La peste, Blake, lo colectivo, el individuo / The Plague, Blake, the Collective, the Individual

(Scroll down to read in English)

 Les sorprenderá que esté escribiendo en este blog por segundo día consecutivo. ¡Un verdadero milagro! La verdad es que sigo en cama y estoy aburrida. El cerebro no me da para mucho más que andar vagando por internet y decidí hacer algo más o menos de provecho, cualquier cosa, con tal de no meterme a ver las páginas sobre la influenza porcina.

 Me animó además el email que me envió Aletya Serrano en respuesta a mi entrada de ayer, un mensaje muy simpático y elocuente, así que aprovecho para responder. Estoy totalmente de acuerdo en lo que dice con respecto a la histeria de la influenza: no hay que dejar que dirija nuestras vidas. El problema es que como, por muy buenas razones, no confiamos en lo que nos dicen ni los medios ni los gobiernos, nos quedamos muy confundidos. Yo estoy 90 por ciento segura de que no tengo eso; esto es un resfriado común, seguro, pero el 10 por ciento de duda me mantiene alerta… y encerrada, no quiero matar a mis semejantes con un estornudo. En el aburrimiento del encierro, sin embargo, tengo suficiente tiempo para darme cuenta de que hay que conservar la calma. Aún si esto es una pandemia y ha muerto gente, no se compara con lo que la humanidad ha experimentado en el pasado con la peste, ni con muchos otros horrores de esta índole, así que hay que guardar un sentido de proporción y comportarnos con dignidad.

 Lo intentaré. Continúo respondiendo al mensaje de Aletya: me dice que en mis últimas entradas le sueno algo desazonada, y que le parece que así estamos todos, que vivimos tiempos mediocres y que cree que “los ángeles están ausentes”. Sí hay, en efecto, desazón en algunos textos de este blog. Es la expresión de un conflicto que me ocupa, preocupa y desvela desde hace años: ese punto elusivo en que la vida del individuo y la del “ser social” se contraponen y lo empujan a uno por distintos caminos.

 Yo solía creer fervientemente en el poder de la gente, del pueblo. Fui muy flower power aunque, generacionalmente, ni me tocaba. He tenido la suerte de estar cerca de momentos y acontecimientos en que ese poder se ha dejado sentir y ha logrado cambios necesarios e importantes. He estado involucrada en organizaciones nacidas de la necesidad de un cambio social y de la búsqueda de la justicia. Nunca he militado en un partido político, no lo haría nunca, pero compartí la ingenuidad de millones de mexicanos de creer en los milagros que obraría la democracia en México, en aquellos lejanos tiempos de nuestra inaudita inocencia. No me arrepiento de haber participado en esas cosas; al contrario. Algo se logró, aunque fuera en los más humildes términos, y personalmente aprendí muchas cosas valiosas. Pero ya desde entonces, la tendencia a pensar “en masa”, unidos todos por nuestras buenas intenciones, me preocupaba. Más me preocupaba darme cuenta de que expresar esas inquietudes no estaba bien visto entre algunas de las personas con que trabajaba tan alegremente. Eso se consideraba como disidencia, y en el limitado mundo de lo político, como bien sabemos, la única disidencia permitida es la del bando al que se pertenece.

 Ahora, algunas de las personas con que hicimos cosas entonces trabajan para el gobierno del PRD, la “oposición”, sí, pero sólo en términos de la batalla política, no de un cambio social verdadero, ni de justicia, ni de verdad. Ya sabemos en lo que han ido a parar los sueños democráticos de los mexicanos, no tiene caso describir aquí el deprimente paisaje. ¿Y yo qué hice? Yo me vine a Londres por motivos muy personales, pero en lo que concierne a lo político, totalmente desencantada y sintiéndome aislada. Acá, evidentemente, mi atención se empezó a concentrar también en los problemas del mundo por estos rumbos y las complejidades de la política internacional. Como muchos, no logro reponerme del sentimiento de impotencia porque la voz de la gente, sonora como lo fue, no logró detener, por ejemplo, la guerra de Irak, entre tantas otras cosas. Pero no es nada más la impotencia lo que me perturba, sino la tendencia cada vez más generalizada –o al menos eso percibo–, en gente de todas las generaciones, de dejar de hacer las preguntas incómodas, las que pueden hacernos tambalear sobre los precarios ladrillitos de convicciones políticas que nos quedan, porque en el fondo lo que más nos importa es la ilusoria sensación de seguridad que nos da creer que sabemos dónde estamos parados.

