Algunas notas rápidas / Some quick notes

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 Gracias por sus comentarios, y a Rodrigo por pasarme el dato del video de This Mortal Coil, que por supuesto disfruté. (Con Brett he estado conversando sobre Dios, la fe y el ateísmo en varios emails, pero aquí vuelvo a agradecerle su comentario y el link a su página). Y, Humberto, haces bien en ser fiel a tu voz y en hacerla oír. Dices que quizá sientes que hay que estar en el centro del huracán por tu juventud y tu inocencia. Creo que uno de los retos más formidables de la existencia humana es no perder esa urgencia de la juventud por escuchar nuestra propia voz, reconocerla y devolverla al mundo, buscando con ella un sentido. Es triste cuando sientes que la confusión es tanta que es mejor callar, no decir nada, que es lo que me pasa a mí a menudo desde hace tiempo, y lo que me hace preguntarme si realmente me estoy haciendo vieja. Al menos no me he vuelto cínica –creo que entonces sí todo está perdido–, pero es un silencio doloroso.

 Sin embargo, el silencio y el dolor también dan frutos. Cuando hablo de silencio no estoy hablando de indiferencia. Estoy buscando en el silencio, y lo que busco es aunque sea el más delgado filamento de verdad en que pueda creer, una forma que enuncie el respeto, la piedad y, porqué no, el amor por el semejante, que encuentre un eco verdadero en mí. Quiero creer que cuando callo es por honestidad, porque quiero hablar con una voz que sea mía y no con una impuesta por nuestros temores, prejuicios, instinto gregario, credulidad, confusión o pereza. Y a veces no encuentro nada, nada que brille con su propia luz. Son esos los momentos negros.

 Están los otros momentos también, los que son todo luz, donde el mundo se revela luminoso y tocado por lo que aún podemos llamar gracia. (Ya sé, ya sé: a muchos este lenguaje les pone los pelos de punta, les huele a sotana, pero díganme entonces cuál sería una mejor palabra.) Me esfuerzo por aprender a ver dentro de esos momentos con los ojos bien abiertos cuando tengo la suerte de encontrarme ahí, aún a sabiendas de que el prodigio es fugaz, y de que la vida cotidiana y mis propias debilidades volverán a pasar la venda por mis ojos o a llenarme de dudas. Lo que no se puede es dudar cuando está uno ahí, en ese centro en que todo parece claro y quieto, donde nuestra voz misma se revela como sagrada, y las palabras que nos dicta se saben ciertas. Pero no sé si me explico, o si esta entrada quedó todavía más vaga que la anterior.

 Cambiando radicalmente de tema, hasta el extremo más frívolo, quiero lanzar desde aquí un mensaje al mundo de Facebook. Por favor, por favor, ya no me manden más invitaciones. Me inscribí hace siglos, cuando no sabía lo que era y me invitó una amiga, justo para eso, para ver lo que era. Y lo que era me horrorizó. Desde entonces me llegan montones de invitaciones. El otro día al fin tuve la paciencia de averiguar cómo debía darme de baja y, como una venganza sobrenatural, desde que lo hice me han estado llegando todavía más invitaciones. No tengo tiempo para decir que no gracias una por una y no quiero que mis amigos se sientan rechazados. El gran misterio es: ¿para qué me invitan a ser su amiga en Facebook, si ya somos amigos de todas formas? Tienen mi email, mi teléfono. Yo diría que es suficiente. Y los que no son mis amigos, dejémoslo al destino. Si nos tocaba ser amigos en esta vida, ya será, con o sin Facebook. Aquí está mi blog de todas formas. Tengan piedad y dejen de bombardearme; mi buzón amanece todos los días llenos de mensajes que exigen mi amistad. Es de lo más perturbador.

 Les cuento finalmente que la semana pasada me llegó una carta diciéndome que me han concedido la nacionalidad británica. Me alegré mucho, está de más decirlo. Los últimos diez años de mi vida, desde que llegué a Londres, me cruzaron la cabeza como un relámpago. “Ya era hora”, pensé. El 17 de julio será la ceremonia, en que juraré lealtad a la Reina y a los valores democráticos y no sé qué tantas cosas más, todas muy British. No sé qué voy a sentir entonces. Ya sé que el alma no tiene fronteras y la nacionalidad no debe ser tan importante, pero será extraño tener ahora dos patrias no nada más en el corazón, sino legalmente. La sensación de división es constante y presiento que el evento sacará extraños peces míos a la superficie. Mientras tanto, mantengo mis emociones en suspenso. Ya les contaré cuando todo haya pasado.

