Carta al presidente/ Letter to the President

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Muchas gracias de nuevo por sus mensajes. Volveré a escribir en breve y también les responderé a quienes me han escrito a mi dirección de email. Por ahora sólo quiero hacer pública esta carta abierta a Felipe Calderón. Si alguno de los que lee este blog comparte las preocupaciones aquí expresadas, quizá sea buena idea bombardear a la Presidencia con cartas. La página web es www.presidencia.gob.mx . Se pueden enviar mensajes electrónicos (aunque muy breves), o cartas largas—como ésta—por fax.

 

Thanks again for your messages. I will write again soon and will also answer to those who have sent emails to my personal address. For the time being I just want to make public this letter to Felipe Calderón, the Mexican President. If any of those who read this blog shares the concerns here expressed, it might be a good idea to start to bomb the President with letters. The web page is www.presidencia.gob.mx . There you’ll find the details to send electronic messages (though very brief) or fax long letters such as this.

 

 

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Londres, 8 de junio de 2008

 

 

Sr. Felipe Calderón Hinojosa

Presidente de México

 

Me dirijo a usted con ánimo apesadumbrado y sin saber por dónde empezar. Hubiera querido escribirle desde anoche, pero la angustia, la rabia y algo que aún me niego a admitir que es desesperanza, me robaron las palabras. Lo intento ahora de nuevo, y le escribo como ciudadana mexicana y como escritora. Como ciudadana mexicana, porque eso soy y seguiré siendo siempre, aunque lleve años viviendo en el Reino Unido. Por desgracia, durante todos estos años pienso mucho en mi país no sólo con cariño, añoranza y orgullo, sino también con infinito dolor, que es el que me impulsa a escribirle esta carta. Y le escribo también como escritora, no porque crea que a usted le va a interesar en lo más mínimo lo que un escritor piense o diga, ni porque tenga una idea desmedida de la importancia de los escritores en nuestra vertiginosa, distraída y olvidadiza sociedad. Sin embargo, las palabras siguen siendo el único instrumento con que contamos los escritores para contribuir, en la humilde medida de nuestras posibilidades, a la construcción de una sociedad mejor, más justa, más digna. Creo, sí, en el poder de la palabra. No tengo muchas esperanzas en que usted comparta esta confianza, ni en que la entienda, pero algo de lo que formulan las palabras habrá de encontrar un camino en su conciencia, sobre todo cuando esas palabras son sinceras y urgentes, aunque sea nada más por el contraste que han de ser junto a la palabrería en la que viven sumergidos constantemente los políticos.

 

Los motivos de dolor al pensar en mi patria son muchos y no los voy a enumerar aquí; sería una pérdida de tiempo porque usted los conoce de sobra, aunque haga como que se le olvida o como que no existen. No hablemos, por favor, de “pobreza” , “hambre” y “atraso” en abstracto. Nuestros conflictos son concretos, afectan a personas concretas con nombre, apellido y una historia. Por eso la impunidad, la injusticia y el cinismo con que se ejerce el poder en México no son abstracciones, sino la forma muy tangible en que desciende el horror cotidianamente sobre los pobres de México, sobre los que luchan por la justicia en México, sobre muchos periodistas en México. Por si se le hubieran olvidado algunos de esos múltiples conflictos, la Comisión Civil Internacional de Observación por los Derechos Humanos se los acaba de recordar. Otra vez. Su gobierno no ha atendido a sus recomendaciones previas, como ningún gobierno mexicano, sea del partido que sea, atiende nunca a ninguna recomendación en cuestión de derechos humanos, simplemente porque nuestra clase política no cree siquiera en la legitimidad de esos derechos.

 

En esta carta me concentraré entonces en el hostigamiento que de que siguen siendo objeto los municipios autónomos zapatistas y los simpatizantes del EZLN en todo el país, y que se ha recrudecido en las últimas semanas. Se sonreirá usted. Pensará, ¿quién se acuerda ya de los zapatistas? Porque me imagino que usted, como ha sucedido por desgracia con buena parte de la población mexicana, ha de pensar que en los albores del siglo XXI, la única discusión que vale con respecto al futuro de México es la que se da entre los partidos, con muy poco edificantes espectáculos. Yo no me voy a poner a hablar de política con usted. Yo ya no quiero hablar de política con nadie, porque lo que ahora entendemos con esos términos es nada más un ocioso carnaval de deshonestidad, deslealtades, intereses privados y mentiras que son el impulso tras la carrera por el poder. Si movimientos como el zapatista, o recientemente el de la gente en Oaxaca, no perdieron el tiempo en la telenovela electoral, al final de la cual quedó usted sentado en la silla de la Presidencia, es porque la gente que los anima sabe, por experiencia propia, que la única manera de sobrevivir a la miseria, la injusticia y la impunidad imperantes en México es construyendo su vida y sus defensas contra dicha miseria, injusticia e impunidad, de manera independiente, encontrando soluciones distintas a las promesas—todas sucias por deshonestas—de los partidos.