 Por eso trato de callarme la boca, aunque no siempre lo logro. Mi confusión, mi sentido de impotencia ante los horrores de que somos testigos mudos, mi silencio, son horriblemente dolorosos, pero no quiero hablar por hablar y estoy harta de las discusiones airadas de sobremesa, en que lo único que parecemos ver es de qué lado estamos nosotros, la impresión que le damos al mundo desde esa posición, y no las vidas destruidas de las verdaderas víctimas, sus historias personales, su más elemental humanidad.

 En mi confusión y mi propia impotencia, lo único que me queda es un hondo sentimiento de piedad, y de hermandad en la piedad, en el miedo y el dolor.

 Y sé que no es suficiente. Cada vez estoy más convencida de que las respuestas están dentro, en el individuo y en el alma del individuo, cada vez me abismo más en, por ejemplo, la dimensión trascendente del arte en este camino. Pero, por supuesto, entonces me cae encima la siguiente pregunta, como una losa de concreto: ¿No es eso escapismo? ¿No le estoy dando la espalda a mis semejantes, huyendo como vil rata por el túnel de la literatura?

 Esa es la pregunta, que por supuesto nadie ha logrado responder durante siglos. De ahí la desazón.

 Lo que me lleva a Blake –como casi todo. El otro día (antes de que apareciera en mi puerta la cruz amarilla de mi imaginaria influenza) fui a la reunión mensual de la Blake Society, en esta ocasión una conferencia muy bella que dio el autor Andrew Solomon sobre las ilustraciones de William Blake al Libro de Job. La discusión después versó, inevitablemente, sobre la libertad y la responsabilidad del individuo, de cara a las exigencias de la colectividad. Entre el público estaba Susanne Sklar, que es profesora universitaria en Chicago y anda por acá terminando su investigación para un libro sobre el Jerusalem de Blake. Hizo un exaltado comentario sobre la trascendencia de la experiencia colectiva y nos contó cómo antes de las recientes elecciones en Estados Unidos había estado estudiando Jerusalem con sus alumnos, y cómo la poesía de Blake se había convertido para ellos (aunque no recuerdo las palabras textuales con que lo dijo) en una especie de símbolo de la esperanza. Solomon respondió, me pareció a mí que muy sabiamente, que no le parecía tan buena idea. Seguimos discutiendo pero ya no quedaba mucho tiempo y me quedé con las ganas de continuar, porque es justo uno de los temas que están detrás de mi desazón.

 Entiendo perfectamente la postura de Susanne. Yo misma me encontré muy conmovida con el triunfo de Obama, aunque también me enojé conmigo misma y me dije que mi ingenuidad no tiene límites, si soy capaz de seguir creyendo en los políticos, o en la política a secas. Pero creo profundamente que la libertad que William Blake buscaba conquistar iba mucho más allá del momento de la hermandad colectiva. No sé cómo explicarlo, pero lo intentaré: la verdadera hermandad con nuestros semejantes sólo puede experimentarse como convicción desde la conciencia individual. Todos los grandes momentos de liberación en la historia del hombre han sido la culminación de un proceso, de un camino, pero este es un proceso en movimiento constante y el momento mismo de esa liberación, glorioso y resplandeciente como es, debe ser trascendido. Y sólo puede trascenderse dentro del alma, o conciencia, como quieran ustedes llamarle, del individuo. ¿Por qué? Porque todas las revoluciones terminan con un rodar de cabezas, por eso.

