Primavera y cultura

Les comparto un texto que escribí hace aproximadamente un mes, cuando la primavera estaba en su apogeo.

Below is something I wrote (in Spanish) around a month ago, when Spring blossoms were at their peak.

Cultura y primavera

Empieza con el primer cerezo. Espejismo de lo que vendrá en los días aún fríos. Se acerca: la promesa de Keats, cíclica liturgia de la esperanza. Unos días más y ya son llamarada los narcisos, junto al violeta nocturno del azafrán de primavera.

Las semanas que siguen son una explosión continua. Blancos y rosados los cerezos y almendros, pétalos en la brisa como un velo que se entreabre hacia otra realidad. Contemplándolos entendemos, por supuesto, que eso es la realidad. Cada árbol, desmañado y joven o en añosa plenitud, es un estallido de gozo, una guía en el camino. ¡Que pueda existir tanta belleza! Y luego, las magnolias. La del jardín de enfrente es motivo sobrado para no volver a cuestionar jamás el sentido de la existencia. Las flores carnosas dicen algo urgente que no sé qué es. (Flores hermosas, terminales, solitarias, dice la RAE.) La magnolia es como un dios (por algún motivo parece más goddess en inglés), y entiendo la fiereza del alma pagana de este pueblo de aparente blandura que cuida, callado, sus jardines.

Durante semanas enteras no hay noticia más digna de mención que los árboles en flor, sus sutiles cambios, o la aparición de las camelias encendidas de la noche a la mañana.

Una tarde salgo rumbo a Notting Hill, a una lectura de poesía. Hace años que no voy por allá. Desde el segundo piso, el viaje en autobús sigue siendo una vía urbana directa a cierta forma de nirvana. El viento lo limpia todo. El frío es intenso. La luz, todavía más. ¡Cómo enciende la entraña del ladrillo ubicuo, ese horno de muros transfigurados de que hablara Machen! Resalta la nobleza que siempre tienen las calles y balcones desconocidos. El recorrido lo apuntalan cerezos y magnolias despeinados en el aire. Absorta en el espectáculo intangible (todo acabará pronto, cuando se esconda el sol), escucho una voz desde el otro lado del pasillo: “Es hermosa, ¿verdad? La luz de Inglaterra”. Vamos en el mismo viaje.

Empezamos a señalar las múltiples escenas prodigiosas: un destello en el hierro del balcón; fuego en un edificio centenario que ocupa un ángulo peculiar en una esquina; la intensidad con que los muros encalados devuelven el fulgor. ¡Y las flores, las flores! Somos como niños, multiplicada la alegría por compartida. “It’s the gloaming”, me dice. Otra forma, de origen escocés, de definir el ocaso en estas islas. Bajo del autobús, yo también enardecida. Conozco una palabra nueva.

 

En el evento, una poeta de Corea del Sur lee poemas hermosos fracturados de violencia. Al día siguiente un alma rota siembra muerte y desesperación en el puente de Westminster. Lo que estalla es sangre de nuestros semejantes.

A la semana recibo una encuesta por email. Me piden calificar el evento de poesía. Pequeña fractura en el tejido del día. ¿Qué es esto? Me doy cuenta de que la fractura es continua: todos esos boletines, invitaciones, la gargantuesca “oferta cultural” de esta ciudad. Me deja exhausta, embotada, sin haber acudido siquiera a algún evento. Toda esa información maravillosa en línea, y artículos, ensayos, me llega como algo que tengo que saber, deglutir y “dominar” al instante. No como un descubrimiento. ¿Qué es la cultura?

Me dedico a cazar árboles por todos los parques, todas las calles. La magnolia frente a mi casa ya soltó sus flores, pero las de Kenwood House están en su apogeo, y los rododendros empiezan a salir. En Hampstead Heath irrumpen los jacintos bajo los narcisos ya secos. Pronto los castaños abrirán sus racimos de flores como velas. En una calle, un cerezo monumental que alcanza el cuarto piso de un edificio de departamentos deja caer un hechizo de pétalos, lluvia de entre nieve y plata. Y si me entristezco porque las flores de cerezo de mi calle ya se han ido para abrir paso al verdor, sus pétalos todavía cubren la acera y, más oscuro, revienta en flor el ciruelo al otro extremo de la calle. La gente está feliz por los árboles, aunque muchos no lo saben. Algunos no los ven en todo el año, van con los ojos pegados a la pantalla de su celular.

Voy a la presentación del libro Ayotzinapa. Horas eternas. Complicada conjunción de nobleza hablando de la barbarie. Leo el libro. Ni una respuesta puede llenar la pregunta ¿por qué?.

Defending progressivism”, reza un letrero en el café. Otro día, una conversación sobre la lucha LGBT y una miríada de etiquetas nuevas como perro que se muerde la cola, como si nunca antes hubieran existido hombres con maquillaje, mujeres que son más que mujeres, espíritus sin género, otros mundos libres, libres de verdad, reales o al menos imaginados donde no tuviéramos que gritar, aterrados, “¡Yo soy esto!”

Tribus. Tráilers matan gente en las ciudades de Europa. Bombas estallan en Egipto. Detecto un infinitesimal sentido de alerta si un auto acelera de cierta forma. Estamos más prestos a correr, pero no hay miedo aparente. Sólo vida. Londres es un parque, y su florecer es la sabiduría secreta de las cosas.

Somos lo que siempre fuimos. Figuras en la calle, en el parque, un cuadro en un museo que alguien ve dentro de cien años.

Resuenan Rusia, Estados Unidos, Corea del Norte. Trump. Trump. Trump. Un estremecimiento en el ocaso. Los misiles nucleares son reales. Dáesh degüella, quema mujeres vivas. Y no aparecen nuestros desaparecidos.

Los que siempre hemos sido, mientras en los muros empieza a caer en racimos la glicina melancólica. ¿Qué nos queda? ¿Llorar bajo el cerezo?

¿O la alegría, la exaltación, la reverencia porque el cerezo existe?

Adriana Díaz Enciso

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Published in: on May 29, 2017 at 4:25 pm  Leave a Comment  

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