Británica / British

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Hace ya una semana que fue la ceremonia en que me fue otorgada la nacionalidad británica, pero me temo que todavía no lo asimilo. Estoy muy contenta, eso sí lo sé. Y la ceremonia me conmovió. Éramos unos quince, y cuando cada uno dijo su nombre, me di cuenta de que representábamos todos los puntos cardinales del planeta. El discurso de bienvenida de la alcaldesa de lo que vendría a ser algo así como mi delegación, Haringey, fue muy relajado y agradable: nos contó cómo su familia llegó acá de Trinidad y Tobago, y que sólo en el área de Haringey se hablan alrededor de 200 idiomas y dialectos distintos.

Ser parte de esta extraordinaria ensalada de culturas que es Londres es uno de los mayores atractivos de esta ciudad, aunque supongo que una escena como esa es la peor pesadilla de los extremistas del Partido Nacionalista Británico. Allá ellos se lo pierden.

Durante la ceremonia, me pasaron por la cabeza los diez años que llevo en esta ciudad, las circunstancias en que llegué, la maravilla de ir descubriendo los rincones de una ciudad con la que había soñado desde niña, las muchas dificultades de ser extranjera, las batallas que he librado aquí. La nueva nacionalidad, inevitablemente, la percibo como un reconocimiento a mi resistencia y mi perseverancia, por no hablar de mi terquedad: yo vine aquí porque quise, fue la aventura que me inventé en un momento de mi vida; no soy refugiada política, no llegué perseguida ni exiliada. Lo admito: las penurias que he pasado como extranjera en este país son un precio que estuve dispuesta a pagar. Y sin embargo, siento que merezco el reconocimiento que la nacionalidad simboliza.

No hablo del reconocimiento del gobierno, Dios me libre. Es algo mucho más personal. Es como un reconocimiento de la vida misma, una recompensa tangible a la paciencia, el empeño y, por supuesto, es una respuesta al amor tan profundo, por no decir desmesurado, que le tengo a esta ciudad y que me ha atado a ella durante diez años, contra viento y marea.

Durante la ceremonia, estaba segura de que pensamientos similares cruzaban la cabeza de todos los que estábamos ahí. Cada uno habrá venido a este país por motivos distintos, unos más felices que otros, pero sin duda todos han experimentado las dificultades, la soledad, la confusión, el desánimo, el miedo que a veces nos toca como extranjeros, inevitablemente. Y el alivio de saber que la vida que vivimos, sea por elección o por necesidad, ya no depende de una carta del Home Office diciéndonos si nos renuevan la visa o no, saber que la experiencia de vida que hemos dejado aquí nos da el pleno derecho de llamar a este país nuestro, es importante.

Y claro que estoy de acuerdo con el comentario en la entrada anterior del blog, citando la canción de Serrat (Mediterráneo es mi disco favorito de Serrat, por cierto, y yo creo que el único disco que sigo oyendo con placer desde que tenía diez años): la nacionalidad es sólo un papel. Además, uno no puede evitar relacionar a los países con sus gobiernos, aunque sea en el nivel más inmediato, y entonces quedan muy pocos lugares sobre la tierra de los que uno pueda enorgullecerse de ser un ciudadano. Lo que me importa a mí en este paso es, además, claro, de las consideraciones prácticas, un elemento simbólico. El símbolo de un círculo que se cierra en mi vida, y el amor que sí tengo por mis dos patrias, por lo que hay digno de amor en ellas, aunque las dos tengan sus horrores.

En la ceremonia me acordé también de dónde empezó todo, cuando era niña y estudiaba en el Anglo, cómo todo empezó leyendo libros. Mi mamá tenía razón: la culpa de todo la tienen los libros. Fue la literatura, en última instancia, la que me trajo aquí, así que el papelito que me dice que soy ciudadana británica corona una aventura literaria.

Nunca voy a dejar de ser mexicana, eso está claro, y de verdad siento que en el nivel más íntimo, asimilar esto de mi nueva nacionalidad me va a llevar mucho más tiempo. Aún no lo creo del todo. Una parte ineludible de ser extranjero es cierta vulnerabilidad, de la que uno no se despoja tan fácilmente como quisiera.

