Noticias /News

(Scroll down to read in English)

 

Decir que las noticias que llegan de México son descorazonadoras es, qué duda cabe, quedarse muy corto. Si no digo más es porque tras las más recientes, incluyendo por supuesto los bombazos en Morelia, me quedo sin palabras. Quedarse sin palabras es una sensación en sí misma desoladora; se parece a la impotencia y a la desesperanza. Pero ciertamente no quiero añadir más palabras a la confusión reinante, cuando la verdad es que ya no entiendo nada.

 

Lo único que puedo decir es lo que se ha sabido siempre: frente a la violencia, el odio, la barbarie y el cinismo, sólo pueden oponerse la vida, el amor, la creación y la búsqueda de aunque sea un granito diminuto de verdad. Que no nos ganen el miedo, ni la rabia, ni la impotencia. Celebremos la vida: la nuestra y la de los otros, y entre más la amenacen, más hay que celebrarla y defenderla.

 

Paso sin más a darles noticias mías, no porque sean muy importantes, y mucho menos dadas las circunstancias, sino porque, frente a los horrores cotidianos que enfrenta nuestra patria, ya no encuentro honestamente en mi corazón ni en mi cabeza nada más qué decir. Me he quedado muda.

 

Les cuento entonces mis novedades. Primero, que hace un par de meses terminé el libro aquel que en algún momento creí que era imposible. Se llama Lamentaciones del viaje. Es un libro muy extraño: una especie de crónica de exilio (voluntario) a la vez que una especie de diario personal, al que traté de quitarle toda anécdota para depurarlo y dejarlo en la concreción de las imágenes. Sigue siendo un libro muy personal y sin género definido. No sé si es publicable, pero es un libro. Logré darle forma, lo terminé pese a tantas dudas y al final me gustó el resultado. No sé si alguna vez verá la luz, dada su rarísima naturaleza, pero aún así para mí es un logro de escritura y confío en que algún día el libro en cuestión encuentre su camino, los lectores que tenga que encontrar.

 

Mi novela Odio la están dictaminando actualmente en otra editorial, así como mi libro de poemas (o más bien un largo poema en prosa) Una rosa, que llevaba ya varios años en el cajón. Espero poder decirles en algunos meses que alguno de los dos libros (¡o los dos!) ya tiene editorial y saldrá al ancho mundo.

 

La antología de cuentos de fantasmas de autores británicos ha tardado más de lo pensado, pero me cuentan que ya está por salir, que será cosa de un par de meses. Les mantendré informados.

 

Y ahora, la noticia de noticias: a finales de julio pasado me enteré de que me fue otorgada una beca del Sistema Nacional de Creadores de Arte del FONCA.

 

Como muchos de ustedes saben, la beca significa que durante tres años se puede uno concentrar en su creación sin que le distraigan los problemas económicos. En septiembre los artistas y escritores seleccionados empezamos a recibir el estímulo económico y, para ser sincera, es hora que todavía no asimilo este cambio en mi vida.

 

Sobra decir que estoy feliz. Desde el mes pasado he empezado a vivir en circunstancias que, para dejarnos de rodeos, no había experimentado jamás en mi vida. Había recibido otras becas y estímulos, siempre agradecidos y siempre útiles, pero que o bien no resolvían verdaderamente la cuestión económica, o eran demasiado breves como para terminar un proyecto. Esta tranquilidad y esta no nada más posibilidad, sino obligación de dedicarme solamente a mi escritura son una bendición y no termino de entender que esto es real.

 

Ser beneficiaria de esta beca es una responsabilidad enorme, por muchos motivos. Hablemos, por ejemplo, de lo polémicas que han sido durante los años que llevan existiendo. Ha habido escándalos, mayores y menores, ha habido descontento, ha habido discusiones, a veces airadas. Creo que las discusiones y los motivos de descontento tienen que hacerse públicos, siempre. No son sólo sanos, sino indispensables para que los criterios de selección sean cada vez más transparentes. Estamos hablando de fondos públicos, y además de fondos públicos de un país pobre. Todos los mexicanos tenemos el derecho de exigir transparencia del FONCA y cuestionar los casos en que creamos que esa transparencia no existe.

