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¿Por dónde empiezo, Armando? Y cómo, si parece que me he quedado sin voz.

Durante estos días negros, incomprensibles, he querido saber qué pasó, qué te arrancó de nosotros, qué te hizo pensar que no había luz ni salida ni esperanza.

Busqué respuestas en la desmesura informática de internet. Sabes de mi aversión a las redes sociales, pero estos días me sumergí en esa cosa llamada Twitter, buscando una explicación. Encontré un lodazal, y he tenido que salir para respirar, para ver el cielo otra vez, los árboles, los pájaros: la vida. Para que no me arrastre el fango. No, amigo queridísimo, no buscaré más respuestas ahí. Ahí está todo sucio y roto. Ahí no estás tú.

Mejor recordarte. ¡Somos tantos los que te estamos recordando ahora! ¿Te das cuenta, desde allá donde estás? Tus compañeros y hermanos de Botellita de Jerez han publicado un texto lúcido y justo del que creo que estarías orgulloso. Muchos amigos y amigas han escrito sobre ti, con la verdad del cariño y la experiencia compartidos. ¡Y si vieras cómo habla de ti la gente de tu barrio!, con cuánto cariño y respeto.  Todos decimos cuánto te extrañamos. Han habido rituales sincronizados en varios puntos del planeta: ceremonia wirrarika en las montañas de Amatlán, encomendación a seres de luz en Brasil, rituales budistas en Londres y Veracruz. Todos enviándote luz, amor, un cariño inmenso, para que tu dolor se borre, para que estés en paz. Todo ese amor y esa luz, estoy segura, han de sostenerte y mostrarte el camino.

Qué paradoja, entre tanto dolor, acordarme de ti y recordar pura alegría. Cuando te conocí debía tener 19 o 20 años. Entrevisté a Botellita de Jerez para el programa que tenía en Radio U de G, después de un concierto de delirante irreverencia en la carpa de circo donde Sergio Ruíz y Raquel Guerrero organizaban jornadas de rock, en Guadalajara, a finales de los años 80. Luego me fui a vivir a la Ciudad de México, y ahí nació la amistad, en el taller de guión cinematográfico que dirigía en su casa Marcela Fuentes Berain. Ahí conocí a fondo no nada más tu talento, sino también tu insaciable curiosidad y tu impulso por crear: con música, con voz, con líneas, con palabras. Conocí también tu hondura, tu calidez. Como si trajeras siempre abierto el corazón. Durante los más de treinta años de nuestra amistad, así te recuerdo. Con el corazón abierto, lleno de cariño, de generosidad y de alegría.

Melancolía también, ¡cómo no! Tenías tus tristezas y tu dolor, que vivías con la misma intensidad con que abrazabas lo más luminoso de la vida. Pero era alegría lo que dabas a otros. Era un gozo tenerte en el taller de literatura de terror que dirigía en mi casa, y que se convirtió en un nido de unión y amistad que sigue vivo, aunque el taller hace más de veinte años que no existe. Me acuerdo de nuestro intento de recrear, en un bosque mexicano, la mítica reunión en la Villa Diodati de la que nació Frankenstein: felicidad pura, a la que tú contribuiste con tu generosidad, tu calidez, tu exaltación y tu humor. ¡Hemos reído tanto juntos! ¡Nos has dado tanta alegría, tanta risa y regocijo, a tantos! Pero no era nada más la risa lo que compartías. Siempre estabas ahí para tus amigos, siempre firme y solidario, y tus consejos (apasionados, exaltados) iban siempre dirigidos a abrazar la vida, a gozarla, a vivirla a fondo. ¿Qué pasó, entonces?

Otros recuerdos son los de la rebeldía, trabajando juntos en esos conciertos que hacíamos entre tantos, con distintos colectivos, para apoyar a las comunidades indígenas, a los zapatistas, a las víctimas de Acteal. Nos tocó ir juntos en la gira por el ex-DF en camiones de redilas que culminó en el concierto en el Ángel de la Independencia a principios de 1998, para despedir a la caravana que iría al campo de refugiados en Polhó. Cuando llegamos al Ángel, nos enteramos de que había unos individuos que querían impedir el concierto, y casi lo lograban. Tú y yo fuimos a hablar con ellos y no nos llevó más de dos minutos mandarlos a volar y dar instrucciones de que se siguiera montando el equipo. Fue un concierto hermoso. Tuvimos luna llena. Esos años fueron como una embriaguez de energía, esa sensación de que nadie nos detendría, nunca, y lo que buscábamos era justicia, paz, un país mejor, un mundo mejor. Y música, y escritura; pasión. Alegría.

