Quietud / Stillness

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 Quiero un espacio de quietud; no sé si existe. ¿Fuera del mundo?, ¿de mi cabeza? ¿No les cansa este zumbido constante? Palabras, imágenes. Ideas. Las más brutales atrocidades, las tragedias desgarradoras, los caprichos de la moda, las infinitas novedades de la oferta cultural, los últimos avances de la ciencia, la enredada política global, la Historia y las historias alternativas, el mundo del espectáculo, el triste espectáculo de las celebridades (todas), el quejido de las vanguardias muertas, el inminente fin del mundo y la ya antigua muerte de la novela, la nueva moralidad (confusa: ya no sabemos siquiera qué comer que no sea un crimen), la convivencia del diseño de punta y la guerra en la antesala mental de nuestras vidas. Las sonajas irritantes que tenemos por cabeza. ¿No les cansan?

 Y nosotros, con nuestros blogs, asomados a esta gran ventana. Diciendo, opinando.

 Hubo un tiempo en que creía que yo también tenía algo que decir sobre todo. Cualquier cosa. Era importante. Eso creía.

 Hoy busco una extensión de quietud. Quiero permanencia que no se mida de forma alguna. Aún creo en el poder de la palabra, pero debe ser un poder más alto que el de marcar la pauta de este triste coro desafinado. Mi dolor de enmudecer, ahogada por mi propio ruido, es más digno de la conquista de la nueva palabra que el inabarcable universo de tanta información inútil. Quiero poder seguir mirando el cielo, sin vomitar más datos, falsa sabiduría.

 El cielo: “L’Azur” de Mallarmé. Leía a Mallarmé esta mañana, conmovida, exaltada. Y algo triste. “L’Azur”, “Le Sonneur” y “Las de l’amer repos… ». Ahí la angustia ante el océano de la palabra vuelta al revés, y tanto, que ha dejado de decir. El abismo, el vacío y el alma, sin embargo, empecinada en su vuelo. Son poemas que recobran la vehemencia y la belleza perdidas a fuerza de ver hacia adentro, de romper templos vacíos, sabiendo que el dolor no está sanado.

 Maravillada ante ese doble salto mortal, sé que el espacio que busco es el que construyen palabras como esas de Mallarmé. Me reconozco en ese dilema del poeta moderno, escéptico, de cara al vacío y sin embargo aún arañando la fe, creyendo en la posibilidad de la trascendencia. De lo otro que somos nosotros, los post-postmodernos, no entiendo ya nada. No me interesa.

 En la prensa mexicana en estos días, voces que intentan defender a la poesía sofocan toda la sensatez y claridad de sus argumentos cayendo de rodillas para lanzar ataques personales e insultos. El poeta atacado empaña la exposición de sus fundamentos llamándole cerdo a su crítico. Otro, para defender al crítico, le lanza al poeta un ataque por su fe. A sus ojos, creer en Dios lo descalifica. ¡Triste defensa de la poesía! ¿Quiénes somos nosotros, a quién le importa quién salga mejor librado al final de la escaramuza? Nadie gana.

 La liberación de la palabra debe partir de otro lugar, estoy segura. De esa extensión de quietud que se me escapa.

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 I want a place of stillness. I don’t know if it exists. Outside the world? Outside my head? Aren’t you tired of this constant drone? Words, images. Ideas. The most brutal atrocities, the heartrending tragedies, the whims of fashion, the cultural offer’s infinite novelties, the latest breakthroughs in science, the convoluted global politics, History and the alternative histories, show-business, the sad spectacle of celebrities (all of them), the moan of dead avant-gardes, the imminent end of the world and the already antique death of the novel, the new morality (confused: we don’t even know what to eat anymore that is not a crime), state of the art design and war living side by side in the mental hallway of our lives. The irritating rattles we have instead of heads. Aren’t you weary of it all?

 And then there’s us, with our blogs, staring out of this vast window. Saying, airing our opinions.

There was a time when I thought that I, too, had something to say about everything. Anything. It was important. That’s what I thought.

 Now I seek an expanse of quiet. I want a permanence that is not measured in any way. I still believe in the power of words, but it must be a higher power than just marking the rhythm of this sad choir, so out of tune. My pain in falling silent, drowned by my own noise, is more worthy of the quest for the new word than the bottomless universe made up of so much useless information. I want to be able to go on seeing the sky, without vomiting any more data, false wisdom.

 The sky: Mallarmé’s “L’Azur”. I was reading Mallarmé this morning, moved, exalted. A bit sad. “L’Azur”, “Le Sonneur” and “Las de l’amer repos… ». There’s the anguish facing this ocean of words turned inside out, so much so that they have stopped saying. The abyss, the void —and yet the soul within, dogged on its flight. Such poems regain the lost force and beauty by looking inwards, smashing empty temples, knowing that the pain is not healed.

 Marveled at that double somersault, I know that the space I’m looking for is one shaped by words such as those of Mallarmé’s. I can identify with that conflict of the modern poet, skeptical, facing the hollowness and yet still scraping for faith, believing in the possibility of transcendence. As to those other things we are —us, the post-postmodern—, I don’t understand anything anymore. I’m not interested. 

These days in the Mexican press, some voices that attempt to defend poetry smother all the good sense and clarity of their arguments as they fall on their knees waving personal attacks and insults. The attacked poet sullies the assertion of his principles by calling his critic a pig. Another one, in order to defend the critic, launches an attack on the poet because of his faith. In his eyes, by believing in God the poet’s disqualified. What a dismal defense of poetry! Who are we anyway, who cares who does best out of the skirmish? Nobody wins.

The liberation of words must originate somewhere else, of that I’m sure: in that expanse of stillness that eludes me.

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Published in: on June 7, 2009 at 8:40 pm  Comments (3)