 

En mi caso, había pedido la beca en otras ocasiones. Debo confesar que siempre lo hice con dudas, con una sensación de estar poniendo en la línea de fuego algo que podríamos llamar la “pureza” del artista. “Pureza” es un término terrible, por supuesto; nadie es puro, somos humanos y no seres celestiales, pero a veces la voluntad de independencia intelectual, que es a mi parecer la base del trabajo de un escritor, sin la que decirse escritor es un contrasentido, se convierte en una meta tan alta que nos hace temer cualquier tipo de trato o compromiso que pueda ponerla en riesgo.

 

Y hace uno bien en temer y preocuparse. Sin duda todos los artistas y escritores preferiríamos no tener que vernos en la necesidad de pedir becas jamás, para ahorrarnos esa preocupación. La pregunta constante es: y entonces, ¿de qué vivimos y cómo compramos el tiempo que nos permita concentrarnos en nuestra obra?

 

Esa pregunta lleva inquietando siglos tanto a los creadores como a la sociedad y todavía no encontramos la respuesta ideal, que quizá no existe, dada la naturaleza inasible de lo que hacemos artistas y escritores y la muy concreta realidad de que sin dinero no se come y sin tiempo no se crea nada.

 

Por eso los creadores de arte somos malabaristas por excelencia, algunos diestrísimos, otros de una torpeza que da pena ver. Por supuesto, es mentira que sólo se pueda crear arte en las condiciones ideales. Sospecho que la mayoría de las obras artísticas y literarias que nos alimentan fueron creadas en circunstancias que eran todo menos ideales. Así es la batalla que entraña esta elección de vocación y de vida. Es una batalla desigual por lo mismo que tiene de extraña y de ambigua.

 

Algo de orgullo siento, por supuesto, en saber que todos los libros que he publicado, así como los otros que he terminado y aún no se publican, han sido escritos sin dinero y ganándome la vida haciendo otras cosas, de lo más disímiles, que poco tiempo dejaban para la escritura. Como casi todos los escritores, le he sabido arrancar tiempo al tiempo y los libros están ahí, desde mi primer libro de poemas que empecé a escribir por ahí de los 18 años hasta el que terminé hace un par de meses.

 

Pero también es verdad que durante todos estos años he soñado con esas condiciones ideales: poder concentrarme en mi obra, dedicarle el tiempo que la escritura (y la lectura y estudio que la alimentan) requiere y exige, que la depura y enriquece, sin la perpetua angustia de cómo voy a pagar la renta. Cuando era más joven era más fácil; tenía más energía. Era más fácil entonces no pedir becas que estaban tan peligrosamente cercanas a la polémica. Al paso de los años empecé a darme cuenta de que no probar mi suerte con todos los medios que pudieran darme algún día esas circunstancias ideales era suicida, al menos como escritora. Yo soy de esas malabaristas torpes que me temo no contratarían en ningún circo, así que, aunque siempre he trabajado muy duro, mis circunstancias económicas han sido siempre precarias. Si a esto le sumamos que la energía de la juventud se va mitigando con el paso de los años, que mi salud es cada vez peor y cada vez  resulta más cuesta arriba hacer el trabajo que da de comer y además escribir, supongo que llegamos a la conclusión a la que yo llegué hace algunos años: “esa beca existe. Es una posibilidad de solución a este problema. Tengo que pedirla”.