 

No hablemos de política, señor Presidente. Hablemos de ética, de un sentido moral. El pasado 4 de junio, como usted bien sabe, fuerzas militares y policíacas irrumpieron en el Caracol de La Garrucha, en Chiapas, con el consabido e inverosímil pretexto de buscar plantíos de marihuana, para intimidar y amedrentar a la población, destruyendo de pasada sus sembradíos de maíz, que son para ellos fuente de subsistencia. Cuando al fin se fueron, lo hicieron con amenazas. Volverán, dicen, en 15 días. Qué le cuento: usted todo esto lo sabe, como sabe del hostigamiento continuado contra los municipios autónomos zapatistas desde que ocupa usted la presidencia, continuando así la tradición del gobierno de Fox antes de usted, y por supuesto la del gobierno priísta. Usted sabe que frente a todas las masacres, torturas, desapariciones, asesinatos, detenciones y encarcelamientos ilegales que siguen bañando de sangre el suelo mexicano día con día—sangre que salpica y pinta los muros de Los Pinos—no se ha hecho ni se hace justicia y que la impunidad es un caballo al que se puede apostar. Yo no le voy a decir a usted lo que ya sabe.

 

Lo único que quiero en esta carta es apelar a su sentido moral, a su conciencia. Decirle que usted es responsable de esta situación: de que continúe el hostigamiento, de continuar sosteniendo la necia convicción de gobiernos anteriores al suyo de que, con ignorar la seriedad y el compromiso con que el EZLN y sus bases están dispuestos a defender hasta las últimas consecuencias su derecho a una vida digna, y su derecho a la justicia, el “problema” desaparece. Y si los militares y policías que irrumpieron en La Garrucha este 4 de junio regresan y cumplen con sus amenazas, usted también será responsable.  ¿Qué es lo que su gobierno promete ahora a los indios de México? ¿Otro Acteal? ¿Otro Aguas Blancas? No se engañe, por favor: ese nunca ha sido ni será el camino a la estabilidad política que su gobierno supuestamente desea para nuestra patria.

 

Yo no entiendo cómo puede dormir usted, con todas las cuentas pendientes en nuestro país, aún en espera de justicia por los crímenes más aberrantes que su gobierno decide ignorar o, como en el caso de los zapatistas, incluso agravar. Poca esperanza tengo en apelar a la conciencia de un político. Pero lo hago porque es mi única arma: mi voz de ciudadana y mi palabra de escritora. Ojalá algo, aunque sea mínimo en esta carta escrita con tanta tristeza, haga eco en su conciencia y contribuya de alguna forma a que el gobierno que usted representa termine por aceptar que las comunidades zapatistas son una realidad, conformada por hombres, mujeres y niños reales que merecen nuestro respeto y que son parte irrenunciable de nuestra realidad nacional, con todos los derechos que eso significa —o debería significar.

 

Atentamente,

 

Adriana Díaz Enciso

 

 

London, 8 June 2008

 

 

Mr. Felipe Calderón Hinojosa

President of Mexico

 

I am addressing you with a heavy heart, not knowing where to start. I would have wished to write to you last night, but anguish, anger and something that I still refuse to admit is hopelessness left me wordless. I am doing another attempt, and I write to you as a Mexican citizen and as a writer. As a Mexican citizen because that’s what I am, and will always be, even if I’ve been living in the UK for several years. Unfortunately, throughout all these years I think a lot of my country not only with love, longing and pride, but also with infinite pain, which is what prompts me to write this letter. And I write to you also as a writer, not because I think that you will be in the least interested in what a writer thinks or says, nor because I have an excessive idea of the significance of writers in our vertiginous, distracted and forgetful society. Yet, words are still the only instrument we writers can rely upon in order to contribute, to the humble extent of our possibilities, to build a better, more just and dignified society. I do believe in the power of words. I don’t place too many hopes on your sharing this trust of mine, or on your understanding it, but at least a bit of what words convey may still find a way through your conscience, and rather more so when those words are sincere and urgent, even if it’s only because of their contrasting quality when opposed to the gabble politicians are constantly immersed in.

