La peste, Blake, lo colectivo, el individuo / The Plague, Blake, the Collective, the Individual

(Scroll down to read in English)

 Les sorprenderá que esté escribiendo en este blog por segundo día consecutivo. ¡Un verdadero milagro! La verdad es que sigo en cama y estoy aburrida. El cerebro no me da para mucho más que andar vagando por internet y decidí hacer algo más o menos de provecho, cualquier cosa, con tal de no meterme a ver las páginas sobre la influenza porcina.

 Me animó además el email que me envió Aletya Serrano en respuesta a mi entrada de ayer, un mensaje muy simpático y elocuente, así que aprovecho para responder. Estoy totalmente de acuerdo en lo que dice con respecto a la histeria de la influenza: no hay que dejar que dirija nuestras vidas. El problema es que como, por muy buenas razones, no confiamos en lo que nos dicen ni los medios ni los gobiernos, nos quedamos muy confundidos. Yo estoy 90 por ciento segura de que no tengo eso; esto es un resfriado común, seguro, pero el 10 por ciento de duda me mantiene alerta… y encerrada, no quiero matar a mis semejantes con un estornudo. En el aburrimiento del encierro, sin embargo, tengo suficiente tiempo para darme cuenta de que hay que conservar la calma. Aún si esto es una pandemia y ha muerto gente, no se compara con lo que la humanidad ha experimentado en el pasado con la peste, ni con muchos otros horrores de esta índole, así que hay que guardar un sentido de proporción y comportarnos con dignidad.

 Lo intentaré. Continúo respondiendo al mensaje de Aletya: me dice que en mis últimas entradas le sueno algo desazonada, y que le parece que así estamos todos, que vivimos tiempos mediocres y que cree que “los ángeles están ausentes”. Sí hay, en efecto, desazón en algunos textos de este blog. Es la expresión de un conflicto que me ocupa, preocupa y desvela desde hace años: ese punto elusivo en que la vida del individuo y la del “ser social” se contraponen y lo empujan a uno por distintos caminos.

 Yo solía creer fervientemente en el poder de la gente, del pueblo. Fui muy flower power aunque, generacionalmente, ni me tocaba. He tenido la suerte de estar cerca de momentos y acontecimientos en que ese poder se ha dejado sentir y ha logrado cambios necesarios e importantes. He estado involucrada en organizaciones nacidas de la necesidad de un cambio social y de la búsqueda de la justicia. Nunca he militado en un partido político, no lo haría nunca, pero compartí la ingenuidad de millones de mexicanos de creer en los milagros que obraría la democracia en México, en aquellos lejanos tiempos de nuestra inaudita inocencia. No me arrepiento de haber participado en esas cosas; al contrario. Algo se logró, aunque fuera en los más humildes términos, y personalmente aprendí muchas cosas valiosas. Pero ya desde entonces, la tendencia a pensar “en masa”, unidos todos por nuestras buenas intenciones, me preocupaba. Más me preocupaba darme cuenta de que expresar esas inquietudes no estaba bien visto entre algunas de las personas con que trabajaba tan alegremente. Eso se consideraba como disidencia, y en el limitado mundo de lo político, como bien sabemos, la única disidencia permitida es la del bando al que se pertenece.

 Ahora, algunas de las personas con que hicimos cosas entonces trabajan para el gobierno del PRD, la “oposición”, sí, pero sólo en términos de la batalla política, no de un cambio social verdadero, ni de justicia, ni de verdad. Ya sabemos en lo que han ido a parar los sueños democráticos de los mexicanos, no tiene caso describir aquí el deprimente paisaje. ¿Y yo qué hice? Yo me vine a Londres por motivos muy personales, pero en lo que concierne a lo político, totalmente desencantada y sintiéndome aislada. Acá, evidentemente, mi atención se empezó a concentrar también en los problemas del mundo por estos rumbos y las complejidades de la política internacional. Como muchos, no logro reponerme del sentimiento de impotencia porque la voz de la gente, sonora como lo fue, no logró detener, por ejemplo, la guerra de Irak, entre tantas otras cosas. Pero no es nada más la impotencia lo que me perturba, sino la tendencia cada vez más generalizada –o al menos eso percibo–, en gente de todas las generaciones, de dejar de hacer las preguntas incómodas, las que pueden hacernos tambalear sobre los precarios ladrillitos de convicciones políticas que nos quedan, porque en el fondo lo que más nos importa es la ilusoria sensación de seguridad que nos da creer que sabemos dónde estamos parados.

 Por eso trato de callarme la boca, aunque no siempre lo logro. Mi confusión, mi sentido de impotencia ante los horrores de que somos testigos mudos, mi silencio, son horriblemente dolorosos, pero no quiero hablar por hablar y estoy harta de las discusiones airadas de sobremesa, en que lo único que parecemos ver es de qué lado estamos nosotros, la impresión que le damos al mundo desde esa posición, y no las vidas destruidas de las verdaderas víctimas, sus historias personales, su más elemental humanidad.