 

Vaya que tenía resquemores. ¡Yo, la “pura” por excelencia! Supongo que una parte de mí se justificaba pensando: “al cabo que ni me la van a dar”. Pero resulta que ahora me ha sido otorgada la beca y tengo que asumir esta realidad de una manera responsable y adulta. Tengo a mi favor la conciencia tranquila; la beca me fue otorgada por mi proyecto y por mi trayectoria. No hice nada más para obtenerla que lo que había que hacer con decencia, que es presentar el proyecto y luego cerrar los ojos y esperar lo mejor, como en la lotería, sin buscar favoritismos ni tratar de influenciar al jurado ni nada por el estilo. Ese es el punto de partida. Ahora bien, lo que los becarios tenemos que recordar hasta el último instante en que gocemos de este estímulo es que esa independencia, moral e intelectual, tenemos que conservarla hasta el final. Hay que entender esta beca como lo que es y dice ser literalmente: un apoyo para la creación artística. Sin ataduras de ninguna otra índole. Nuestra única obligación y responsabilidad como escritores beneficiados es escribir. Nada más. Ninguna beca, premio ni contrato con editorial alguna, por prestigiada que sea, debe ser jamás una mordaza ni un suavizante de nuestra conciencia.

 

Que este tipo de estímulos favorece la creación artística es más que evidente. Hace apenas dos meses que supe que me otorgaron la beca, el primer pago llegó el mes pasado y ya mis jornadas de trabajo son totalmente distintas. Nunca en mi vida había trabajado con esta tranquilidad. A veces me detengo a media escritura, me doy cuenta que realmente me están pagando por hacer esto y casi no lo puedo creer, se me dibuja una sonrisa en la cara que ha de ser digna de ver. El primer libro del proyecto que entregué es la novela esa que empecé hace diez años, de la que he escrito y destruido cuatro borradores, esa novela tan ambiciosa que quiere hablar sobre la redención del dolor humano y que se inspira en buena medida en los personajes de los poemas proféticos de William Blake. Es un libro que exige una cantidad de investigación y una disciplina considerables, y muchas veces a lo largo de estos diez años he desesperado porque simplemente no contaba con las circunstancias para dedicarle a este libro el tiempo y concentración que exigía. Es cierto que he escrito muchas otras cosas en este tiempo, pero bien sabía que esta era una de esas novelas que yo no iba a poder escribir si no era en esas míticas “circunstancias ideales”.

 

Ahora no trabajo más que en ella todos los días y lo que ha sucedido en mi cabeza y con la novela misma es asombroso. Ni yo misma que tanto creía necesitar la beca pude imaginar nunca que significaría un cambio tan extraordinario en mi manera de trabajar. No es nada más el tiempo que tengo para hacerlo, sino la tranquilidad, la inconcebible tranquilidad que da saber que se puede pagar la renta y vivir decentemente. Vaya, es hasta perturbador corroborar en carne propia la enorme diferencia que implica en esta vida que haya o que no haya dinero. La novela fluye, todo lo que estaba atorado, oscuro, confuso, abandonado y lo había estado durante diez años va encontrando casi milagrosamente su lugar y la novela avanza. Tener el tiempo y la tranquilidad para dedicarse a la propia obra, en efecto, favorece la creación. No hay duda alguna. Es una obviedad, pero estarlo experimentando yo misma me ha dejado azorada. Nunca había trabajado tan bien. El cambio es de verdad asombroso.

 

Me consta que muchos beneficiarios del Sistema Nacional de Creadores de Arte han creado obra valiosa durante el tiempo que han recibido este estímulo. Eso es lo que yo quiero hacer: crear obra valiosa en la medida de mis posibilidades, cumplir con mi compromiso, asumir cabalmente las responsabilidades que esta beca implica.

 

Y son inmensas. Ni un instante se me olvida que estas becas provienen de los fondos públicos, que son los impuestos de los mexicanos. En cualquier lugar del mundo eso es una responsabilidad suficientemente seria y, como dicen aquí, sobering. Tratándose de México, francamente, con la forma en que tantos mexicanos son víctimas constantes de la violencia, la injusticia, la corrupción y el abuso de poder, se necesita ser un cínico y un sinvergüenza para tener un apoyo estatal como el de esta beca y no cumplir cabalmente con el compromiso moral que esto implica.