 Tenemos la obligación, como individuos, de vivir como parte del mundo en el momento de la historia en que nos tocó vivir, sin cerrar los ojos al sufrimiento de nuestros semejantes, sin darles la espalda. (“Everything that lives lives not alone nor for itself”, etc.) Pero ese es sólo un plano de nuestra existencia, el plano de lo inmediato y por lo tanto, lo pasajero, el plano de nuestra vida mortal. William Blake apuntaba sus flechas a la eternidad, y en ese otro plano –el de lo eterno—la conquista de la libertad y la responsabilidad rescatada de la experiencia de la propia vida sólo puede realizarse como individuos. Ambos planos son reales y exigen nuestra mirada y la responsabilidad de nuestros actos, pero son distintos, y no pueden confundirse.

 Aquí está, entonces, mi larga respuesta a Aletya y la continuación de la conversación con Susanne. Espero que tenga algo de sentido (creo que todavía no deliro, sigo sin fiebre).

 Tengo muy poco tiempo de pertenecer a la Blake Society y me doy de topes contra la pared por no haberme suscrito antes, porque han organizado cosas maravillosas. Pero estoy también, lo admito, un poco en estado de shock. ¡Son tantísimas las lecturas posibles de Blake! Yo había ido construyendo mi propio universo blakeano en una soledad casi clandestina, particularmente durante los once años que llevo con la novela; mis recorridos mismos del Londres blakeano han sido una aventura estrictamente solitaria y atesorada como tal, así que no negaré que esta iniciación en el mundo del Blake “colectivo” tiene sus dificultades. Al mismo tiempo, ahora que vivo con todas mis ideas fijas en Blake y en la novela, como un disco rayado (ya debo tener mareados a todos a mi alrededor), no tengo sino gratitud con la Blake Society: en apenas un par de meses, gracias a ellos, ya se me han abierto varias puertas y ventanas tanto para la novela como para mi libro sobre Londres. Que exista semejante agrupación de individuos reunidos por las palabras, las imágenes y, sobre todo, por el espíritu fiero, libertario y sin duda angélico de Blake, me parece una buena concreción de la esperanza que demuestra que los ángeles no están del todo ausentes.

 Su página es http: www.blakesociety.org.uk

 Y vean también por favor esta maravilla:

 http://www.songsofimaginationanddigitisation.net/

 Espero que ustedes sean más listos que yo y adivinen más pronto cómo se “lee” el libro. Yo tardé siglos sin entender, y eso desde mucho antes de poder echarle la culpa del daño cerebral a la influenza porcina.

Pity

 You’ll be surprised to see me writing in this blog for the second consecutive day. A miracle! The truth is, I’m still in bed and bored. My brain is not up to much more than surfing the internet, so I decided to make something a bit more useful, whatever, instead of checking pages on the swine flu.

 I’m also motivated by the email Aletya Serrano sent to me in answer to my yesterday’s entry, a very nice and eloquent message, so I will answer here. I agree with her completely in what she says regarding the flu hysteria: we mustn’t let it rule our lives. The problem is that, since for very good reasons, we don’t trust what the media or the governments say, we are very confused. I’m 90 percent sure that I don’t have that, that this is surely a common cold, but the other 10 percent keeps me on alert… and locked up, since I don’t want to kill anyone with a sneeze. Yet, in the boredom of reclusion, I have more than enough time to realise we have to keep calm. Even if this is a pandemic and people have died, it cannot be compared to what humanity has experienced with the plague and many other horrors of this kind before, so we have to keep a sense of proportion and behave in a dignified way.

 I’m trying. So I continue answering to Aletya’s email: she tells me that in my last entries I sound a bit uneasy, and that she thinks we all are feeling like that; that we live in mediocre times and she believes “the angels are absent”. Indeed, there is a feeling of disquiet in some of this blog’s texts. It is the expression of a conflict that has been occupying me and preoccupying me for years: that elusive point in which the life of the individual and that of the “social being” challenge each other and push you down different paths.