 En mi confusión y mi propia impotencia, lo único que me queda es un hondo sentimiento de piedad, y de hermandad en la piedad, en el miedo y el dolor.

 Y sé que no es suficiente. Cada vez estoy más convencida de que las respuestas están dentro, en el individuo y en el alma del individuo, cada vez me abismo más en, por ejemplo, la dimensión trascendente del arte en este camino. Pero, por supuesto, entonces me cae encima la siguiente pregunta, como una losa de concreto: ¿No es eso escapismo? ¿No le estoy dando la espalda a mis semejantes, huyendo como vil rata por el túnel de la literatura?

 Esa es la pregunta, que por supuesto nadie ha logrado responder durante siglos. De ahí la desazón.

 Lo que me lleva a Blake –como casi todo. El otro día (antes de que apareciera en mi puerta la cruz amarilla de mi imaginaria influenza) fui a la reunión mensual de la Blake Society, en esta ocasión una conferencia muy bella que dio el autor Andrew Solomon sobre las ilustraciones de William Blake al Libro de Job. La discusión después versó, inevitablemente, sobre la libertad y la responsabilidad del individuo, de cara a las exigencias de la colectividad. Entre el público estaba Susanne Sklar, que es profesora universitaria en Chicago y anda por acá terminando su investigación para un libro sobre el Jerusalem de Blake. Hizo un exaltado comentario sobre la trascendencia de la experiencia colectiva y nos contó cómo antes de las recientes elecciones en Estados Unidos había estado estudiando Jerusalem con sus alumnos, y cómo la poesía de Blake se había convertido para ellos (aunque no recuerdo las palabras textuales con que lo dijo) en una especie de símbolo de la esperanza. Solomon respondió, me pareció a mí que muy sabiamente, que no le parecía tan buena idea. Seguimos discutiendo pero ya no quedaba mucho tiempo y me quedé con las ganas de continuar, porque es justo uno de los temas que están detrás de mi desazón.

 Entiendo perfectamente la postura de Susanne. Yo misma me encontré muy conmovida con el triunfo de Obama, aunque también me enojé conmigo misma y me dije que mi ingenuidad no tiene límites, si soy capaz de seguir creyendo en los políticos, o en la política a secas. Pero creo profundamente que la libertad que William Blake buscaba conquistar iba mucho más allá del momento de la hermandad colectiva. No sé cómo explicarlo, pero lo intentaré: la verdadera hermandad con nuestros semejantes sólo puede experimentarse como convicción desde la conciencia individual. Todos los grandes momentos de liberación en la historia del hombre han sido la culminación de un proceso, de un camino, pero este es un proceso en movimiento constante y el momento mismo de esa liberación, glorioso y resplandeciente como es, debe ser trascendido. Y sólo puede trascenderse dentro del alma, o conciencia, como quieran ustedes llamarle, del individuo. ¿Por qué? Porque todas las revoluciones terminan con un rodar de cabezas, por eso.

 Tenemos la obligación, como individuos, de vivir como parte del mundo en el momento de la historia en que nos tocó vivir, sin cerrar los ojos al sufrimiento de nuestros semejantes, sin darles la espalda. (“Everything that lives lives not alone nor for itself”, etc.) Pero ese es sólo un plano de nuestra existencia, el plano de lo inmediato y por lo tanto, lo pasajero, el plano de nuestra vida mortal. William Blake apuntaba sus flechas a la eternidad, y en ese otro plano –el de lo eterno—la conquista de la libertad y la responsabilidad rescatada de la experiencia de la propia vida sólo puede realizarse como individuos. Ambos planos son reales y exigen nuestra mirada y la responsabilidad de nuestros actos, pero son distintos, y no pueden confundirse.

 Aquí está, entonces, mi larga respuesta a Aletya y la continuación de la conversación con Susanne. Espero que tenga algo de sentido (creo que todavía no deliro, sigo sin fiebre).

 Tengo muy poco tiempo de pertenecer a la Blake Society y me doy de topes contra la pared por no haberme suscrito antes, porque han organizado cosas maravillosas. Pero estoy también, lo admito, un poco en estado de shock. ¡Son tantísimas las lecturas posibles de Blake! Yo había ido construyendo mi propio universo blakeano en una soledad casi clandestina, particularmente durante los once años que llevo con la novela; mis recorridos mismos del Londres blakeano han sido una aventura estrictamente solitaria y atesorada como tal, así que no negaré que esta iniciación en el mundo del Blake “colectivo” tiene sus dificultades. Al mismo tiempo, ahora que vivo con todas mis ideas fijas en Blake y en la novela, como un disco rayado (ya debo tener mareados a todos a mi alrededor), no tengo sino gratitud con la Blake Society: en apenas un par de meses, gracias a ellos, ya se me han abierto varias puertas y ventanas tanto para la novela como para mi libro sobre Londres. Que exista semejante agrupación de individuos reunidos por las palabras, las imágenes y, sobre todo, por el espíritu fiero, libertario y sin duda angélico de Blake, me parece una buena concreción de la esperanza que demuestra que los ángeles no están del todo ausentes.