 

Parte de los compromisos que uno asume al recibir la beca es dar talleres, conferencias o participar en actividades similares en varios estados de la República, lo que me parece un complemento valioso, necesario y sensato, así que en estos tres años estaré viajando a México para integrarme de esta forma también al Sistema Nacional de Creadores, cosa que me entusiasma mucho.

 

Una última reflexión sobre mi novela: hace algunos días estaba escribiendo un capítulo y pensaba: “esto es justamente lo que quiero hacer con este libro. Va por donde debe ir. Y es totalmente incomprensible”. Aclaro que se trata de una “incomprensibilidad con método” y, para mí, con sentido. Creo que, si al terminar la novela ésta llega a la altura de mis expectativas, será incomprensible en el sentido en que la escritura de Gustav Meyrink es incomprensible. Por supuesto no pretendo compararme con Meyrink, a quien sobra decir que admiro y leo con deleite; tampoco es que el estilo “se parezca”, pero Meyrink introduce en su obra imágenes, visiones e hilos narrativos que son vitales para que se sostengan tanto el libro en cuestión como una realidad que está fuera del libro, intangible pero cierta, cuyos destellos el autor intenta fijar a través de la escritura. Así, el lenguaje pasa de manera casi inadvertida del retrato de una realidad identificable y sólida a la evocación de otros reinos que son incomprensibles sólo en la medida en que no pueden desarmarse con las herramientas de la razón.

 

Es una labor delicada que, si fracasa, es probablemente de manera muy lamentable, así que sobra decir que hay momentos de la escritura en que estoy aterrada y pienso: “en la que me metí”. Por el momento, como a la mitad de un puente frágil sobre aguas un tanto oscuras, no me queda sino avanzar.

         

To say that the news coming from Mexico are disheartening is no doubt an understatement. If I don’t say more it’s because after the most recent news, including of course the bombs in Morelia, I’m speechless. To be rendered speechless is in itself a bleak sensation; it’s akin to impotence and hopelessness. But I certainly don’t want to add more words to the reigning confusion when the truth is I don’t understand anything anymore.

 

All I can say is what has always been known: in the face of violence, hatred, brutality and cynicism, we can only oppose life, love, creation and the quest for at least a tiny grain of truth. Let us not allow fear, rage or impotence to get the better of us. Let us celebrate life: ours and that of others, and the more it is threatened, the more we have to celebrate it and defend it.

 

Without further a do I pass on to give you some news of mine, not because they are terribly important, even less so in these circumstances, but because before the everyday horrors faced by our country, I honestly don’t find in my heart or head anything more to say.

 

What is new around here is, firstly, that a couple of months ago I finished that book that at some point I believed to be impossible. Its title is Lamentaciones del viaje (The voyage lamentations). It’s a very strange book; a kind of chronicle of a (voluntary) exile and at the same time a kind of personal journal, from which I tried to exclude anecdotes so as to purge it of what was unnecessary and leave only the concretion of images. It is still a very personal book in no definite genre. I don’t know whether if it’s publishable, but it’s a book. I managed to give it shape, I finished it in spite of so many doubts and I like the result. I don’t know if it will ever see the light, given it’s rather odd nature, but even so it is to me a writing achievement and I trust one day the book will find its way and whatever readers it has to find.

 

Mi novel Odio (Hatred) is at the moment being read in another publishing house, as well as my book of poems (or rather a long prose poem) Una rosa (A rose), that had been in the drawer for years. I hope that in a few months’ time I’ll be able to tell you that one of those books (or both!) has a publisher.

 

The anthology of ghost stories by British authors has taken longer than thought, but they’ve told me it’s finally about to come out, in about a couple of months. I’ll keep you informed.

 

And now the news of news! Towards the end of last July I found out that I had been awarded a grant from the FONCA’s National System of Art Creators (the FONCA being a Mexican kind of equivalent of the Arts Council).

 

The grant means that, for three years, you can concentrate on your own work without being distracted by financial problems. The chosen artists and writers started receiving the grant last September and, to be sincere, I still don’t fully assimilate this change of life.