 I used to believe fervently in the power of the people. I was very flower power, even though generationally it was not supposed to be my thing. I’ve been lucky enough to be near moments and events in which that power has been felt and has achieved some necessary and important changes. I have been involved in organisations born out of the need for a social change and the search of justice. I have never been a member of a political party, nor would I ever be, but I shared the naivety of millions of Mexicans in believing in the miracles democracy would work in Mexico, in those far away times of our exceptional innocence. I don’t regret having taken part in such things. On the contrary. Certain things were achieved, even if only in the humblest of terms, and personally I learnt a lot. But even then, I was disturbed by the tendency of thinking “en masse”, everyone united by our good intentions. It worried me even more to notice that to express such concerns was not well seen among some of the persons I so happily worked with. That was considered as dissidence, and as we well know, in the limited world of politics, the only allowed dissidence is that of the side we’re on.

 Now, some of the people with which we did things then work for the PRD government, the “opposition”, yes, but only in terms of the political battle and not in terms of a real social change, or of justice, or truth. We all know where have the Mexicans’ dreams of democracy ended up, there’s no point in describing here the depressing landscape. And what did I do? I came to London, for very personal reasons but, in what concerns politics, completely disillusioned and feeling isolated. Here, of course, my attention was also directed to the problems in this part of the world and the complexities of international politics. As many others, I still can’t get over the feeling of impotence because the voice of the people, loud as it was, could not, for instance, stop the Iraq war, among so many other things. But it is not only our impotence what disturbs be; also, the generalized tendency—at least in my perception—among people of all generations, of stopping asking the uncomfortable questions, those that can make us quiver as we stand on the precarious little bricks of political convictions we have left, because deep inside what we most care about is the illusory feeling of security we get by believing we know where we’re standing.

 That’s why I try to shut my mouth, though I don’t always succeed. My confusion, my feeling of impotence in the face of the horrors of which we’re silent witnesses, my silence, are very painful, but I don’t want to talk just for talking, and I’m tired of those irate coffee-table discussions, in which all we seem to be able to see is which side we’re on, the impression we cause by being in that position, and not the destroyed lives of the real victims, their personal histories, their most elemental humanity.

 In my confusion and my own impotence, all I have left is a deep feeling of compassion, and of fraternity in compassion, in fear and in pain.

 And I know it’s not enough. I am every time more convinced of the fact that answers are within, in the individual and in the individual’s soul; I plunge more and more, for instance, in the transcendent dimension of art in this path. But of course, then the next question falls on top of me like a concrete slab: Isn’t that escapism? Am I not turning my back on my fellow beings, taking flight like a vile rat down the tunnel of literature?

 That is the question, which of course no one has managed to answer in centuries. That’s where my unease comes from.

 Which leads me to Blake—as almost everything else. The other day (before the yellow cross of my imaginary flu appeared on my door), I went to the monthly gathering of the Blake Society, this time a beautiful lecture given by author Andrew Solomon on Blake’s illustrations to the Book of Job. Inevitably, the discussion dealt with freedom and the responsibility of the individual in the face of the demands of the collective. Among the audience was Susanne Sklar, a university professor in Chicago who is in Britain at the moment finishing research for a book about Jerusalem. She made an exalted comment about the transcendence of the collective experience and told us how, before the recent elections in the United States, her pupils had been studying Jerusalem, and how Blake’s poetry had become for them (though I don’t remember her exact words) a kind of symbol of hope. Solomon answered—wisely, it seemed to me—that he didn’t think that was such a good idea. We went on discussing this but there wasn’t much time left and I felt the need to follow the conversation, since that is precisely one of the reasons behind my unease.