Por lo pronto, varios amigos me han dado la bienvenida con la muy inglesa respuesta de “No sé si felicitarte o darte el pésame”. Uno de ellos añadió: “Supongo que sería peor ser francesa”. Otro me hizo ver que ya pertenezco además a la comunidad económica europea y he adquirido no sé cuántas nacionalidades de golpe, cosa que me dio vértigo y en la que prefiero no pensar por el momento. Otros me animan a empezar a quejarme de todo lo inglés, como lo hacen ellos, a volverme torpe y cohibida en mi interacción social. Mark, mi esposo, está tristísimo porque la nacionalidad no me contagió de inmediato el interés por el campeonato de cricket de The Ashes, pero me temo que mi anglofilia nunca llegará a tanto. Y otra amiga, aunque mexicana, me dio el muy británico y simpático regalo de una nueva taza para tomar el té, con el lema de aquellos carteles de la Segunda Guerra Mundial: “Keep calm and carry on.”

Y eso hago: trato de mantener la calma. Escribo esto en mi compu chiquita, desde la cama. En plena histeria colectiva por la influenza porcina, que parece haberse desatado con fervor en esta mi segunda patria después de causar tanto caos en la primera, llevo desde el miércoles sintiendo que “me va a dar algo”… hoy ya me dio. Resfriado común, supongo. Responsable que es uno, me preocupó andar matando gente sin darme cuenta, así que cuando me empecé a sentir mal hablé a mi clínica a preguntar si tenía que quedarme encerrada y avisarle a toda la gente que he visto en la última semana que soy algo así como uno de los jinetes del Apocalipsis. Como no tengo fiebre, me dijeron, prácticamente, que no fuera ridícula. Igual me preocupo. Sería la mayor de las ironías que, justo cuando me vuelvo británica, me matara un virus que, según muchos (aunque no está tan claro) se originó en México. Mi paranoia me averguenza lo indecible, no podemos ponernos todos así cada que nos da un resfriado, pero como ni un doctor se nos va a acercar si tenemos síntomas y sólo podemos esperar dudosos diagnósticos por teléfono o internet, y se supone que gente con otras “condiciones de salud” está en mayor riesgo, entro en estado melodramático: “¡Ah, no! No ahorita que tengo la beca y me acaban de dar la nacionalidad!”

Así que aquí me tienen, hoy ya en cama, escribiendo esto y algunos poemas ociosos, leyendo, oyendo música, amarrándome las manos para no ir a Google a ver todo lo que dicen sobre la influenza porcina.

Afuera caen lluvias de verdad tropicales, una delicia. (¿Pero dónde está el sol, si es verano? ¡Que desgracia es el clima de este país, deveras!). La novela avanza; estoy a punto de terminar el segundo borrador y la conclusión es que todavía me falta mucho, mucho trabajo que intentaré sacar adelante en el tercero. Avanzo con susto, pero avanzo.

It’s been a week already since the ceremony in which I acquired the British nationality, but I’m afraid I still don’t quite assimilate it, though I know I’m very happy. The ceremony moved me. We were about fifteen, and when each of us said his or her name, I realised we represented all the planet’s cardinal points. The welcome speech given by my council’s (Haringey) mayor was nice and laid-back. She told us about her family, originary from Trinidad and Tobago, and said that in Haringey alone are spoken around 200 different languages and dialects.

To be part of this extraordinary cultural salad is one of the greatest pleasures of London, though I’m sure that such a scene is the worst nightmare of the BNP. It’s their loss.

During the ceremony, the ten years I’ve been living here flashed through my mind: the circumstances in which I came, the wonder of discovering the secrets of a city I had dreamed of since I was a child, the many difficulties in being a foreigner, the battles I have fought here. Inevitably, I perceive the new nationality as a recognition to my resilience and perseverance, not to mention my obstinacy. I came here because I wanted to. It was the adventure I invented for myself in a given moment of my life; I’m not a refugee nor have I been forced into exile, so I admit it: the hardships I have faced as a foreigner in this country are the price I was willing to pay. And yet, I feel I do deserve the recognition that the nationality simbolizes.

I’m not talking about the Government’s recognition, God forbid. It is somethign much more personal. It’s a sort of recognition from life itself, a tangible reward to patience, effort and, of course, a response to the deep, or rather unbounded love I have for this city, the love that has tied me to her for ten years, against all odds.

During the ceremony, I was sure that similar thoughts crossed the minds of everybody there. Each one of us must have come to this country for very different reasons, some happier than others, but without doubt all of us have experienced the hardships, the loneliness, the confusion, gloom and fear that sometimes touches you, inevitably, when you’re a foreigner. And the relief to know that the life we lead, whether if it’s by choie or by need, does not depend anymore on a letter from the Home Office telling us whether if they have renewed our visa or not, to know that the life experience we have left here gives us the full right to call this country ours, is important.