 Su página es http: www.blakesociety.org.uk

 Y vean también por favor esta maravilla:

 http://www.songsofimaginationanddigitisation.net/

 Espero que ustedes sean más listos que yo y adivinen más pronto cómo se “lee” el libro. Yo tardé siglos sin entender, y eso desde mucho antes de poder echarle la culpa del daño cerebral a la influenza porcina.

Pity

 You’ll be surprised to see me writing in this blog for the second consecutive day. A miracle! The truth is, I’m still in bed and bored. My brain is not up to much more than surfing the internet, so I decided to make something a bit more useful, whatever, instead of checking pages on the swine flu.

 I’m also motivated by the email Aletya Serrano sent to me in answer to my yesterday’s entry, a very nice and eloquent message, so I will answer here. I agree with her completely in what she says regarding the flu hysteria: we mustn’t let it rule our lives. The problem is that, since for very good reasons, we don’t trust what the media or the governments say, we are very confused. I’m 90 percent sure that I don’t have that, that this is surely a common cold, but the other 10 percent keeps me on alert… and locked up, since I don’t want to kill anyone with a sneeze. Yet, in the boredom of reclusion, I have more than enough time to realise we have to keep calm. Even if this is a pandemic and people have died, it cannot be compared to what humanity has experienced with the plague and many other horrors of this kind before, so we have to keep a sense of proportion and behave in a dignified way.

 I’m trying. So I continue answering to Aletya’s email: she tells me that in my last entries I sound a bit uneasy, and that she thinks we all are feeling like that; that we live in mediocre times and she believes “the angels are absent”. Indeed, there is a feeling of disquiet in some of this blog’s texts. It is the expression of a conflict that has been occupying me and preoccupying me for years: that elusive point in which the life of the individual and that of the “social being” challenge each other and push you down different paths.

 I used to believe fervently in the power of the people. I was very flower power, even though generationally it was not supposed to be my thing. I’ve been lucky enough to be near moments and events in which that power has been felt and has achieved some necessary and important changes. I have been involved in organisations born out of the need for a social change and the search of justice. I have never been a member of a political party, nor would I ever be, but I shared the naivety of millions of Mexicans in believing in the miracles democracy would work in Mexico, in those far away times of our exceptional innocence. I don’t regret having taken part in such things. On the contrary. Certain things were achieved, even if only in the humblest of terms, and personally I learnt a lot. But even then, I was disturbed by the tendency of thinking “en masse”, everyone united by our good intentions. It worried me even more to notice that to express such concerns was not well seen among some of the persons I so happily worked with. That was considered as dissidence, and as we well know, in the limited world of politics, the only allowed dissidence is that of the side we’re on.

 Now, some of the people with which we did things then work for the PRD government, the “opposition”, yes, but only in terms of the political battle and not in terms of a real social change, or of justice, or truth. We all know where have the Mexicans’ dreams of democracy ended up, there’s no point in describing here the depressing landscape. And what did I do? I came to London, for very personal reasons but, in what concerns politics, completely disillusioned and feeling isolated. Here, of course, my attention was also directed to the problems in this part of the world and the complexities of international politics. As many others, I still can’t get over the feeling of impotence because the voice of the people, loud as it was, could not, for instance, stop the Iraq war, among so many other things. But it is not only our impotence what disturbs be; also, the generalized tendency—at least in my perception—among people of all generations, of stopping asking the uncomfortable questions, those that can make us quiver as we stand on the precarious little bricks of political convictions we have left, because deep inside what we most care about is the illusory feeling of security we get by believing we know where we’re standing.

 That’s why I try to shut my mouth, though I don’t always succeed. My confusion, my feeling of impotence in the face of the horrors of which we’re silent witnesses, my silence, are very painful, but I don’t want to talk just for talking, and I’m tired of those irate coffee-table discussions, in which all we seem to be able to see is which side we’re on, the impression we cause by being in that position, and not the destroyed lives of the real victims, their personal histories, their most elemental humanity.

 In my confusion and my own impotence, all I have left is a deep feeling of compassion, and of fraternity in compassion, in fear and in pain.

 And I know it’s not enough. I am every time more convinced of the fact that answers are within, in the individual and in the individual’s soul; I plunge more and more, for instance, in the transcendent dimension of art in this path. But of course, then the next question falls on top of me like a concrete slab: Isn’t that escapism? Am I not turning my back on my fellow beings, taking flight like a vile rat down the tunnel of literature?

 That is the question, which of course no one has managed to answer in centuries. That’s where my unease comes from.

