje a México.      

 

El viaje tuvo también un momento de lo más bochornoso. Resulta que cuando fuimos hace unos tres años me deshice de casi todos los libros que tenía allá. Cada que bajaba al sótano de Rita, invadido por mi pequeña biblioteca, me entraba una tristeza enorme. Nunca iba a poder traerme todos esos libros a Inglaterra, no sabía si algún día regresaría a vivir a México y, de ser así, cuándo, y los libros estaban ahí nada más acumulando polvo. Eran una pregunta no resuelta. Me llenaban de ganas de tenerlos siempre conmigo, desesperación porque no era posible, y decidí que tenía que hacer algo drástico al respecto. Me armé de valor y los vendí a la librería de viejo La Torre de Lulio. Me quedé nada más con mis favoritos, mis indispensables, y por supuesto con los libros que me han regalado mis amigos con sus cariñosas dedicatorias. Admito que fue un poco traumático, pero a la sensación de despojo se sumó también una de libertad. Me quité un peso de encima que era algo más que físico.

 

Pues bien: en este último viaje fui a visitar La Torre de Lulio (es bien sabido que los escritores somos neuróticos: nos deshacemos de libros sólo para terminar adquiriendo más), y de pronto vi un libro que yo había tenido. El ejemplar está en muy buen estado y nada lo habría distinguido del resto de la edición, pero a mí me pareció demasiado familiar. Lo abrí y, en efecto, estaba dedicado a mí por el autor. Me sentí muy mal y empecé a preguntarme si no habré vendido a la librería muchos libros que en realidad no quería vender. Algo tuvo de súbito y desesperado mi gesto de deshacerme de mi biblioteca y seguro que no vi con suficiente atención los libros, uno por uno. En fin… si algún amigo se encuentra por ahí un libro que me haya dedicado, y ve este blog, ésta es la explicación; no fue intencional…

 

Luego me entró una preocupación, si cabe, mayor: ¿qué tal que haya dejado algo privado entre las páginas de mis libros? ¿Alguna carta comprometedora? ¿Alguna anotación que dé prueba irrefutable de mi locura? ¡Oh Dios!

 

Mucho más grave, me parece, fue descubrir cómo están las cosas con respecto a mis libros (quiero decir, los escritos por mí). Con los tres primeros de poesía no hay novedad: son tan inexistentes como el día en que fueron publicados, porque bien sabemos que la poesía con trabajos se publica; ya hablar de su distribución es fantasía pura. En cuanto al cuarto libro de poemas, Estaciones, y mi novela La sed, ambos publicados por Colibrí, su director Sandro Cohen me ha informado que ahora sí ya es un hecho que la editorial desaparece. Es muy triste. Lo he dicho antes: Sandro y Josefina Estrada hicieron una labor heroica con su editorial, manteniéndose todos estos años como una editorial independiente dispuesta a impulsar y promover a sus autores y sus libros por el simple hecho de que creían en el valor de los mismos, y por un genuino amor a la literatura. Fui muy afortunada de tenerlos como editores y lamento mucho estas noticias.

 

Ahora tienen que desocupar sus bodegas y a los autores nos queda adquirir nuestros libros y tratar de echarlos de nuevo al mundo. Por lo mismo, ya tampoco estarán distribuidos en librerías. Yo no sé dónde guardar tanto libro y estoy esperando noticias de una venta de bodega que hará la editorial; después de eso veré qué hago con los demás ejemplares para salvarlos de convertirse en confeti. Ya les avisaré cuando sepa más sobre esta venta. Por lo pronto, vuelvo a agradecerles a Sandro y a Josefina su apoyo, su labor verdaderamente noble y su amistad.

 

Con mis otros editores no soy tan afortunada. Como algunos de ustedes han corroborado, mi libro de cuentos casi no se vende en ninguna librería. Desde el momento en que salió publicado en el 2005, la distribución fue prácticamente nula. Desde Londres es difícil saber dónde se vende y dónde no, pero en este viaje pude comprobar con mis propios ojos que no se vende en ningún lado. Simplemente no está en las librerías. Cuando hablé por teléfono con mi editor me dijo que esa era “mi versión”, que el libro sí estaba distribuido. Es decir, su palabra contra la mía. Poco honrosa respuesta, pienso. Le doy el beneficio de la duda de que Aldus es otra editorial independiente, y para éstas la distribución siempre es más difícil, pero mi impresión ha sido, desde que se publicó el libro, que los editores de Aldus no tienen el más remoto interés en la difusión de sus publicaciones. Lástima: las ediciones que hacen son realmente bellas.