En otro de esos conciertos, que se armaban sin permiso y sin policía, en el Deportivo Azcapotzalco, hubo un momento en que el público de casi veinte mil jóvenes parecía a punto de salirse de control. Era una situación alarmante, y nuestra responsabilidad inmensa. Tú te subiste al escenario, agarraste el micrófono, y en cuanto empezaste a hablar los chavos se calmaron: porque hablabas su lenguaje, por tu empatía, y por la firmeza con que dejaste claro que ahí no iba a haber violencia alguna, que estábamos ahí para otra cosa, que se llamaba solidaridad. Traías, otra vez, abierto el corazón, y teniéndote cerca yo me sentía segura.

Compartimos la escritura, las lecturas, y a todo te entregabas con el mismo fervor, sin reservas. Hablábamos de la vida. Sabíamos, sí, que la vida puede ser brutal, que tenía su lado más que oscuro. Pero hasta las conversaciones más melancólicas o escabrosas eran, contigo, alegría. No siempre estábamos de acuerdo. Sin embargo, una de las cosas más hermosas que recuerdo de nuestra amistad es que podíamos estar en desacuerdo sobre algo, pero el desacuerdo no era nunca entre tú y yo. Siempre estaba, ante todo, el cariño, y el respeto profundísimo que nace de él. 

Recuerdo con una gratitud para la que no tengo palabras suficientes tu lealtad a toda prueba y sin medida, tu estar ahí cuando las cosas se ponían feas en mi vida. La lealtad y la generosidad por la que te recordamos todos tus amigos. Recuerdo también cuando apareciste de sorpresa en Londres hace algunos años. Viajabas con Beatriz Rivas. Nos fuimos a cenar, y yo tenía el corazón lleno de alegría porque estabas en mi Londres, porque te habías aparecido de repente.

La última vez que te vi, cuando estuve en México en 2017, fue en el concierto de Mono Blanco en Bellas Artes. Fue un gozo, y más aún por verte a ti gozarlo tanto, con ese entusiasmo del niño que siempre mantuviste vivo y que se contagiaba. Luego nos fuimos a cenar con amigos a La Ópera. En el taxi de regreso nos traías muertos de risa, al taxista incluido. Te dejamos en tu casa, nos dimos un abrazo de esos intensos, llenos de cariño que sabías dar; te vi caminar a tu puerta y te vi contento, y eso me hacía feliz. ¿Qué pasó entre entonces y este abril tristísimo? ¿O estaba ya la tristeza agazapada ahí, y no supe verla?

Cuando nos escribimos este febrero, estábamos los dos melancólicos. Hablamos un poco sobre las dificultades laborales. Hablamos también sobre nuestras novelas. Te pregunté si no tenías viaje a Londres en puerta. Me dijiste que no, pero que si iba yo a México este año, me podía quedar en tu casa. Me hizo ilusión, porque recuerdo con inmenso cariño esa casa en la que siempre recibías con calidez y generosidad, en la que siempre me sentí feliz. En el 2017 me la ofreciste también, pero tú ibas a estar de gira esos días y a mí me dio miedo estar sola, porque acababa de pasar el terremoto… ahora lamento tanto no haber aceptado tu hospitalidad. Luego nos vimos con los amigos del extinto taller, y nos contabas del terremoto. Inmediatamente te habías sumado a los esfuerzos de rescate.

En esos últimos emails de febrero este año, me decías que ya me regresara a México.