 Which leads me to Blake—as almost everything else. The other day (before the yellow cross of my imaginary flu appeared on my door), I went to the monthly gathering of the Blake Society, this time a beautiful lecture given by author Andrew Solomon on Blake’s illustrations to the Book of Job. Inevitably, the discussion dealt with freedom and the responsibility of the individual in the face of the demands of the collective. Among the audience was Susanne Sklar, a university professor in Chicago who is in Britain at the moment finishing research for a book about Jerusalem. She made an exalted comment about the transcendence of the collective experience and told us how, before the recent elections in the United States, her pupils had been studying Jerusalem, and how Blake’s poetry had become for them (though I don’t remember her exact words) a kind of symbol of hope. Solomon answered—wisely, it seemed to me—that he didn’t think that was such a good idea. We went on discussing this but there wasn’t much time left and I felt the need to follow the conversation, since that is precisely one of the reasons behind my unease.

 I understand Susanne’s position perfectly well. I was myself very moved when Obama won the elections, though I was also angry with myself, telling me that my naivety is indeed boundless if I can still believe in a politician, or in politics in general. But I profoundly believe that the freedom William Blake strove to conquer went far beyond the moment of collective fraternity. I don’t know how to explain it, but I’ll try: the true fraternity with our fellow beings can only be experienced as a conviction from the individual consciousness. All the great moments of liberation in the history of man have been the culmination of a process, of a path followed, but this process is in constant movement, and the moment itself of such liberation, as glorious and dazzling as it is, must be transcended. And it can only be transcended within the soul, or the consciousness or however you want to call it, of the individual. Why? Because all revolutions end up with heads rolling, that’s why.

 As individuals, we have the obligation to live as a part of the world in the moment of history it was our lot to share, without closing our eyes to the suffering of our fellow beings nor turning our back on them. (“Everything that lives lives not alone nor for itself”, etc.) But that is only one plane of our existence, the plane of what is immediate and thus, fleeting, the plane of our mortal life. William Blake aimed his arrows at eternity, and in that other plane—that of what is eternal—the conquest of freedom and the responsibility rescued from the experience of our own life can only be realized as individuals. Both planes are real and demand our eyes and the responsibility of our acts, but they are different and cannot be mixed up.

 So here is my long answer to Aletya and the continuation with the conversation with Susanne. I hope it makes sense (I think I’m still not delirious, I still have no fever.)

 I joined the Blake Society only very recently and I want to bang my head against the wall for not having joined before, for they have organized wonderful things. But I admit I am also a bit in a state of shock. There are so many possible readings of Blake! I had been building up my own Blakean universe in almost clandestine solitude, particularly during the eleven years I’ve been with this novel in my head; even my Blake’s London walks have been a strictly solitary adventure, and treasured as such, so I won’t deny that this initiation in Blake’s collective world has its difficulties. At the same time, now that I live with my ideas fixed on Blake and the novel (everyone around me must be quite fed-up), I have only gratitude for the Blake Society: in just a couple of months, thanks to them, several doors and windows for my novel and my London book have been opened. That such a group of individuals gathered around the words, the images and, most of all, the fiery, free and no doubt angelic spirit of Blake does exist seems to me an undeniable concretion of hope, which shows that angels are not altogether absent.

 Their webapge is: www.blakesociety.org.uk

 And please take a look at this wonder as well:

 http://www.songsofimaginationanddigitisation.net/

 I hope you’ll be much more clever than me, and will guess sooner how the book is “read”. It took me ages to understand, and that way before I could blame swine flu for my brain damage.

 

Advertisements
Published in: on July 25, 2009 at 6:30 pm  Comments (3)  

Británica / British

(Scroll down to read in English)

Hace ya una semana que fue la ceremonia en que me fue otorgada la nacionalidad británica, pero me temo que todavía no lo asimilo. Estoy muy contenta, eso sí lo sé. Y la ceremonia me conmovió. Éramos unos quince, y cuando cada uno dijo su nombre, me di cuenta de que representábamos todos los puntos cardinales del planeta. El discurso de bienvenida de la alcaldesa de lo que vendría a ser algo así como mi delegación, Haringey, fue muy relajado y agradable: nos contó cómo su familia llegó acá de Trinidad y Tobago, y que sólo en el área de Haringey se hablan alrededor de 200 idiomas y dialectos distintos.

Ser parte de esta extraordinaria ensalada de culturas que es Londres es uno de los mayores atractivos de esta ciudad, aunque supongo que una escena como esa es la peor pesadilla de los extremistas del Partido Nacionalista Británico. Allá ellos se lo pierden.

Durante la ceremonia, me pasaron por la cabeza los diez años que llevo en esta ciudad, las circunstancias en que llegué, la maravilla de ir descubriendo los rincones de una ciudad con la que había soñado desde niña, las muchas dificultades de ser extranjera, las batallas que he librado aquí. La nueva nacionalidad, inevitablemente, la percibo como un reconocimiento a mi resistencia y mi perseverancia, por no hablar de mi terquedad: yo vine aquí porque quise, fue la aventura que me inventé en un momento de mi vida; no soy refugiada política, no llegué perseguida ni exiliada. Lo admito: las penurias que he pasado como extranjera en este país son un precio que estuve dispuesta a pagar. Y sin embargo, siento que merezco el reconocimiento que la nacionalidad simboliza.