 

Pero el premio al editor infernal se lo lleva Random House Mondadori. Hace años que no son capaces de informarme cómo van las ventas de mi novela Puente del cielo o de decirme si tengo regalías por cobrar. Aproveché este viaje para, primero, preguntarle al editor Andrés Ramírez si finalmente estaba interesado o no en publicar mi novela Odio, que estaba en el cajón de Random House desde que el editor era Braulio Peralta. Como Andrés, que es tan simpático y amable en persona, nunca contesta los emails, me pareció buena idea hablarle por teléfono. Me explicó que la novela le gusta pero que no es… en fin… yo entendería… Lo saqué de aprietos: “no es comercial, no va a vender”, le dije. Pues sí, aceptó, ese es el motivo. Y es que yo ya sé, no hace falta que me lo diga, que en estas editoriales trasnacionales monstruosas que están asfixiando al mundo editorial en todas partes las decisiones no las toma tanto el editor como los del departamento de finanzas. Tuvo incluso la amabilidad de recomendarme que mandara el libro a una nueva y prometedora editorial independiente. Para lo de mis regalías me pasó el teléfono de la persona indicada y no me dijo nada más.

 

Hablé con esa persona, que quedó en llamarme en un par de días. Pasaron más de dos semanas y, como no se reportaba, le volví a llamar. La señora o señorita en cuestión es de un grosero ejemplar. No había averiguado nada pero en ese momento lo hizo (por el teléfono la oía teclear en su computadora), y me dijo que mi libro Puente del cielo ya ni existe en la editorial. ¿Cómo? ¿Qué? ¿Me puede explicar por favor? Pues nada: que quedaban sólo 27 ejemplares pero que ya no existen. No supo decirme si ya no existen porque los destruyeron o si se dañaron en una inundación de las bodegas. Tampoco supo decirme si sólo quedaban 27 ejemplares porque la edición se vendió completa o porque destruyeron muchos. Sé que se había estado vendiendo aceptablemente y que de ninguna manera tenían derecho de destruir la edición; por otra parte, si sólo quedaban 27 ejemplares porque los demás se habían vendido, seguro que me debían regalías y, de paso, tendrían que estar pensando en una reedición. Me sorprendió sobremanera que Andrés no me haya mencionado nada de esto en nuestra reciente conversación telefónica.

 

Con respecto a mis regalías, esta singular persona me dijo que para poder darme un informe tenía yo que decirle qué me habían dicho en mi informe del año pasado. Pacientemente le expliqué que llevaban al menos un par de años sin darme informe alguno y sin contestar a mis emails. Le pregunté si, viendo que era tan poco el interés que tienen en sus autores, estaba yo ya libre de llevarme mi novela a otra editorial. Me  dijo que eso tendría que hablarlo con Andrés y se desentendió de su responsabilidad de darme mi estado de cuenta (hasta la fecha no lo tengo). Volví a hablarle a Andrés; no estaba. Le dejé un mensaje, muy enojada ya y pidiéndole que se comunicara conmigo y me aclarara la situación. Esto fue en marzo y sigo esperando.

 

Ya hablando con mi agencia me entero de que no soy la única autora que tratan así (no es mucho consuelo). De hecho, a los agentes tampoco les contestan los emails. No sé si esperan a que uno se harte y tome medidas legales. No sé qué piensan. Estas transnacionales no tienen los problemas de las editoriales independientes y por lo tanto no tienen excusas para no distribuir ni promover sus libros. Pero además, tienen un muy poco merecido prestigio, porque una editorial que, de entrada, no está dispuesta a arriesgar nada por la literatura, y que para coronarlo todo no es capaz de la más mínima cortesía de responder a los emails y llamadas de sus autores, ni de cumplir con sus obligaciones contractuales, no es merecedora de ese nombre.

 

Así pues, de pronto me encuentro con que todos mis libros publicados son una especie de fantasma. No existen. No se pueden encontrar en ningún lado. Y están además los libros inéditos que ya se van haciendo viejos en mi cajón. Odio sigue esperando el veredicto de otras editoriales. Otra de las grandotas ya tuvo a bien decirme que la novela les gusta pero que no es comercial así que chao.

