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No conocí a Ramón Córdoba en persona, pero desde el primer email que me envió en marzo de 2018 para decirme que sería el editor de mi novela Ciudad doliente de Dios, supe que tenía en él a un amigo.  Su email no era nada más cordial, sino entusiasta y muy cálido. Supe también que era muy afortunada de que mi libro estuviera en manos de un editor con una carrera tan larga y brillante, que había dedicado su vida a la literatura.

Pronto nuestra correspondencia reflejaba la mutua confianza, y sentía que había sido mi amigo durante mucho tiempo. 

Mi gratitud fue también inmediata. Tras una lectura atenta de la novela, Ramón confió en ella y tomó la extraordinaria decisión de no hacerle recortes innecesarios a una novela de 700 páginas. Y digo que es una decisión extraordinaria porque no es fácil que una editorial comercial tome semejantes riesgos con autores que, como es definitivamente mi caso, no somos best-sellers.

El respeto por el libro que tenía en las manos y su comprensión profunda de lo que yo había tratado de hacer me llenaban de ánimo. Titulaba esos primeros correos “Reporte del navegante”, y durante el tiempo que llevó la edición me hacía sentir que el esfuerzo de sacar el libro a la luz era de hecho una travesía en la que íbamos juntos. Estuvo siempre atento a lo que yo deseaba que fuera el libro; amaba además a Blake, y fue un placer elegir con él las imágenes para la portada. Fue veloz para conseguir los derechos de reproducción del British Museum cuando el tiempo apremiaba y gracias a ello la portada, con esa imagen de The First Book of Urizen de Blake, es tan hermosa.

Inicié la escritura de Ciudad doliente de Dios en 1997;  ha sido mi proyecto de escritura más largo, aventurado e importante; durante años pensé que ninguna editorial querría arriesgarse con un libro así y durante el proceso de su producción estaba muy ansiosa. Ramón y Mayra González, directora literaria de Alfaguara, así como Rosa Beltrán, coeditora desde la Dirección de Literatura de la UNAM, hicieron un trabajo heroico, ahora sí que navegando por las complicaciones de producir una novela tan larga, pero fueron además un apoyo constante y firme, calmando mi ansiedad con su fe en mi libro, que es lo que todo autor sueña tener, y necesita, de sus editores, pero que por desgracia no siempre tiene. 

En el transcurso de la aventura, Ramón y yo hablamos de los paisajes contrastantes de Londres y la Ciudad de México; intercambiábamos breves noticias de flores, pájaros, ardillas; de los cambios que vivía México durante las elecciones, de la melancolía invernal. Un día me envió una foto del Río Bravo, cuando andaba en Coahuila. Había ido a dar una conferencia sobre “cómo es que leer importa”. Esas charlas, decía, eran una siembra. Tenía una forma muy generosa y a la vez desenfadada de recordarme que autora y editores íbamos de la mano; que la novela tenía un respaldo. Sus correos llegaban con su sentido del humor y también con un optimismo que se contagiaba.

A medida que se acercaba la publicación de la novela, Ramón fue de una gentileza y firmeza invaluables cuando me entró un ataque de pánico y compartí con él mi miedo de que el libro fuera en realidad una locura. La emoción de los días en que estaba a punto de entrar a imprenta era compartida, y en cuanto estuvieron impresos los primeros ejemplares me mandó una fotografía. Decía que era mi socio y cómplice y así lo sentí siempre.

Los dos últimos correos que recibí de Ramón hablan, uno, de su compromiso con el libro (para avisarme que lo enviaba a un concurso), el otro de su generosidad y calidez. Al día siguiente de que falleció mi queridísimo amigo Armando Vega Gil en abril, me envió un abrazo y, en lugar de palabras, que se quedan cortas ante la muerte y la tragedia, una fotografía de la Avenida Reforma vista desde arriba, inundada de jacarandas, como una cruz en flor. El título del email era “Tu ciudad, hoy…”, y se lo agradecí con el alma: la calidez, el afecto, la sutileza, la belleza misma de la foto. Ramón era mi amigo.

Nunca dudé de que la próxima vez que fuera a México celebraríamos todos juntos la aparición de la novela, ni de que podría agradecerles en persona a mis editores su fe en el libro, su trabajo, su apoyo inmenso. Estaba segura de que brindaríamos, de que podría darles un abrazo. A todos.