 fleet street

 Thank you for your comments, and thanks, Rodrigo, for telling me about the This Mortal Coil video that I of course enjoyed. (Brett, with you I have been exchanging those emails about God and faith and atheism, but I’d like to thank you here anyway for your comment and the link to your webpage). And, Humberto, you do well in being faithful to your voice and in making it heard. You say that perhaps you feel we have to be in the eye of the storm because of your youth and your innocence. I believe that one of the most formidable challenges in human life is not to lose that urgency that we have in our youth of listening to our own voice, recognizing it and giving it back to the world, looking with it for meaning. It’s sad when you feel that the confusion is so much that it’s better to keep silent, to say nothing, which is what often happens to me of late, and which makes me wonder whether if I am really becoming old. At least I haven’t become cynical—then, I think, everything is truly lost—, but it is a painful silence.

 Yet, silence and pain bear fruits as well. When I talk about silence I’m not talking about indifference. I am in search of something within that silence, and what I am looking for is even the thinnest thread of truth that I can believe in, a form that enunciates the respect, mercy and, why not, love for my fellow creatures, that finds a true echo in me. I want to believe that, when I keep silent, it’s because of a sense of honesty, because I want to speak with a voice that is my own and not with one imposed by our fears, prejudices, gregarious instincts, credulity, confusion or laziness. And sometimes I don’t find anything, nothing at all that glows with its own light. Those are the black moments.

 There are the other moments too, those that are all light, when the world reveals itself luminous and touched by what we can still call grace. (I know, I know; many people find this language hair-raising, they think it smells of the cassock, but tell me then which would be a better word.) I try hard to learn how to see those moments with eyes wide open when I’m lucky enough to be in their midst, even if I know that the prodigy is fleeting and that everyday life and my own weaknesses will put the veil again in front of my eyes, or will fill me with doubts. What we cannot do is to doubt when we’re there, in that core where everything seems to be clear and quiet, where our very voice reveals itself as sacred, and the words it dictates know themselves to be true. But I don’t know if I’m making myself clear, or this entry is even vaguer than the last one.

 Changing the subject radically, to its most frivolous extreme, I’d like to send from here a message to the Facebook world. Please, please, don’t send me any more invitations. I subscribed unwisely ages ago, when I didn’t know what it was and a friend invited me—precisely to see what it was. And what it was horrified me. Since then, I received loads of invitations. The other day I finally was patient enough to find out how to unsubscribe and, as a kind of supernatural revenge, after I’d done so I’ve been receiving even more invitations. I don’t have time to say ‘no thanks’ one by one and I don’t want my friends to feel rejected. The big mystery is: why do they invite me to be their friend in Facebook, if we are already friends? They have my email and my phone number. I’d say that’s enough. And as to those who are not my friends, let’s leave it to destiny. If it was our lot to be friends in this life, we will be, with or without Facebook. Here’s my blog anyway. Have mercy on me and stop bombarding me; my inbox is full every morning with messages demanding my friendship. It’s most disturbing.

 Finally, I’ll tell you that last week I received a letter telling me that I have been granted the British nationality. Needless to say, I was very happy. The past ten years of my life, since I first came to London, crossed my mind like a lightning. ‘It was about time’, I thought. On the 17th of July I’ll attend a ceremony in which I will swear allegiance to the Queen and democratic values and lots of other things, all of them quite British. I don’t know what I’m going to feel then. I do know that the soul has no frontiers and that nationality shouldn’t be so important, but it will be strange to have now two homelands not only in my heart, but legally as well. The sensation of inner division is constant and I have the feeling that the event will bring strange creatures of mine to the surface. Meanwhile, I keep my emotions in suspense. I’ll tell you about it when it’s over.

 

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Published in: on July 9, 2009 at 10:00 pm  Comments (2)  

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2 CommentsLeave a comment

  1. Oh, gracias por tus palabras, Adriana. Al saber que hay gente como tú en el mundo uno se siente renovado de energías y esperanzas.

    Me da mucho gusto lo de tu nacionalización. Aunque como dice una canción de Serrat: “… y para no olvidarme de lo que fui, mi patria y mi guitarra las llevo en mí. Una es fuerte y es fiel, la otra un papel”.

    La patria se lleva en el corazón, pero los papelitos siempre facilitan la vida. Espero que nos cuentes qué tal la ceremonia.

    Saludos 🙂

  2. Te leía en La Mosca, y ahora sigo tu blog.
    Espero que, efectivamente, nos puedas contar qué tal lo de la nacionalidad.
    Saludos!


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