 

Mis sentimientos al respecto son extraños. Duele y da coraje, sobre todo porque sé que hay lectores por ahí que siguen buscando los libros, que los quieren leer. Y si uno ve quiénes son las estrellas oficiales de la literatura mexicana actual, cómo se manejan las editoriales y sus negocios, el panorama que se va aclarando no es muy alentador. Algunas de esas estrellas son magníficos escritores; otros son pésimos. Los enredados caminos del mundo editorial están llenos de misterios y hoyos negros. Yo, por mi parte, tengo una certeza: mi obra tiene una calidad y una dignidad que la sostienen. Yo no tengo porqué bajar la cabeza ante nadie ni me quita el sueño la desbocada “carrera literaria” de otros. Sé lo que estoy haciendo y lo que busco con mi escritura, y sé que mis libros irán encontrando a sus lectores. Pocos o muchos, ahora o dentro de muchos años, estando yo viva o muerta, pero los encontrarán. De eso no tengo ninguna duda.

 

Tristeza me dan esos editores que pasarán a la historia—si acaso—por ser los que decían: “yo no puedo publicar buena literatura si no me lo permiten mis superiores, los señores trajeados esos que manejan las finanzas.” Eso sí que es triste.

Pero, claro, desalientan los libros ya publicados ocultos en las bodegas de sus editores o de plano desaparecidos, al igual que los libros ya escritos que no encuentran su editor. Paciencia, paciencia. Con esto de las letras no hay—no puede haber—prisa alguna. No se trata de eso nuestro oficio.

 

Me despido respondiendo, ya tardísimo, al comentario de Manolo a una de las entradas pasadas de este blog, sobre la cuestión de la fe y la trascendencia:

 

Creo, Manolo, que lo que dices tiene sentido. La pregunta es, lo sabemos, inagotable. Quizá la trascendencia de lo humano no es un fenómeno individual, sino algo que toca el “alma universal”. Yo por supuesto no tengo una fe inamovible en “un más allá”, en que algo de nosotros sobrevive tras la muerte. Pero lo fascinante de la cuestión es que la realidad no tiene nada que ver con lo que creemos o no creemos. Lo único claro es que no sabemos qué pasa tras la muerte. Ninguna certeza que creamos tener siguiendo nuestros falibles procesos de racionalización o los también falibles encantamientos de la fe puede decirnos de cierto lo que no somos ni seremos nunca capaces de saber. Es una interrogante y supongo que la valentía de la aventura humana está en aceptar vivir nuestra vida de cara a esa interrogante.

 

Evidentemente no sé de verdad qué es la fe ni mucho menos la trascendencia. Cuando hablo de estas cosas hablo de intuiciones que no sé cómo explicar. Pero pongo un ejemplo. Hace un par de semanas fui a dar una conferencia a la Universidad de East Anglia, en Norwich, ciudad que no conocía. Al terminar decidí turistear un poco, pero fue un paseo turístico de lo más extraño. Para empezar, me iba recuperando (mal) de una biopsia que me hicieron en el afán de continuar con la investigación infinita de mis cada vez más fascinantes males. Me sentía, la verdad, bastante mal. Desorientada que soy, me perdí para dar con lo que queda de la celda de la santa Julian de Norwich, que tanto quería ver, y cuando llegué ya estaba el lugar cerrado. Gran desilusión en ese día, por lo demás, glorioso de primavera. Cuando doy vuelta para regresarme, decepcionada, veo un nubarrón de plomo cubriendo la ciudad. Me apresuré a buscar refugio. Se soltó uno de esos aguaceros de abril, extrañísimos, esa combinación de lluvia y sol que lo hace ver todo tan limpio y tan nuevo. Anduve aún así caminando, deteniéndome a guarecerme de la tormenta en el sombrío porche de una magnífica iglesia gótica también cerrada, maravillada por la luz de los cerezos en flor por todas partes y definitivamente arrancada del tiempo. La ciudad empapada, la elegante arcada frente al mercado, la gente corriendo con sus paraguas (o sin ellos) era todo un momento de presencia y duración infinitos que apresaban todas las emociones que puede despertar en el alma la lluvia en la ciudad. Sé que no lo explico muy bien, pero no encuentro mejor forma.