No alcancé a leer entre líneas la hondura de tu tristeza, tu cansancio, y daría lo que fuera por poder hacer retroceder el tiempo, por haberte sabido preguntar ¿cómo estás? de una forma en que contestaras deveras. Ahora, leyendo una entrevista póstuma, algunos de los textos que acompañan tus hermosas fotografías en tu cuenta de instagram (que no sabía que existía), reconozco la melancolía y un estarte ya despidiendo, aunque quizá tú mismo no lo sabías, o no del todo, y no sé qué hacer con el dolor de no haber visto antes todo eso, y no haber estado ahí cuando te sentías tan frágil. Bastaba un empujoncito, supongo. Supongo que eso fue lo que pasó…

Yo no tengo palabras para mi gratitud por tu amistad. Alegría, gozo por la vida, imaginación, lealtad, generosidad: eso es lo que tú le dabas a la gente. Y lo escribo aquí, en este blog que puede leer cualquiera, porque quiero que la gente que no te conoció sepa quién eres: que eso era lo que tú le dabas a este mundo, y que por eso enriqueciste nuestro mundo de tantas maneras, incesantemente. La verdad de tu vida y de quien has sido no está en los submundos de las redes sociales. Está en la obra que dejaste, y en lo más hondo del corazón de todas las personas que tocaste; de tus amigos, que sabemos quién es Armando Vega Gil, y cuán irreparable es esta pérdida.

Descansa, amigo, hermano. Descansa en la luz. Ya pasó el terror, ya se disipa la oscuridad. En mi corazón estarás siempre vivo, con tu corazón abierto, con tu risa. Gracias. Gracias.

***

Where do I start, Armando? And how, if it feels as if I’ve lost my voice.

During these black, incomprehensible days, I’ve wanted to know what happened, what snatched you away from us, what made you think that there was no light, no way out or hope.

I looked for answers in internet’s information disproportion. You know of my aversion to social media, but these days I submerged myself into that thing called Twitter, looking for an explanation. What I found was a mudhole, and I’ve had to come out to breathe, to see the sky again, the trees, the birds: life. So that the mire doesn’t drag me down. No, dearest friend, I will not seek for more answers there. Over there, everything’s dirty and broken. You aren’t there.

I’ll rather remember you. It’s so many of us, remembering you now! Can you see, from there where you are? Your mates and brothers in Botellita de Jerez have published a lucid and just text that I think would have made you proud. Many friends have written about you, with the truth of shared love and experience. And if you could only see how people talk about you in your neighbourhood! With such affection and respect. We all say how much we miss you. There have been synchronized rituals at different points in the planet: Wirrarika ceremony in the Amatlán mountains, commending you to the care of beings of light in Brazil, Buddhist rituals in London and Veracruz. All of us sending you light, love, an immense affection, so that your pain is erased, so that you’re in peace. All that love and that light, I am sure, will hold you and show you the way. 

What a paradox, amidst such grief, to remember you and remember sheer joy. I must have been 19 or 20 when I met you. I interviewed Botellita de Jerez for the programme I hosted at Radio U de G, after a concert of delirious irreverence at the circus tent where Sergio Ruíz and Raquel Guerrero organized rock gigs, in Guadalajara, back in the late 80s. Then I moved to Mexico City, and that’s where the friendship was born, at the film script workshop that Marcela Fuentes Berain led in her house. There, I could know in depth not only your talent, but also your insatiable curiosity and your impulse to create: with music, with voice, with lines, with words. I also knew of your depths, your warmth. As if were always carrying your heart open. During the more than thirty years of our friendship, that’s how I remember you. With your heart open, and full of love, generosity and joy. 

Melancholy as well, no doubt about it! You had your sorrows and your pain, which you lived with the same intensity with which you embraced what in life is most luminous. But it was joy what you gave to others. It was a delight to have you in the horror literature workshop that I led in my house, which became a nest of union and friendship which is still alive, though the workshop ceased existing more than 20 years ago. I remember our attempt at recreating, in a Mexican wood, the mythical reunion in Villa Diodati where Frankenstein was born: pure happiness, to which you contributed with your generosity, your warmth, your exaltation and sense of humour. We’ve laughed so much together! You have given so much happiness, laughter and delight to so many! But it wasn’t only laughter that you shared. You were always there for your friends, always steady and solidary, and your advice (passionate, exalted) always pointed at embracing life, at enjoying it and living it fully. What happened, then?

Other memories are those of rebelliousness, working together in those concerts organized collectively to support the indigenous communities, the zapatistas, the Acteal victims. We were together in the truck-tour through Mexico City which ended up at the concert at the Angel of Independence monument, early in 1998, to see off the caravan that would go to the Polhó refugee camp. When we arrived, we found out that some individuals wanted to stop the concert from happening. You and I went to talk to them and it didn’t take us more than two minutes to send them packing and give instructions so that the PA installation continued. It was a beautiful concert. We had a full moon. Those years were a sort of energy inebriation, that sensation that no one could ever stop us, and what we were looking for was justice, peace, a better country, a better world. And music, and writing; passion. Joy.