No hablo del reconocimiento del gobierno, Dios me libre. Es algo mucho más personal. Es como un reconocimiento de la vida misma, una recompensa tangible a la paciencia, el empeño y, por supuesto, es una respuesta al amor tan profundo, por no decir desmesurado, que le tengo a esta ciudad y que me ha atado a ella durante diez años, contra viento y marea.

Durante la ceremonia, estaba segura de que pensamientos similares cruzaban la cabeza de todos los que estábamos ahí. Cada uno habrá venido a este país por motivos distintos, unos más felices que otros, pero sin duda todos han experimentado las dificultades, la soledad, la confusión, el desánimo, el miedo que a veces nos toca como extranjeros, inevitablemente. Y el alivio de saber que la vida que vivimos, sea por elección o por necesidad, ya no depende de una carta del Home Office diciéndonos si nos renuevan la visa o no, saber que la experiencia de vida que hemos dejado aquí nos da el pleno derecho de llamar a este país nuestro, es importante.

Y claro que estoy de acuerdo con el comentario en la entrada anterior del blog, citando la canción de Serrat (Mediterráneo es mi disco favorito de Serrat, por cierto, y yo creo que el único disco que sigo oyendo con placer desde que tenía diez años): la nacionalidad es sólo un papel. Además, uno no puede evitar relacionar a los países con sus gobiernos, aunque sea en el nivel más inmediato, y entonces quedan muy pocos lugares sobre la tierra de los que uno pueda enorgullecerse de ser un ciudadano. Lo que me importa a mí en este paso es, además, claro, de las consideraciones prácticas, un elemento simbólico. El símbolo de un círculo que se cierra en mi vida, y el amor que sí tengo por mis dos patrias, por lo que hay digno de amor en ellas, aunque las dos tengan sus horrores.

En la ceremonia me acordé también de dónde empezó todo, cuando era niña y estudiaba en el Anglo, cómo todo empezó leyendo libros. Mi mamá tenía razón: la culpa de todo la tienen los libros. Fue la literatura, en última instancia, la que me trajo aquí, así que el papelito que me dice que soy ciudadana británica corona una aventura literaria.

Nunca voy a dejar de ser mexicana, eso está claro, y de verdad siento que en el nivel más íntimo, asimilar esto de mi nueva nacionalidad me va a llevar mucho más tiempo. Aún no lo creo del todo. Una parte ineludible de ser extranjero es cierta vulnerabilidad, de la que uno no se despoja tan fácilmente como quisiera.

Por lo pronto, varios amigos me han dado la bienvenida con la muy inglesa respuesta de “No sé si felicitarte o darte el pésame”. Uno de ellos añadió: “Supongo que sería peor ser francesa”. Otro me hizo ver que ya pertenezco además a la comunidad económica europea y he adquirido no sé cuántas nacionalidades de golpe, cosa que me dio vértigo y en la que prefiero no pensar por el momento. Otros me animan a empezar a quejarme de todo lo inglés, como lo hacen ellos, a volverme torpe y cohibida en mi interacción social. Mark, mi esposo, está tristísimo porque la nacionalidad no me contagió de inmediato el interés por el campeonato de cricket de The Ashes, pero me temo que mi anglofilia nunca llegará a tanto. Y otra amiga, aunque mexicana, me dio el muy británico y simpático regalo de una nueva taza para tomar el té, con el lema de aquellos carteles de la Segunda Guerra Mundial: “Keep calm and carry on.”

Y eso hago: trato de mantener la calma. Escribo esto en mi compu chiquita, desde la cama. En plena histeria colectiva por la influenza porcina, que parece haberse desatado con fervor en esta mi segunda patria después de causar tanto caos en la primera, llevo desde el miércoles sintiendo que “me va a dar algo”… hoy ya me dio. Resfriado común, supongo. Responsable que es uno, me preocupó andar matando gente sin darme cuenta, así que cuando me empecé a sentir mal hablé a mi clínica a preguntar si tenía que quedarme encerrada y avisarle a toda la gente que he visto en la última semana que soy algo así como uno de los jinetes del Apocalipsis. Como no tengo fiebre, me dijeron, prácticamente, que no fuera ridícula. Igual me preocupo. Sería la mayor de las ironías que, justo cuando me vuelvo británica, me matara un virus que, según muchos (aunque no está tan claro) se originó en México. Mi paranoia me averguenza lo indecible, no podemos ponernos todos así cada que nos da un resfriado, pero como ni un doctor se nos va a acercar si tenemos síntomas y sólo podemos esperar dudosos diagnósticos por teléfono o internet, y se supone que gente con otras “condiciones de salud” está en mayor riesgo, entro en estado melodramático: “¡Ah, no! No ahorita que tengo la beca y me acaban de dar la nacionalidad!”