 

Luego, ya de regreso en el tren, pensé que dormiría, con el dolor que traía, pero no. No dormí nada. Ahorita anochece muy tarde, así que en el tren me tocó ver por la ventana el larguísimo crepúsculo. Y la belleza del paisaje, el verdor intenso del campo, el contraste entre la luz del cielo y las nubes cargadas todavía acumuladas más allá, las sombras y colores prodigiosos que nacían de este contraste, eran una fuente de felicidad pura: es decir, clara, cristalina, inmediata. Todo lo que alcanzaban a percibir mis sentidos era fuente de arrobo inexpresable —y les juro que no eran los analgésicos. La gloria de toda esa tarde fue real y nada importaba que me sintiera enferma y cansada, porque era una gloria impersonal, ajena a la anécdota o la historia individual. Era nada más un prodigio irrefutable.

 

Estas, para mí, son pruebas de eso que torpemente llamo trascendencia, o “lo divino”.

 

Y con esto me despido.

P.D. La esquizofrenia tipográfica y la imposibilidad de subir imágenes en esta entrada se deben todas a los misterios cibernéticos.

 

 

I won’t even state here the reasons for my absence anymore. I’ll simply apologize and thank you sincerely for still visiting this very irregular site. I also thank all your comments. As you may see, sometimes it takes me ages to find them. Sorry again; I don’t know if you can tell, but all this internet stuff and clicking here and there still leaves me a bit spaced out.   

 

To start the update somewhere, I’ll tell you that the Fondo de Cultura Económica published a couple of months ago a book titled La novela según los novelistas (The novel according to novelists). The compiler is Cristina Rivera Garza, who gathered the essays of 15 contemporary Mexican novelists talking about their experience in relation to novels. One of those essays is mine. It may not be in the least important, but I’d like to note that, though the book has just been published, we wrote the essays three or maybe even four years ago, so they are not completely updated.

 

During this time, for instance, I finished my third novel, Odio, which was not even an idea when I wrote that essay; the other little novel I wanted to write and that I mentioned there was never more than a project and in the end I didn’t like it at all. And the other, that long long novel I was then struggling with… well, I’m still struggling but I won’t abandon it. Apart from that, I amply recommend you the book. Most of the essays are, I think, quite interesting and they reflect a hopeful and rather diverse state of Mexican novel at this moment.

         

My trip to México was, as usual, wonderful and all in a rush. It was over too quickly. As usual we spent our time with our friends, then sorting out some practical issues and playing with Claudio, my godson. Also, I spent time working in two projects that I’m very exited about. One is the staging of the Libre Vermell de Montserrat. The Choir of the Sor Juana’s Cloister University, conducted by Rita Guerrero, is preparing a show in which they will perform all the songs included in the Medieval manuscript, as well as the Chant of the Sybil. Apart from the music itself, the show will have theatre elements, under the direction of Eliceo Lara, and I wrote the script’s texts. I am now very sad because only a miracle would help me to go to the premiere (next May 22nd and 23rd), but if some of you reading the blog are in Mexico City, you may want to go and see (and hear, obviously).

 

The other project is another show that dancer and choreographer Lola Lince is working on now, with stage direction by Natsu Nakajima, scenery by painter Penélope Downes, Rita Guerrero’s voice and, again, some texts of mine, all around the figure of Lilith. We spent some beautiful days at Lola’s house in Guanajuato getting the project started. We keep on working on it, together thanks to internet (we have no choice, we’re all over the place: Japan, Guanajuato, Guadalajara, Mexico City and London). I am thrilled by these two projects and they’ve given me a wonderful energy, because I quite enjoy working with artists of other disciplines; writing acquires then very different, unexpected shapes. I have worked with Rita for so many years now that I’ve lost count, and we’re united by a very deep friendship. And my friendship with Lola and Penny is also a very, very long one, and this is the first time we really make something together. I feel rather honoured of working with them all. I truly respect and admire their work. And working with people whose work you admire and with whom you also share affective ties is not only delightful, but a privilege I would change for nothing. I feel in absolute confidence with them and working in these two projects was among the most intense things I experienced during this trip to Mexico.

 

All the opposite was the feeling I had when I found out how things are going regarding my books. No news in what respects the three first volumes of poetry: their existence is as ghostly as it’s been since the day they were published, for we well know that poetry is hardly published at all, let alone distributed. In what concerns the fourth book of poems, Estaciones, and my novel La sed, both published by Colibrí, its director Sandro Cohen has informed me that now it is indeed a fact that the publishing house is closing down business. It’s rather sad. I’ve said it before: Sandro and Josefina Estrada made something heroic with their publishing house, maintaining their independence all these years, willing to publish and promote their authors and books simply because they believed in their worth and because of a genuine love for literature. I was very lucky in having them as my publishers and this is certainly sad news.