 

Needless to say, I’m quite happy. Since last month I have started to live in circumstances that I had never experienced before in my life. I had received other grants and incentives before, for which I have always been grateful and have always helped, but which either didn’t really sort out the financial issues, or were too brief to manage to complete a project. This peace of mind and this not only chance, but obligation to devote myself solely to my writing are a blessing and I can’t still understand this is real.

 

To receive this grant is an enormous responsibility for several reasons. Let’s talk, for instance, about how polemic these grants have been during the years they have been around. There have been big and small scandals, people dissatisfied with the results, discussions—at times irate. I believe that the discussions and reasons for dissatisfaction must always be made public. It is not only healthy, but crucial, so that the selection criteria become more and more transparent. We are talking about public funds and, furthermore, a poor country’s public funds. All Mexicans have the right to demand from the FONCA transparency and to question those cases when that transparency is believed not to exist.

 

In my case, I had applied for the grant on other occasions. I must confess I always did so with some doubts, with a sensation of being putting on the line of fire something that we might call the artist’s “purity”. And of course “purity” is a dreadful term. Nobody is pure, we’re humans and not heavenly creatures, but sometimes the pursuit of intellectual independence—which is, in my view, the foundation of a writer’s work, without which to call yourself a writer is a contradiction in terms—becomes such a high goal that we fear any kind of deal or compromise that may risk it.

 

And we do well in worrying and fearing. No doubt that all artists and writers would prefer never to find ourselves in need of applying for grants, so that we could be spared from such concerns. The constant question is, and then, how will we earn our living, and how can we buy the time that allows us to concentrate on our work?

 

Such a question has been troubling both artists and society for centuries, and we still haven’t found the ideal answer, which may not even exist, given the ungraspable nature of what artists and writers do and the very concrete reality that, without money, you don’t eat and, without time, you don’t create anything.

 

That’s why artists are jugglers par excellence, some rather consummate and others so clumsy that it’s painful to see. Of course it’s false to say that you can only create art in ideal conditions. I suspect that most of the artistic and literary works that nurture us were created in circumstances that were all but ideal. Such is the battle involved in this choice of vocation and life. It’s an unequal battle to the same measure that it is strange and ambiguous.

 

Of course I do feel in a way proud to know that all the books I’ve published and those others I have finished and are as yet unpublished have been written without money and earning my living doing other things, most variegated in nature, that left little time for writing. As most writers do, I’ve known how to snatch time away from time and the books are there, from my first book of poems that I started writing when I was around 18 to the one I finished a couple of months ago.

 

But it is also true that during all these years I have dreamt of those ideal conditions: to be able to concentrate on my work, to devote to writing (and to the reading and study that nurture it) the time that it needs and demands, that refines it and enriches it, without the perpetual anxiety about how will I pay the rent. It was easier when I was younger; I had more energy. It was easier then not to apply for grants that were so dangerously close to polemic. With the passage of years I started to realize that not to try my luck with all those means that might one day give me those ideal circumstances was suicidal, at least as a writer. I’m one of those clumsy jugglers who wouldn’t be hired by any circus and thus, though I have worked very hard all my life, my financial circumstances have always been precarious. If we add to this the fact that the energy from youth starts to decrease with time, that my health is every time worse and thus it’s every time harder to do both the work that feeds me and my writing, I guess we reach the conclusion I reached a few years ago, namely, “that grant exists. It’s a possible solution to this problem. I have to apply”.

 

I did have my qualms. It was me, the quintessential “pure one”! I guess a part of me tried to justify itself by saying, “anyway they won’t give it to me”. But as it happens, now the grant has been awarded to me and I have to assume this reality in a responsible and adult way. I have on my side a clear conscience; the grant was awarded because of my project and my trajectory. I didn’t do anything else to get it apart from what should decently be done, which is to present your project and then close your eyes and hope for the best, as in the lottery, without seeking out favouritisms nor trying to influence the jury or anything of the sort. That’s the starting point. What those of us who have been awarded the grant have to remember now, up to the last second we receive this money, is that we must keep that moral and intellectual independence till the end. We have to understand this grant for what it is and literally says to be: a support and stimulus for artistic creation. Nothing more. No grant, award or contract with a publishing house, no matter how prestigious, must ever be a gag nor a softener of our conscience.