El fallecimiento inesperado de Ramón el pasado 19 de junio me dejó sin habla. Para esa celebración había contado con todo, menos con la muerte. Sé que perdí a un aliado y a un amigo, y México perdió a un editor y escritor apasionado, entregado por completo a la literatura: incansable sembrador. 

Gracias, Ramón. Mi gratitud es de verdad infinita. No sé si tendrás idea de cuánto lamento no haber podido decírtelo en persona y darte un abrazo. Ya nos lo daremos allá, a donde vamos todos.

***

I never met Ramón Córdoba in person, but from the first email he sent me in March 2018 to tell me that he would be the editor of my novel Ciudad doliente de Dios, I knew that in him I had a friend. His email wasn’t only cordial, but enthusiastic and very warm. I also knew that I was very lucky that my book was in the hands of an editor with such a long and brilliant career, who had devoted his life to literature.

Soon our correspondence was reflecting the mutual trust, and it felt as if he had been my friend for a long time.

My gratitude was also immediate. After carefully reading the novel, Ramón trusted it and made the extraordinary decision of not making unnecessary cuts to a 700-page-long novel. And I say this is an extraordinary decision because it isn’t easy for a commercial publisher to take such risks with authors who, as is definitively my case, are not best-sellers.

Ramón’s respect for the book he had in his hands and his profound understanding of what I had tried to do were a deep source of encouragement. He titled those first emails as “The Seafarer’s Report”, and during the time of editing he made me feel that the effort of making the book see the light was indeed a voyage in which we were together. He always paid attention to what I wished for the book to be; he loved Blake, and it was a pleasure to choose with him the images for the cover. He was quick to get the reproduction permission from the British Museum when time was short, and thanks to that the cover is so beautiful, with that image from Blake’s The First Book of Urizen.

I started writing Ciudad doliente de Dios in 1997; it has been my longest, most risky and important writing project. For years I had thought that no publisher would want to take risks with such a book, and during its production process I was rather anxious. Ramón and Mayra González, Alfaguara’s literary director, as well as Rosa Beltrán, co-editor with the Direction of Literature at the UNAM, carried out a heroic job, indeed navigating the complications in producing such a long novel, and were also a constant and firm support, soothing my anxiety with their faith in my book, which is what every author dreams to have and needs from her editors and publishers, but isn’t always lucky enough to find.

Throughout the adventure, Ramón and I talked about the contrasting landscapes of London and Mexico City; we exchanged brief news of flowers in bloom, birds, squirrels; of the changes Mexico was going through during the recent elections, of winter melancholy. One day he sent me a photograph of the Bravo River, when he was in Coahuila. He’d gone there to give a talk about “how reading matters”. Such talks, he said, were sowing. He had a rather generous and at the same time carefree way of reminding me that author and editors were walking hand in hand; that the novel had support. His emails came with his sense of humour and also with an optimism that was contagious.

As the publication of the novel came nearer, Ramón’s kindness and firmness were invaluable when I had a panic attack and shared with him my fear that the book might be in fact madness. The excitement of the days when it was about to go into print was shared, and as soon as the first copies were printed he sent me a photograph. He said he was my partner and accomplice, and I always felt it that way.

The last two emails I received from Ramon talk, one of his commitment to the book (to let me know he was sending it to a competition), the other of his generosity and warmth. The day after my dear friend Armando Vega Gil passed away, he sent me a hug and, rather than words, which are insufficient in the face of death and tragedy, a photograph of Reforma Avenue seen from above, flooded with jacarandas in bloom, like a cross of blossoms. The email’s title was “Your city, today…”, and I thanked him from deep in my soul: for the warmth, the affection, the subtlety, the beauty of the image itself. Ramón was my friend.

I never had any doubt that the next time I went to Mexico we would all celebrate together the publication of the novel, nor that I’d be able to thank my editors in person for their faith in my book, their work, their immense support. I was sure that we would drink a toast to it, that I’d be able to give them a hug. To all of them.

Ramón’s unexpected passing last 19 June left me speechless. For that celebration, I had counted on everything, excepting death. I know I lost an ally and a friend, and that Mexico lost a passionate editor and author, completely devoted to literature: an indefatigable sower.

Thank you, Ramón. My gratitude is truly infinite. I don’t know if you have any idea of how much I’m sorry I could never tell you this in person or give you a hug. We’ll hug I’m sure when it is time over there, where we all are going.

 

 

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