 

Now they have to empty their stockroom and it’s up to us, the authors, to purchase our books and tray to send them back into the world. Because of this they won’t be distributed anymore in any bookshop. I don’t know where to keep so many books and I’m waiting for news of a store-sale they will do; after that I will see what can I do with the extant copies so that they are not turned into confetti. Meanwhile I can only thank Sandro and Josefina again for their support, their truly noble work and their friendship.

 

I haven’t been that lucky with my other publishers. As some of you have noticed, my collection of short stories can hardly be found in bookshops. From the moment it was published in 2005 distribution was virtually nil. Being in London it’s hard to find out where it is being sold and where not, but during this trip I could confirm with my own eyes that it isn’t anywhere. It simply is not in bookshops. When I called my publisher he told me that that was “my version”, that the book was indeed well distributed. My word against his, so to speak. Not a too honourable answer, I would say. I grant them the benefit of the doubt: Aldus is another independent publishing house and thus distribution is harder for them, but it is my impression ever since the book was printed that Aldus’s publishers have not the slightest interest in promoting their books. What a pity: they make truly beautiful editions.

 

But the award for the publishers from hell goes to Random House Mondadori. It’s been years since they don’t inform me anything regarding the sales of my novel Puente del cielo or whether if I have any due royalties. During my stay in Mexico I called publisher Andrés Ramírez, firstly to ask him if he was interested or not in publishing  my novel Odio, which was in Random House’s drawer since the publisher was Braulio Peralta. I thought it was a good idea to phone him because Andrés, delightful and kind as he is in person, never answers to emails. He explained to me that he does like the novel but it is not… well… I spared him the painful explanation: “It’s not commercial, it won’t sell”, I told him. Well, yes, he accepted, that’s the reason. And I know, no need for him to tell me, that in those monstrous transnational companies which are suffocating the publishing business everywhere decisions are not made so much by the editors as by the finance department. He was kind enough to advise me to take my novel to a new and promising independent publishing house. Regarding my royalties he gave me the number of the appropriate person and said nothing more.

 

I talked to that person, who said she’d call me in a couple of days. After more than two weeks without news from her I called her again. The lady in question is exemplary rude. She hadn’t found out anything but she did that very moment (I could hear here typing in her computer through the telephone), and told me that my book Puente del cielo does not even exist in Random House anymore. I beg your pardon? Can you please explain? Well, yes; she said there had been only 27 copies left but that they don’t exist anymore. She would not tell me whether if they were destroyed or damaged when the stores were flooded. She couldn’t say either if there were only 27 copies because the edition was all sold out or because they destroyed many. I know it had been selling acceptably well and that they had no right to destroy the edition; on the other hand, if there were only 27 copies left because the rest had been sold, surely they owed me royalties and should actually be thinking of printing a second edition. I was quite surprised that Andrés didn’t mention anything during our previous conversation.

 

Regarding my royalties, this singular lady told me that in order to give me an account I ought to tell her what they had told me in last year’s account. I patiently explained to her that it had been at least two years since they didn’t give me any account at all, and they didn’t answer to my emails. I asked her whether if, as it was obvious they have so little interest in their authors, I was free to take my novel to another publisher. She said that I should discuss that with Andrés and forgot her responsibility to give me an account of my royalties (I still don’t have it). I called Andrés again but he was not in. I left a message, by now rather angry and asking him to get in touch with me and explain what was going on. That was in March and I’m still waiting.

 

Later I found out, through my agent, that I’m not the only author they treat this way (small consolation). In fact they don’t answer emails from the agents either. I don’t know if they wait until one is really fed up and takes legal measures. I don’t know what they’re thinking. Those transnational companies don’t face the problems independent publishers do and thus have no excuses for not distributing or promoting their books. Furthermore, their prestige is undeserved, because a publishing house which, to start with, is not willing to risk anything for literature’s sake and, to crown it all, cannot even show the most elemental courtesy of answering to their authors’ emails and phone calls, and does not fulfil the obligations it is bound to through contract, hardly deserves that name.

 

And thus I suddenly find out that all my published books are a sort of ghost. They do not exist. They cannot be found anywhere. And then there are the still unpublished books that start growing old in my drawer. Odio is still waiting other publishers’ verdict. Another big one told me too that they like it but that it’s not commercial so goodbye.