Así que aquí me tienen, hoy ya en cama, escribiendo esto y algunos poemas ociosos, leyendo, oyendo música, amarrándome las manos para no ir a Google a ver todo lo que dicen sobre la influenza porcina.

Afuera caen lluvias de verdad tropicales, una delicia. (¿Pero dónde está el sol, si es verano? ¡Que desgracia es el clima de este país, deveras!). La novela avanza; estoy a punto de terminar el segundo borrador y la conclusión es que todavía me falta mucho, mucho trabajo que intentaré sacar adelante en el tercero. Avanzo con susto, pero avanzo.

It’s been a week already since the ceremony in which I acquired the British nationality, but I’m afraid I still don’t quite assimilate it, though I know I’m very happy. The ceremony moved me. We were about fifteen, and when each of us said his or her name, I realised we represented all the planet’s cardinal points. The welcome speech given by my council’s (Haringey) mayor was nice and laid-back. She told us about her family, originary from Trinidad and Tobago, and said that in Haringey alone are spoken around 200 different languages and dialects.

To be part of this extraordinary cultural salad is one of the greatest pleasures of London, though I’m sure that such a scene is the worst nightmare of the BNP. It’s their loss.

During the ceremony, the ten years I’ve been living here flashed through my mind: the circumstances in which I came, the wonder of discovering the secrets of a city I had dreamed of since I was a child, the many difficulties in being a foreigner, the battles I have fought here. Inevitably, I perceive the new nationality as a recognition to my resilience and perseverance, not to mention my obstinacy. I came here because I wanted to. It was the adventure I invented for myself in a given moment of my life; I’m not a refugee nor have I been forced into exile, so I admit it: the hardships I have faced as a foreigner in this country are the price I was willing to pay. And yet, I feel I do deserve the recognition that the nationality simbolizes.

I’m not talking about the Government’s recognition, God forbid. It is somethign much more personal. It’s a sort of recognition from life itself, a tangible reward to patience, effort and, of course, a response to the deep, or rather unbounded love I have for this city, the love that has tied me to her for ten years, against all odds.

During the ceremony, I was sure that similar thoughts crossed the minds of everybody there. Each one of us must have come to this country for very different reasons, some happier than others, but without doubt all of us have experienced the hardships, the loneliness, the confusion, gloom and fear that sometimes touches you, inevitably, when you’re a foreigner. And the relief to know that the life we lead, whether if it’s by choie or by need, does not depend anymore on a letter from the Home Office telling us whether if they have renewed our visa or not, to know that the life experience we have left here gives us the full right to call this country ours, is important.

Of course I agree with the comment to my former entry in the blog, with the quote of Serrat’s song (by the way, that’s my favourite Serrat album, perhaps the only album I keep on listening to with joy since I was ten): nationality is just a piece of paper. Besides, it is inevitable to relate countries to their governments, even if just in the most immediate level, and if we see it that way, there are very few places on the face of Earth of which one can be proud to be a citizen. What I find important in this step, though, apart of course from the practical considerations, is a symbolic element. The symbol of something coming full circle in my life, and the love I have for both my countries, for all that there is to love in them, in spite of the horrors both do have.

In the ceremony I remembered too where everything started, when I was a child studying at the Anglo, how it all stated reading books. My mum was right: it’s all the books’ fault. It was literature that brought me here, so this piece of paper telling me I’m a British citizen is crowning a literary adventure.

It is quite clear I will never stop being Mexican too. The truth is I do feel that, in its most intimate level, it will take me much longer to assimilate my new nationality. I still don’t quite believe it. An unavoidable element of being a foreigner is a certain vulnerability, of which you cannot get rid of as easily as you’d wish.

Meanwhile, several friends have welcomed me with an utterly English answer: ‘I don’t know whether if I should congratulate you or offer my commiseration.’ One of them added: ‘I guess it would be worse to be French.’ Another one made me realise I belong now too to the European community and thus I have acquired I don’t know how many nationalities in one go, something that fills me with vertigo and I’d rather not think of at the moment. Others hope I’ll soon start complaining about everything that’s English, as they do, and to become very awkward socially (as if I wasn’t!). Mark, my husband, is very sad because the nationality didn’t awake in me an immediate interest for The Ashes, but I’m afraid my love for Britain doesn’t reach such extremes. And another friend, though Mexican, gave me a very British and nice present: a new mug for my tea, with the ‘Keep calm and carry on’ slogan.