 

That this kind of incentives favour artistic creation is more than evident. I found out the grant was given to me barely two months ago, I received the first payment last month and already my working days are entirely different. Never in my life had I worked with such peace of mind. Sometimes I stop in the middle of my writing, I realize they are truly and actually paying me to do this and I can hardly believe it; a smile that must be worth seeing comes to my face. The first book of my project is that novel I started ten years ago, for which I have written and destroyed four different drafts, that very ambitious novel that wants to talk about the redemption of human pain and that is inspired to an important degree by the characters of William Blake’s prophetic poems. It’s a book that demands a great deal of research and discipline, and may times throughout these ten years I have despaired because I simply did not live in such circumstances that I could devote to this book the time and concentration it required. It is true that I have written many other things during these years, but I knew too well that this was one of those novels that I would not be able to write but in those mythical “ideal circumstances”.

 

Now I work only on it every day, and what has happened in my head and with the novel itself is amazing. Not even I myself, who believed I needed the grant so much, could ever imagine it would mean such an extraordinary change in my way of working. It is not only that now I have the time to do it, but the tranquillity, the inconceivable tranquillity you have when you know you can pay the rent and live decently. It is even disturbing to corroborate by yourself the enormous difference that money or the lack of it makes in this life. The novel flows, everything that was stuck, dark, confusing or abandoned and had been so for ten years is finding its place almost miraculously and the novel grows. To have the time and tranquillity to devote yourself to your own work favours creation indeed! No doubt about it. It’s rather obvious, but to experience it myself has left me dumbfounded. I had never worked so well. The change is truly amazing.

 

I know for sure that many of the Sistema Nacional de Creadores de Arte’s beneficiaries have created works of worth during the time they’ve received this incentive. That’s what I want to do: to create a work of worth in as much as I am able to, to fulfil my commitment and fully assume the responsibilities that this grant entails.

 

And they are enormous. I don’t forget for one second that these grants come from public funds, that they are paid with the Mexicans’ taxes. That’s a responsibility serious and sobering enough anywhere in the world. In the case of Mexico, knowing the way so many Mexicans are constant victims of violence, injustice, corruption and abuse of power, you frankly need to be a cynic and a scoundrel in order to have a public incentive such as this grant and not to fulfil to the outmost the moral commitment it implies.

 

Part of the commitments you accept on receiving the grant is to lead workshops, give lectures or participate in similar activities in different states of the Mexican Republic, which I find to be a valuable, necessary and sensible complement, so during these three years I will be travelling often to Mexico in order to take part in such activities. I’m quite happy about that too.

 

One last thought about my novel. A few days ago I was writing a chapter and I thought: “This is exactly what I want to do with this book. It is going they way it has to go. And it is completely incomprehensible”. I must say that there is method to this incomprehensibility and that, to me, it makes sense. I think that, if the novel meets my expectations when I finish it, it will be incomprehensible in the sense that Gustav Meyrink’s writing is incomprehensible. I do not of course intend here to compare myself to Meyrink, whom, it goes without saying, I admire enormously and delight in reading; it is not either that the style is similar in any way, but Meyrink introduces in his work images, visions and narrative threads that are vital both for the book itself and for a reality outside the book, as intangible as it is certain, glimpses of which the author tries to fix through his writing. Thus, his language glides almost inadvertently from the portrait of a solid and identifiable reality to the evocation of other realms that are incomprehensible only in as much as they cannot be broken down by the tools of reason.

 

It’s a delicate task that, should it fail, it probably will do so in a rather lamentable manner, so I have to admit that there are moments in my writing when I am terrified, wondering what have I let myself in for. For the time being, as is the case when midway on a fragile bridge over darkish waters, all I can do is go forward.

         

         

Published in: on October 4, 2008 at 4:44 pm  Comments (5)