 

The reasons for my grief when I think of my homeland are many and I’m not going to list them here; it would be a waste of time because you know them full well, no matter if you pretend to forget or pretend they don’t exist. Please, let us not talk about “poverty”, “hunger” and “backwardness” in abstract terms. Our conflicts are concrete, they affect concrete persons with a name, a surname and a life-story. That’s why the impunity, injustice and cynicism with which power is exercised in Mexico are no abstractions; they’re rather the very tangible way in which horror descends everyday upon the poor of Mexico, upon those who fight for justice in Mexico, upon many Mexican journalists. In case you have indeed forgotten about some of those multifarious conflicts, the International Civil Commission on Observance of Human Rights has just reminded you about them. Once again. Your government has not heeded their previous recommendations, just as no other Mexican administration, regardless its party, ever heeds any recommendation on human rights issues, simply because our political class does not even believe in the legitimacy of those rights.

 

In this letter I will focus then on the harassment that the zapatista autonomous municipalities and the EZLN’s supporters all over the country are still being subject to, which has been increased in the last weeks. You may smile to yourself. You may think, who remembers the zapatistas now? Because I suppose that you, as unfortunately has been the case with a great proportion of Mexicans, must think that, on the dawn of the 21st Century, the only discussion that is worth while having regarding the future of Mexico is the one held among political parties, which has been the source of many less than edifying spectacles. I won’t talk to you about politics. I don’t want to talk about politics with anyone anymore, because what we now understand with such a term is nothing but an idle carnival of dishonesty, disloyalties, private interests and lies that are the life-force behind the quest for power. If movements such as the zapatista, or recently that of people in Oaxaca, didn’t waste their time with the electoral soap opera, at the end of which you ended up sitting on the President’s chair, it’s because the people who give them life know, by their own experience, that the only way to survive the misery, injustice and impunity that reign over Mexico is by building their life and their defences against that misery, injustice and impunity in an independent way, finding solutions that are different from the promises—all of them tainted because they are dishonest—of political parties.

 

So let’s not talk about politics, Mr. President. Let’s talk about ethics, about moral judgment. Last June the 4th, as you well know, military and police forces burst into La Garrucha’s Caracol, in Chiapas, under the usual, implausible old excuse of being in search of marihuana fields of crops, in order to intimidate and terrify the population. In passing, they destroyed their corn-fields, which are their means of subsistence. They say they will be back in two weeks. What can I tell you: you know all this, as much as you know of the continued harassment of the zapatista autonomous municipalities since you have been President, thus continuing with the tradition of Fox’s administration before you and, of course, that of the PRI government. You know that, on the face of all the massacres, tortures, persons gone missing, murders, illegal detentions and incarcerations that still cover with blood Mexican soil every day—blood that splatters and paints the walls of Los Pinos—no justice has been done or is ever done, and that impunity is a horse you can safely bet on. I’m not going to tell you what you already know.

 

All I want to do with this letter is to appeal to your moral judgment, to your conscience. To tell you that you are responsible for this situation: for the continuity of the harassment, for still holding to the stubborn conviction of other administrations before yours in the sense that, if you just ignore the seriousness and commitment with which the EZLN and their social foundations are willing to defend to the last consequences their right to a dignified life, and to justice, the “problem” disappears. And if the military and police forces that burst into La Garrucha last June the 4th go back and honour their threats, you will be responsible too. What is it that your government promises now to the Indians of Mexico? Another Acteal? Another Aguas Blancas? Please do not fool yourself: that has never been, nor will ever be, the road to the political stability that your administration supposedly desires for our homeland.

 

I don’t understand how do you sleep, with all the unpunished wrongs in our country, that still waits for justice for the most aberrant crimes that your government decides to ignore or, as is the case with the zapatistas, even aggravate. I don’t have much hopes on appealing to a politician’s conscience. But I do it because this is the only weapon I have: my citizen’s voice and my writer’s words. I hope that something, no matter how minimal in this letter, written in such sadness, finds an echo in you and contributes somehow so that the government that you represent ends up accepting that the zapatista communities are a reality, formed by real men, women and children who deserve our respect and who are a part of our national reality that cannot be waived, with all the rights that entails—or should entail.

 

Yours,

 

Adriana Díaz Enciso

 

 

 

Published in: on June 10, 2008 at 10:31 am  Comments (9)