And that’s what I’m doing. I am writing this in my little notebook, in bed. In the midst of collective hysteria about swine flu, which seems to have unleashed with a vengeance in my second country after causing so much chaos in the first one, I’ve been feeling ‘I’m catching something’ since last Wednesday… Today it is evident I’ve already caught it. A common cold, I guess. Responsible that I am, I was worried I might be killing people around without my knowing, so when I started to feel ill I called my clinic to ask whether if I should stay at home and tell everybody I’ve seen in the last week that I’m a sort of Apocalypse horsewoman. Since I have no fever, they told me what amounted to ‘don’t be ridiculous’. But still I worry. It would be the worst irony, just when I’ve become British, to be killed by a virus they say started in Mexico (though that is not that clear). My paraonia embarrasses me in an unspeakable way, we cannot be like this everytime we get a common cold, but since no doctor will come near us if we get any symptoms and we can only hope for doubtful diagnosis via telephone or internet, and since supposedly people with ‘underlying conditions’ are in bigger risk of complications, and I am an underlying condition myself, I go into melodramatic mood and think, ‘No way! Not now that I have the grant and my nationality!’

So here I am, today already in bed, writing this and some idle poems, reading, hearing music, biting my hands to stop me from going to Google and looking up everything they say about swine flu.

Outside there are truly tropical storms falling, it’s delightful. (But where is the sun, aren’t we supposed to be in Summer? The weather in this country is truly a disgrace!). The novel goes ahead. I am about to finish the second draft and my conclusion is that I still have to work very very hard, and make things much better in the third one. I carry on with it, scared and not so calm, but I carry on.

Published in: on July 24, 2009 at 9:39 pm  Comments (3)  

Algunas notas rápidas / Some quick notes

(Scroll down to read in English)

 Gracias por sus comentarios, y a Rodrigo por pasarme el dato del video de This Mortal Coil, que por supuesto disfruté. (Con Brett he estado conversando sobre Dios, la fe y el ateísmo en varios emails, pero aquí vuelvo a agradecerle su comentario y el link a su página). Y, Humberto, haces bien en ser fiel a tu voz y en hacerla oír. Dices que quizá sientes que hay que estar en el centro del huracán por tu juventud y tu inocencia. Creo que uno de los retos más formidables de la existencia humana es no perder esa urgencia de la juventud por escuchar nuestra propia voz, reconocerla y devolverla al mundo, buscando con ella un sentido. Es triste cuando sientes que la confusión es tanta que es mejor callar, no decir nada, que es lo que me pasa a mí a menudo desde hace tiempo, y lo que me hace preguntarme si realmente me estoy haciendo vieja. Al menos no me he vuelto cínica –creo que entonces sí todo está perdido–, pero es un silencio doloroso.

 Sin embargo, el silencio y el dolor también dan frutos. Cuando hablo de silencio no estoy hablando de indiferencia. Estoy buscando en el silencio, y lo que busco es aunque sea el más delgado filamento de verdad en que pueda creer, una forma que enuncie el respeto, la piedad y, porqué no, el amor por el semejante, que encuentre un eco verdadero en mí. Quiero creer que cuando callo es por honestidad, porque quiero hablar con una voz que sea mía y no con una impuesta por nuestros temores, prejuicios, instinto gregario, credulidad, confusión o pereza. Y a veces no encuentro nada, nada que brille con su propia luz. Son esos los momentos negros.

 Están los otros momentos también, los que son todo luz, donde el mundo se revela luminoso y tocado por lo que aún podemos llamar gracia. (Ya sé, ya sé: a muchos este lenguaje les pone los pelos de punta, les huele a sotana, pero díganme entonces cuál sería una mejor palabra.) Me esfuerzo por aprender a ver dentro de esos momentos con los ojos bien abiertos cuando tengo la suerte de encontrarme ahí, aún a sabiendas de que el prodigio es fugaz, y de que la vida cotidiana y mis propias debilidades volverán a pasar la venda por mis ojos o a llenarme de dudas. Lo que no se puede es dudar cuando está uno ahí, en ese centro en que todo parece claro y quieto, donde nuestra voz misma se revela como sagrada, y las palabras que nos dicta se saben ciertas. Pero no sé si me explico, o si esta entrada quedó todavía más vaga que la anterior.

 Cambiando radicalmente de tema, hasta el extremo más frívolo, quiero lanzar desde aquí un mensaje al mundo de Facebook. Por favor, por favor, ya no me manden más invitaciones. Me inscribí hace siglos, cuando no sabía lo que era y me invitó una amiga, justo para eso, para ver lo que era. Y lo que era me horrorizó. Desde entonces me llegan montones de invitaciones. El otro día al fin tuve la paciencia de averiguar cómo debía darme de baja y, como una venganza sobrenatural, desde que lo hice me han estado llegando todavía más invitaciones. No tengo tiempo para decir que no gracias una por una y no quiero que mis amigos se sientan rechazados. El gran misterio es: ¿para qué me invitan a ser su amiga en Facebook, si ya somos amigos de todas formas? Tienen mi email, mi teléfono. Yo diría que es suficiente. Y los que no son mis amigos, dejémoslo al destino. Si nos tocaba ser amigos en esta vida, ya será, con o sin Facebook. Aquí está mi blog de todas formas. Tengan piedad y dejen de bombardearme; mi buzón amanece todos los días llenos de mensajes que exigen mi amistad. Es de lo más perturbador.