On another of those concerts, that were put together without asking for permission, and without any police, at the Deportivo Azcapotzalco, for a moment it seemed that the twenty-thousand-strong audience would get out of control. It was an alarming situation; our responsibility was enromous. You went onstage, grabbed the microphone and, as soon as you started talking, the youths calmed down: because you spoke their language; because of your empathy, and because of how firmly you made it clear that there would be no violence at all in that place; that we were there for something else, the name of which was solidarity. Again, your heart was open, and having you near I felt safe.

We shared literature, our readings, and you gave yourself to everything with the same fervor, unreservedly. We talked about life. We knew indeed that life can be brutal, that it has its more than dark side. But even the most melancholic or thorny conversations were, with you, a joy. We didn’t always agree. However, one of the most beautiful things I remember about our friendship is that we could disagree about something, but the disagreement was never between you and I. There was always, above all, the affection, and the most deep respect that stems from it.

I remember with a gratitude for which I don’t have enough words your unwavering loyalty, that knew no limits; your being there when life turned nasty for me. The loyalty and generosity for which all your friends remember you. I also remember when you made a surprise appearance in London a few years ago. You were travelling with Beatriz Rivas. We had dinner together and my heart was full of happiness because you were in my London, because you had suddenly appeared.

I saw you for the last time when I was in Mexico in 2017, at the Mono Blanco concert in Bellas Artes. It was sheer delight, and even more so for seeing your joy, with that childlike enthusiasm that you always kept alive and which was so contagious. Then we went to have dinner with friends to La Opera cantina. In the taxi back home you had us all in stitches, the driver included. We left you in your house. We hugged each other, one of those intense hugs, loaded with love that you could give. I saw you walk to your door and saw you happy. That made me happy too. What happened between then and this most sad April? Or was the sadness already crouching there, and I couldn’t see it?

When we wrote to each other last February, we were both melancholic. We talked a bit about our work difficulties. We also talked about our novels. I asked you if you had any trip to London coming soon. You said no, but said that if I went to Mexico this year I could stay in your house. That was thrilling, because I remember with immense affection your flat, to which you always had a warm and generous welcome, where I always felt happy. In 2017 you offered it to me as well, but those days you were going to be on tour, and I was afraid to be on my own, a few weeks after the earthquake… now I’m so sorry I rejected your hospitality. Later on we met with the friends from the extinct literary workshop, and you told us about your experience of the earthquake. You had immediately joined the rescue efforts.

In those last February emails this year, you told me that I should go back to Mexico for good.

I couldn’t read between the lines the depth of your sadness, your exhaustion, and I would give anything to make time go back, so that I had known how to ask you, ‘How are you?’, in a way that you answered truly. Now, reading a posthumous interview, and some of the texts accompanying your beautiful photographs in your instagram account (which I didn’t know existed), I recognize the melancholy, as if you were already saying goodbye, though maybe you yourself didn’t know, or not fully, and I don’t know what to do with the pain of not having been able to see that before, and not having been there when you felt so fragile. I gather all you needed was a little push. I gather that’s what happened…

I don’t have words to express my gratitude for your friendship. Happiness, joy for life, imagination, loyalty, generosity: that’s what you gave to people. And I write it here, in this blog that anyone can read, because I want that the people who didn’t know you know who you are: that that’s what you gave to this world, and that that’s why you enriched unceasingly our world, in so many ways. The truth of your life and who you’ve been isn’t in the social media underworld. It’s in the work you left, and deep down in the heart of all the people you touched, of your friends, we who know who is Armando Vega Gil, and how irreparable is this loss.

Rest, my friend, my brother. Rest in the light. The terror’s over. The darkness fades. In my heart you’ll always be alive, with your open heart, with your laughter. Thank you. Thank you.

 

 

 

 

 

2 thoughts on “Carta para Armando

  1. No puedo terminar de leerlo, me siento incapaz de continuar con la lectura, siento un hueco en el corazón, seguro mañana será otro día. Gracias Adriana.

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