Of course I agree with the comment to my former entry in the blog, with the quote of Serrat’s song (by the way, that’s my favourite Serrat album, perhaps the only album I keep on listening to with joy since I was ten): nationality is just a piece of paper. Besides, it is inevitable to relate countries to their governments, even if just in the most immediate level, and if we see it that way, there are very few places on the face of Earth of which one can be proud to be a citizen. What I find important in this step, though, apart of course from the practical considerations, is a symbolic element. The symbol of something coming full circle in my life, and the love I have for both my countries, for all that there is to love in them, in spite of the horrors both do have.

In the ceremony I remembered too where everything started, when I was a child studying at the Anglo, how it all stated reading books. My mum was right: it’s all the books’ fault. It was literature that brought me here, so this piece of paper telling me I’m a British citizen is crowning a literary adventure.

It is quite clear I will never stop being Mexican too. The truth is I do feel that, in its most intimate level, it will take me much longer to assimilate my new nationality. I still don’t quite believe it. An unavoidable element of being a foreigner is a certain vulnerability, of which you cannot get rid of as easily as you’d wish.

Meanwhile, several friends have welcomed me with an utterly English answer: ‘I don’t know whether if I should congratulate you or offer my commiseration.’ One of them added: ‘I guess it would be worse to be French.’ Another one made me realise I belong now too to the European community and thus I have acquired I don’t know how many nationalities in one go, something that fills me with vertigo and I’d rather not think of at the moment. Others hope I’ll soon start complaining about everything that’s English, as they do, and to become very awkward socially (as if I wasn’t!). Mark, my husband, is very sad because the nationality didn’t awake in me an immediate interest for The Ashes, but I’m afraid my love for Britain doesn’t reach such extremes. And another friend, though Mexican, gave me a very British and nice present: a new mug for my tea, with the ‘Keep calm and carry on’ slogan.

And that’s what I’m doing. I am writing this in my little notebook, in bed. In the midst of collective hysteria about swine flu, which seems to have unleashed with a vengeance in my second country after causing so much chaos in the first one, I’ve been feeling ‘I’m catching something’ since last Wednesday… Today it is evident I’ve already caught it. A common cold, I guess. Responsible that I am, I was worried I might be killing people around without my knowing, so when I started to feel ill I called my clinic to ask whether if I should stay at home and tell everybody I’ve seen in the last week that I’m a sort of Apocalypse horsewoman. Since I have no fever, they told me what amounted to ‘don’t be ridiculous’. But still I worry. It would be the worst irony, just when I’ve become British, to be killed by a virus they say started in Mexico (though that is not that clear). My paraonia embarrasses me in an unspeakable way, we cannot be like this everytime we get a common cold, but since no doctor will come near us if we get any symptoms and we can only hope for doubtful diagnosis via telephone or internet, and since supposedly people with ‘underlying conditions’ are in bigger risk of complications, and I am an underlying condition myself, I go into melodramatic mood and think, ‘No way! Not now that I have the grant and my nationality!’

So here I am, today already in bed, writing this and some idle poems, reading, hearing music, biting my hands to stop me from going to Google and looking up everything they say about swine flu.

Outside there are truly tropical storms falling, it’s delightful. (But where is the sun, aren’t we supposed to be in Summer? The weather in this country is truly a disgrace!). The novel goes ahead. I am about to finish the second draft and my conclusion is that I still have to work very very hard, and make things much better in the third one. I carry on with it, scared and not so calm, but I carry on.

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Published in: on July 24, 2009 at 9:39 pm  Comments (3)  

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3 CommentsLeave a comment

  1. Cierto, te notas medio aceleradona. Eso es muy bueno.
    Muchas felicidades por todas las cosas lindas que te están sucediendo. En serio te las mereces.

    Disfruta de tu sana paranoia 🙂

  2. Hola Adriana, después de felicitarte por adquirir la nacionalidad británica (listo) me gustaría tentarte a que leyeras lo que te voy a compartir.

    Es sobre una campaña de publicidad de una bebida británica llamada Schweppes, y cuya campaña de publicidad indignó a más de un….mexicano.

    Por si gustas.

    http://hipodermica.blogspot.com/2009/07/indignacion-de-click.html

  3. Hola Adriana, me da mucho gusto saber, aunque sin conocerte, que has logrado cumplir un gran sueño para ti. Soy un estudiante mexicano de ingeniería y desde niño sueño con conocer la cultura del Reino Unido, vivir y estudiar por allá. Me gusta mucho leer la historia británica aunque mis amigos me digan que estoy loco por caber de reyes y reinas de un país tan lejano. Ojalá pueda algún día vivir tu sueño, al menos el de estar por allá un tiempo. Te mando un cálido abrazo de la gente de tu patria mexicana.


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