 Les cuento finalmente que la semana pasada me llegó una carta diciéndome que me han concedido la nacionalidad británica. Me alegré mucho, está de más decirlo. Los últimos diez años de mi vida, desde que llegué a Londres, me cruzaron la cabeza como un relámpago. “Ya era hora”, pensé. El 17 de julio será la ceremonia, en que juraré lealtad a la Reina y a los valores democráticos y no sé qué tantas cosas más, todas muy British. No sé qué voy a sentir entonces. Ya sé que el alma no tiene fronteras y la nacionalidad no debe ser tan importante, pero será extraño tener ahora dos patrias no nada más en el corazón, sino legalmente. La sensación de división es constante y presiento que el evento sacará extraños peces míos a la superficie. Mientras tanto, mantengo mis emociones en suspenso. Ya les contaré cuando todo haya pasado.

 fleet street

 Thank you for your comments, and thanks, Rodrigo, for telling me about the This Mortal Coil video that I of course enjoyed. (Brett, with you I have been exchanging those emails about God and faith and atheism, but I’d like to thank you here anyway for your comment and the link to your webpage). And, Humberto, you do well in being faithful to your voice and in making it heard. You say that perhaps you feel we have to be in the eye of the storm because of your youth and your innocence. I believe that one of the most formidable challenges in human life is not to lose that urgency that we have in our youth of listening to our own voice, recognizing it and giving it back to the world, looking with it for meaning. It’s sad when you feel that the confusion is so much that it’s better to keep silent, to say nothing, which is what often happens to me of late, and which makes me wonder whether if I am really becoming old. At least I haven’t become cynical—then, I think, everything is truly lost—, but it is a painful silence.

 Yet, silence and pain bear fruits as well. When I talk about silence I’m not talking about indifference. I am in search of something within that silence, and what I am looking for is even the thinnest thread of truth that I can believe in, a form that enunciates the respect, mercy and, why not, love for my fellow creatures, that finds a true echo in me. I want to believe that, when I keep silent, it’s because of a sense of honesty, because I want to speak with a voice that is my own and not with one imposed by our fears, prejudices, gregarious instincts, credulity, confusion or laziness. And sometimes I don’t find anything, nothing at all that glows with its own light. Those are the black moments.

 There are the other moments too, those that are all light, when the world reveals itself luminous and touched by what we can still call grace. (I know, I know; many people find this language hair-raising, they think it smells of the cassock, but tell me then which would be a better word.) I try hard to learn how to see those moments with eyes wide open when I’m lucky enough to be in their midst, even if I know that the prodigy is fleeting and that everyday life and my own weaknesses will put the veil again in front of my eyes, or will fill me with doubts. What we cannot do is to doubt when we’re there, in that core where everything seems to be clear and quiet, where our very voice reveals itself as sacred, and the words it dictates know themselves to be true. But I don’t know if I’m making myself clear, or this entry is even vaguer than the last one.

 Changing the subject radically, to its most frivolous extreme, I’d like to send from here a message to the Facebook world. Please, please, don’t send me any more invitations. I subscribed unwisely ages ago, when I didn’t know what it was and a friend invited me—precisely to see what it was. And what it was horrified me. Since then, I received loads of invitations. The other day I finally was patient enough to find out how to unsubscribe and, as a kind of supernatural revenge, after I’d done so I’ve been receiving even more invitations. I don’t have time to say ‘no thanks’ one by one and I don’t want my friends to feel rejected. The big mystery is: why do they invite me to be their friend in Facebook, if we are already friends? They have my email and my phone number. I’d say that’s enough. And as to those who are not my friends, let’s leave it to destiny. If it was our lot to be friends in this life, we will be, with or without Facebook. Here’s my blog anyway. Have mercy on me and stop bombarding me; my inbox is full every morning with messages demanding my friendship. It’s most disturbing.

 Finally, I’ll tell you that last week I received a letter telling me that I have been granted the British nationality. Needless to say, I was very happy. The past ten years of my life, since I first came to London, crossed my mind like a lightning. ‘It was about time’, I thought. On the 17th of July I’ll attend a ceremony in which I will swear allegiance to the Queen and democratic values and lots of other things, all of them quite British. I don’t know what I’m going to feel then. I do know that the soul has no frontiers and that nationality shouldn’t be so important, but it will be strange to have now two homelands not only in my heart, but legally as well. The sensation of inner division is constant and I have the feeling that the event will bring strange creatures of mine to the surface. Meanwhile, I keep my emotions in suspense. I’ll tell you about it when it’s over.

 

Published in: on July 9, 2009 at 10:00 pm  Comments (2)