 I understand Susanne’s position perfectly well. I was myself very moved when Obama won the elections, though I was also angry with myself, telling me that my naivety is indeed boundless if I can still believe in a politician, or in politics in general. But I profoundly believe that the freedom William Blake strove to conquer went far beyond the moment of collective fraternity. I don’t know how to explain it, but I’ll try: the true fraternity with our fellow beings can only be experienced as a conviction from the individual consciousness. All the great moments of liberation in the history of man have been the culmination of a process, of a path followed, but this process is in constant movement, and the moment itself of such liberation, as glorious and dazzling as it is, must be transcended. And it can only be transcended within the soul, or the consciousness or however you want to call it, of the individual. Why? Because all revolutions end up with heads rolling, that’s why.

 As individuals, we have the obligation to live as a part of the world in the moment of history it was our lot to share, without closing our eyes to the suffering of our fellow beings nor turning our back on them. (“Everything that lives lives not alone nor for itself”, etc.) But that is only one plane of our existence, the plane of what is immediate and thus, fleeting, the plane of our mortal life. William Blake aimed his arrows at eternity, and in that other plane—that of what is eternal—the conquest of freedom and the responsibility rescued from the experience of our own life can only be realized as individuals. Both planes are real and demand our eyes and the responsibility of our acts, but they are different and cannot be mixed up.

 So here is my long answer to Aletya and the continuation with the conversation with Susanne. I hope it makes sense (I think I’m still not delirious, I still have no fever.)

 I joined the Blake Society only very recently and I want to bang my head against the wall for not having joined before, for they have organized wonderful things. But I admit I am also a bit in a state of shock. There are so many possible readings of Blake! I had been building up my own Blakean universe in almost clandestine solitude, particularly during the eleven years I’ve been with this novel in my head; even my Blake’s London walks have been a strictly solitary adventure, and treasured as such, so I won’t deny that this initiation in Blake’s collective world has its difficulties. At the same time, now that I live with my ideas fixed on Blake and the novel (everyone around me must be quite fed-up), I have only gratitude for the Blake Society: in just a couple of months, thanks to them, several doors and windows for my novel and my London book have been opened. That such a group of individuals gathered around the words, the images and, most of all, the fiery, free and no doubt angelic spirit of Blake does exist seems to me an undeniable concretion of hope, which shows that angels are not altogether absent.

 Their webapge is: www.blakesociety.org.uk

 And please take a look at this wonder as well:

 http://www.songsofimaginationanddigitisation.net/

 I hope you’ll be much more clever than me, and will guess sooner how the book is “read”. It took me ages to understand, and that way before I could blame swine flu for my brain damage.

 

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Published in: on July 25, 2009 at 6:30 pm  Comments (3)  

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3 CommentsLeave a comment

  1. Muchas gracias por la amabilidad de responder, ADE.

    …Y si los ángeles no brillan por su ausencia del todo, ellos podrían estár presentes, aguardando la belleza que tu haz de hallar en algún lado. Precisamente a través del otro.

  2. Escapismo. Es cierto que la mayoría de nosotros le damos la espalda a los más necesitados, y pretendemos que nada malo pasa.

    Pero así como es imposible escapar de este mundo, creo que muy en el fondo nadie puede borrar de su corazón la miseria y la grandeza que nos une a todos.

    Como dice una canción: “cierras los ojos y el incendio no termina”. Igual todos sufrimos, igual todos moriremos, sólo que algunos lo hacen con más luz que otros.

    Y sobre el libro de Blake: una idea bastante interesante. No me tardé tantos siglos en descifrarlo porque ya conocía el concepto. Aunque por supuesto aún tiene mucho por mejorar técnicamente, pero es este mundo digital en general el que apenas está en sus comienzos.

    Saludos 🙂

  3. Adriana una pregunta…. Que paso con la recopilacion de cuentistas de terror mexicano que habias planeado alguna vez … se logro? … perdi la pista de este proyecto que comentaste alguna vez en una revista … ¿que ha pasado?..saludos de Baja California.


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