 

My feelings about all this are strange. It hurts and makes you angry, most of all because I know that there are readers out there who keep on looking for the books, who want to read them. And if you see who are the official stars of Mexican literature nowadays, how publishers function and run their business, the panorama is quite disheartening. Some of those stars are wonderful authors; others are rubbish. The mysterious ways of the publishing world are full of enigmas and black holes. For my part, I am certain of one thing: my work has a quality and a dignity that sustain it. I have no reason to bow my head before anyone, nor does the rampant “literary career” of others keep me awake. I know what I am doing and what I am looking for in my writing, and I know that my books will in time find their readers. Few or many, now or in many years, during my lifetime or after I’m dead, but they will find them. About that I have no doubts.

 

Who I feel sorry for are those publishers who will pass into history—if at all—for being those who said: “I can’t publish any good literature if I can’t first convince those guys in the suits, my superiors, who count the money.” Now that is sad.

 

But of course it’s disheartening to think of the already published books hidden in dark stockrooms or simply disappeared, or of the written books that still don’t find a publisher. Patience, patience. With literature there is not—there cannot be—any hurry. Our craft is something else.

 

I will bid you farewell answering, rather late, to Manolo’s comment to one of this blog’s past entries regarding the issues of faith and transcendence:

 

I think, Manolo, that what you say makes sense. We know the question is abysmal. Perhaps the transcendence of what is human is not an individual phenomenon, but something that touches the “universal soul”. I of course do not have an immovable faith in a “beyond”, in something in us that survives our death. Sometimes I do believe its existence is unquestionable; other times I think that what ends here on earth is truly finished. But the fascinating thing in this matter is that reality has nothing to do with what we believe or what we don’t. The only certain thing is that we do not know what happens after our death. No certainty that we may believe to have according to our fallible processes of rationalization or the also fallible charms of faith can tell us for sure what we are not, and will never be, able to know. It is an open question, and I gather that the courage of the human adventure is to accept to live our life face to face with that question.

 

 

So it’s clear I truly don’t know what faith is, let alone transcendence. When I talk about these things I’m talking about intuitions that I don’t know how to explain. But I’ll give you an example. A couple of weeks ago I went to give a lecture at the University of East Anglia in Norwich, a city I had never been to. When I finished I decided to do some sightseeing, but it was a rather odd tourist walk. To start with, I was still recovering (or rather not quite) from a biopsy I had been subject to in this continuing investigation of my every time more fascinating illnesses. I felt to be honest quite unwell. Since I have no sense of direction whatsoever, I got lost on my way to the remnants of Julian of Norwich’s cell, which I was so looking forward to see, so when I got there the place was already closed. Great disappointment in an otherwise glorious spring day. When I turned round to go back from where I had come, I saw a threatening leaden cloud enshrouding the city. I rushed to look for shelter. One of those heavy April rains followed, strange as they are in that combination of rain and sunshine that makes everything look so clean and new. I walked around in that rain, stopping to find some shelter at the sombre porch of a magnificent gothic church (closed as well), enraptured by the light cast by the cherry blossoms everywhere and definitely snatched away from time. The wet city, the elegant shopping arcade opposite the market, people running under their umbrellas (or without them) was all a moment of infinite presence and extent that encompassed all the emotions that rain over a city can awaken in our soul. I know I am not explaining this with any clarity, but I can’t find any better way.

 

Later on, on the train back to London, I thought I would sleep—I was in such pain—but I didn’t. I didn’t sleep at all. At this time of year night falls late, so on the train I could see through the window the lengthy dusk. And the beauty of the landscape, the intense green of the fields, the contrast between the light in the sky and the still heavy clouds accumulated beyond, the shadows and colours created by such contrast were a source of pure happiness: by this I mean clear, crystalline, immediate. Everything my senses could perceive was a source of inexpressible wonder—and I swear to God it wasn’t the painkillers. That afternoon and evening’s glory was real, and it didn’t matter in the least that I felt ill and tired, because it was an impersonal glory, oblivious of any anecdote or individual story. It was simply an irrefutable prodigy.

 

These, to me, are proofs of that which I so clumsily call transcendence, or “the divine”.

 

And with this I bid you farewell.

P.S. The typographical madness and the impossibility to upload images in this entry are all due to cibernetic mysteries.

 

Published in: on May 17, 2008 at 9:40 pm  Comments (21)